|
Las historias paralelas de Pedro y Juan
Pedro es pobre y Juan no. Ambos van a la escuela primaria. Los dos tienen la misma edad, pero no la misma suerte, ni las mismas cosas. Tienen carencias similares, aunque esto no pueda creerse. Ambos están rodeados de oportunidades. El uno, de caer en cualquiera y el otro, al
final, también, pero con más prudencia.
final, también, pero con más prudencia.
Pedro llevó una cuchilla a la escuela, para sacarle punta al lápiz. Juan, un cuter.
Jugando o peleando o resolviendo cosas de preadolescentes, ambos, cada uno en su escuela, uno en la estatal de un barrio empolvado de Guaymallén y el otro en una privada de Godoy Cruz, hirieron a compañeros de clases.
Juan ve poco a sus padres. Trabajan todo el día. Sus afectos más palpables son el Nintendo y la PC. También sus padres y la señora que los acompaña desde que nacieron.
Pedro una vez fue a un cumpleaños y pudo jugar a uno de esos juegos, pero el tiempo lo mata, en realidad, cuidando hermanos. Sus padres trabajan todo el día haciendo lo mismo que el hijo: la madre cuida chicos, pero ajenos, a cambio de dinero para darle de comer a los muchos propios. Su padre no está nunca; no consigue un puesto fijo y hace changas. El cree que no le va mal.
Las autoridades de las dos escuelas se escandalizaron, obviamente, no es para menos.
En la escuela de Pedro intentaron ubicar a los padres, pero llegaron tarde, en micro y llorando. Le gritaron mucho al chico e hicieron ademanes exajerados; se tomaban la cabeza con la palma de la mano y le pronosticaban la suma de todos los males al llegar a la casa. Llegó la policía y fue un desmadre. Todos los chicos lo señalaban a Pedro. La escuela se paralizó. Alguien llamó a la radio, para pasar la noticia.
Mientras esto pasaba, a 11 kilómetros de allí, en el colegio de Juan lograron la presencia del supervisor regional. El chico agredido, ya estaba en su casa tras ser atendido por médicos y el agresor esperaba sentado en el despacho de la directora el arribo de sus padres. Llegó el padre. Habló primero con las autoridades mientras el chico miraba de reojo. Llegó un señor con corbata y una chica de anteojos con una carpeta sostenida sobre el pecho. El abogado habló con el padre y la directora. El padre y el abogado tenían las manos en jarra, corriéndose para atrás el saco del traje. La psicóloga le sonreía al niño y le hacía algunas preguntas. "Mamá no llegó", pensó Juan, relojeando hacia la entrada del colegio.
Pedro fue a la Comisaría con sus padres. No correspondía, porque es menor de edad. La prensa sacó fotos y las publicaron pixeladas en los diarios.
Juan siguió yendo a la psicóloga durante varios meses.
Las autoridades de las dos escuelas se escandalizaron, obviamente, no es para menos.
En la escuela de Pedro intentaron ubicar a los padres, pero llegaron tarde, en micro y llorando. Le gritaron mucho al chico e hicieron ademanes exajerados; se tomaban la cabeza con la palma de la mano y le pronosticaban la suma de todos los males al llegar a la casa. Llegó la policía y fue un desmadre. Todos los chicos lo señalaban a Pedro. La escuela se paralizó. Alguien llamó a la radio, para pasar la noticia.
Mientras esto pasaba, a 11 kilómetros de allí, en el colegio de Juan lograron la presencia del supervisor regional. El chico agredido, ya estaba en su casa tras ser atendido por médicos y el agresor esperaba sentado en el despacho de la directora el arribo de sus padres. Llegó el padre. Habló primero con las autoridades mientras el chico miraba de reojo. Llegó un señor con corbata y una chica de anteojos con una carpeta sostenida sobre el pecho. El abogado habló con el padre y la directora. El padre y el abogado tenían las manos en jarra, corriéndose para atrás el saco del traje. La psicóloga le sonreía al niño y le hacía algunas preguntas. "Mamá no llegó", pensó Juan, relojeando hacia la entrada del colegio.
Pedro fue a la Comisaría con sus padres. No correspondía, porque es menor de edad. La prensa sacó fotos y las publicaron pixeladas en los diarios.
Juan siguió yendo a la psicóloga durante varios meses.