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La historia del narco colombiano que quiso armar su red en Mendoza

Michel Córdoba había sido condenado en 2003 por ser parte de una organización que traía heroína a Mendoza y la llevaba a Estados Unidos. Cuando salió en libertad condicional armó su banda para traficar y vender marihuana. Pero fue traicionado por sus compañeros y lo mataron en Santiago del Estero.
La historia podría haber tenido lugar en los sitios más conflictivos de Colombia o de México. Un narco vinculado al tráfico de heroína, policías corruptos, delincuentes comunes mezclados con el mundo de la droga, escuchas telefónicas, una emboscada y un homicidio.

Sin embargo, a pesar de los personajes y las situaciones típicas del mundo de los grandes cárteles, se trató de un relato policial que comenzó en Mendoza y terminó en Santiago del Estero. Fue el final de una investigación que se cerró luego de que, de la lista original de sospechosos, uno de los integrantes fuera asesinado y el resto quedara detenido por planificar y ejecutar el crimen.

El 18 de diciembre de 2003, Michel Córdoba se llevó la mejor parte de un juicio oral que, desde el comienzo, se presentó adverso. Sólo recibió cinco años y medio de prisión porque fue considerado un elemento menor en el entramado de una red de narcotraficantes que traía heroína a Mendoza desde Colombia, Ecuador, Venezuela y Panamá, para luego llevarla a Estados Unidos.

Fue, tal vez, la operación más exitosa que tuvo la división de Narcocriminalidad de la Policía de Mendoza, que por esos años todavía actuaba bajo en nombre de Toxicomanía; el desenlace de una misión que tuvo como objetivo terminar con las cinco organizaciones que habían elegido a la provincia argentina como centro de reclutamiento de “mulas” (personas que pasan la droga de un país a otro) y como punto estratégico para planificar cómo introducir los estupefacientes en el norte del continente.

Michel Córdoba abusó de su suerte. Los detectives no habían encontrado pruebas suficientes para incriminarlo directamente con el tráfico y la comercialización, y pensó que, una vez en libertad condicional, podría reorganizar su banda.

En el penal tomó contacto con algunos de los personajes más peligrosos de Cuyo. Entre ellos, Marcelo Tello, conocido en el ambiente del hampa como “Casca”, y sospechoso recurrente al que acuden los investigadores cada vez que Mendoza es escenario de un crimen resonante.

Tello, Córdoba y una joven santiagueña eran seguidos de cerca por los especialistas mendocinos en lucha contra las drogas. Sabían que el colombiano había regresado al mercado de estupefacientes, aunque, esta vez, había abandonado la heroína para dedicarse a la venta de marihuana. Y para eso contaba con el apoyo estratégico de una pareja paraguaya.

De todos modos, nunca lograron funcionar como una banda organizada. Existieron diferencias por el reparto de las ganancias, por el protagonismo que tenía cada uno y por, se cree, asuntos pasionales. Ese panorama hizo que Córdoba se ganara la antipatía del resto. Pero nunca imaginó que el plan era sacarlo del negocio; ni mucho menos, eliminarlo.

Las últimas escuchas telefónicas de la investigación datan del 19 de marzo de este año, cuando Córdoba fue asesinado. El colombiano terminó de hablar por celular y se vio tentado a acompañar a la chica santiagueña, identificada como Sandra Bravo.

El llamado, la charla amena y el poder de seducción de la joven fueron la clave de la emboscada. Córdoba subió a un auto y se sorprendió al ver que, justo frente a él, estaban las personas con las que, hasta hacía minutos, había estado hablando por teléfono; uno de ellos sería policía mendocino. Entendió que nada de eso era casualidad; que era una trampa. Y lo corroboró cuando un arma lo apuntó y vio que alguien apretaba el gatillo.