La causa judicial por el crimen de la maestra jardinera Claudia Oroná está signada por un hecho puntual: los testigos clave pidieron reserva de identidad. Y fueron los únicos que, bajo esa condición, señalaron a los asesinos. Sucedió en el primer juicio por el homicidio de Claudia, cuando se condenó al “Pitu” González a 21 años de prisión, y parece ser el destino final del debate contra el “Pelado” Corvalán, a quien se señala como el autor del disparo que, casi tres años más tarde, sigue estremeciendo a Mendoza sólo con el recuerdo.
Para casos tan intrincados como este, las pruebas científicas pasan casi a un segundo plano. En esos lugares, como el barrio Tres Estrellas, la gente se conoce porque se cruza a diario con las mismas caras. En los mismos kioscos, almacenes, carnicería o partidos de fútbol en las canchitas de tierra. Por eso nadie suele declarar cuando ocurre un hecho de sangre. En parte es por falta de compromiso o por encubrimiento. Se maneja una especia de código implícito de “hoy por vos y mañana por mí”. Entonces nadie habla del otro para que el otro no hable de él cuando caiga en desgracia. Y más allá de la manifestación en público y el reclamo de seguridad, cuando llegar los patrulleros los reciben a piedrazos.
Pero también existe una alta dosis de temor a la hora de declarar. Es lógico. Cada palabra que quede plasmada en el expediente será usada por algunos abogados partidarios del "todo vale", que irán a decirles a los familiares de los sospechosos quiénes son las personas que están perjudicando a su cliente. Acto seguido, el testigo es gentilmente visitado por alguien que, en el afán de dejar el hecho impune, le sugiere cambiar la declaración "si no quiere aparecer con un balazo en la nuca".
El testigo en cuestión no tiene ningún tipo de protección. La seguridad que le puede brindar el Estado será sólo una garantía con fecha de vencimiento a corto plazo. Por eso, en ocasiones, las causas caen estrepitosamente, y demostrar las culpabilidades se hace más dificultoso. Con ese panorama, ser testigo de un homicidio se convierte en un hecho temerario, de valentía o de un extremo compromiso social.
El caso de Claudia Oroná es uno de ellos. El primero se resolvió gracias a la inocencia de un niño que contó todo lo que había visto. Sin embargo, no siempre se tendrá esa suerte.
El doble homicidio del Átomo de Lavalle cayó en la nada por culpa de los testigos que declararon y, sobre todo, por los que acobardados, se quedaron callados.
Para muestra, basta con seguir el juicio por el homicidio de Alejo Hunau, que se desarrolla por unos días: “que vi, que no vi; que me dijeron; que quise perjudicar a otro; que no fue una amenaza, sino una visita de cortesía…”. Son testigos con poca credibilidad que se confunden con sus propias palabras. Y a río revuelto, imputados absueltos.