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En la cúpula, no hay comisarios formados íntegramente en democracia

A pesar de que pasaron 25 años, los cargos más altos del Ministerio de Seguridad están ocupados por personal formado, en su mayoría, durante los '70. La antigüedad sigue prevaleciendo sobre la capacidad a la hora de los ascensos.

Los rangos más altos del organigrama policial están ocupados por comisarios que comenzaron su carrera en la fuerza en la década del setenta. Por el momento, ni la Dirección de Seguridad ni las Jefaturas Distritales fueron ocupadas por efectivos formados íntegramente en democracia.

El sistema de ascensos y designaciones no ha permitido que, en 25 años, surja un policía capaz de convertirse en líder de una tropa que, actualmente, sigue debatiéndose entre los conflictos generacionales de quienes recibieron una instrucción con una fuerte impronta militar y quienes tuvieron una formación más humanística.

“Mucho tiene que ver el tiempo transcurrido. Recién estos últimos años aparecieron los primeros ascensos para el cargo de comisario o comisario inspector para quienes ingresaron en 1984”, explicó Estela Ocaña, docente del Instituto Universitario de Seguridad Pública.

La carrera policial dista poco de la del resto de la administración pública, donde se asciende por la mera permanencia. Esa situación no se modificó ni aún después de la reforma iniciada en 1998 para terminar con los viejos vicios de la institución. Por eso, la antigüedad en un puesto continúa siendo fundamental para un ascenso.

A la hora de hacer un nombramiento, el 30% de la decisión final tiene que ver con el tiempo transcurrido, y se complementa con la capacitación y el desempeño mostrado por cada efectivo en sus actividades.

Esto explica por qué, recién cuando están cerca de la edad límite para jubilarse, los policías tienen la posibilidad de acceder a los puestos de mayor trascendencia, en detrimento de las camadas jóvenes preocupadas por lograr el nivel de capacitación y profesionalismo que demanda la sociedad.

El sistema de puntuación utilizado para calificar al personal carece de objetividad. Está a cargo de los cuadros superiores, aunque no está claro qué aspectos se tienen en cuenta a la hora de la evaluación.

“Si se consideran las listas de calificaciones de los últimos años, deberíamos tener una de las mejores policías del mundo. La escala va del 1 al 20 y la mayoría tienen entre 18 y 19”, analizó Alejandro Salomón, que también da clases en el instituto que forma a los nuevos uniformados.

Lo mismo ocurre con el testeo que se realiza para conocer el funcionamiento de comisarías y demás dependencias. En estos casos, el examen está a cargo de la Inspección General de Seguridad. En una escala del 1 al 15, la mayoría tiene 13 ó 14 puntos, lo que supondría un alto estándar de calidad, equipamiento y atención del que carecen las seccionales mendocinas.

Frente a este panorama, la antigüedad termina por imponerse a la hora de seleccionar a los efectivos que recibirán un ascenso. En promedio, deben estar tres o cuatro años en cada escalafón, además de procurar hacer todos los cursos necesarios. Es una cuestión cultural establecida dentro de la fuerza, donde, si bien nadie lo hizo explícito, no fueron bien vistos los ascensos de una gran cantidad de policías que apenas superan los 40 años.

El problema de las líneas medias
“Hoy podemos decir que contamos con un cuadro de oficiales altamente profesionalizados y que están comenzando a ocupar los puestos más importantes. Muchos de ellos han concluido la licenciatura en Seguridad Pública”, aclara Alberto Montbrun, asesor del Ministerio.

Del mismo modo, los alumnos que ingresan al Instituto encuentran un currícula que se fue modificando durante los últimos años, con contenidos que potencian los factores legales y sociales que deberán tener en cuenta cuando salgan a la calle. Tienen dos opciones: hacer el curso de auxiliares, que dura 8 meses (1.182 horas cátedras) o la tecnicatura en Seguridad Pública, que dura dos años, con la opción de cursar dos años más y conseguir la licenciatura.

“El problema de estos chicos es que cuando egresan, en vez de tener contacto directo con los comisarios más capacitados, se juntan con policías que quedaron a mitad de camino y están completamente viciados. Tienen que soportar cargadas y malos tratos si intentan proceder del modo en que aprendieron en el Instituto”, aseguró otro profesor que da clases en ese lugar y que pidió reserva. Y contó que cada vez que sus alumnos regresan por algún motivo, manifiestan el malestar de tener que formar parte de un sistema que les exige, ya como norma tácita, llevar diariamente a las comisarías entre 15 y 20 personas aprehendidas por la famosa figura de “averiguación de antecedentes y medios de vida”.

“Y es así cómo después surgen las felicitaciones. Se premia la fuerza más que otra cosa”, explicó un joven uniformado consultado. Relató que sus superiores valoran más un acto de valentía o demostración de fuerza en un operativo que la labor del policía que, no sólo logra empatía con los vecinos de la zona, sino que también debe patrullar estableciendo vínculos sociales y de participación comunitaria para recuperar los espacios públicos y prevenir el delito.