Confesiones de un hombre que mató a 492 personas y duerme tranquilo
Como miles de matones en Brasil, Julio Santana prestó sus servicios a alcaldes, políticos, empresarios, latifundistas o maridos celosos. Casi todas las muertes de este pistolero están aún sin eslarecer.
Después de cada muerte, el ritual siempre era el mismo: rezar diez ave marías y veinte padres nuestros. Ni uno más, ni uno menos. Tras la rezo-terapia, Julio se deshacía de la culpa. Y tenía la certeza de que nunca iría al infierno.
Hace treinta y seis años, cuando mató a su primera víctima, un imberbe Julio no consiguió pegar ojo ni probar bocado. Después de 492 muertes, aprendió a convivir con los cuerpos sin vida que dejaba a su paso, a olvidar el peso de sus víctimas. “Al principio, soñaba con los muertos constantemente. Pero llegó un día en el que entendí que era parte de mi profesión y lo asimilé”, asegura Julio Santana desde algún rincón perdido de la geografía brasileña.
Su voz suena tímida al otro lado del teléfono. Las frases, entre amplios silencios, llegan entrecortadas, como si el arrepentimiento le amordazase el cuello o el recuerdo de los muertos le asfixiase. “Tengo la conciencia tranquila. No maté a una sola persona por voluntad propia. Sólo porque alguien me pagaba para ello”, afirma Julio Santana en el diario Público.es.
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Después de que el periodista Klester Cavalcanti publicase el libro O nome da morte, editado en portugués por Planeta, Julio Santana ha pasado a ser un personaje público. Un héroe/villano que despierta miedo, desprecio e, incluso, admiración. Casi todas sus muertes –niños, adolescentes, mujeres, ancianos– están sin esclarecer. Impunidad para los contratantes y para la mano ejecutora. Y nadie (sólo Klester) sabe dónde se esconde Julio, el señor de la muerte, un asesino de alquiler al servicio de alcaldes, políticos, empresarios, latifundistas o maridos celosos. “Es una profesión como otra, nada más. Igual que la de chófer o camarero”, asegura Julio sin tono de arrepentimiento.
Desde que se jubiló, en junio de 2006, Julio quiere “vivir en paz con su mujer y sus dos hijos”. Su último trabajo fue, según Julio, “sencillo”: un joven de 24 años le contrató para matar a su padre porque siempre llegaba a casa borracho. Aquella madrugada, después del crimen, tomó un bañó. Se acostó al lado de su mujer. La abrazó. Y susurró: “Se acabó”. Atrás quedaron los muertos. Casi 500, entre ellos cuatro menores de 16 años y 59 mujeres.
Julio, entre silencios, recuerda cómo entró por casualidad en el negocio de la pistolagem, como se conoce en Brasil a la industria de pistoleros. Un día, el 7 de agosto de 1972, su tío Cícero llegó a su casa, en la paupérrima localidad de Porto Franco, aislada en la Amazonia, en el estado de Maranhão, a orillas del río Tocantins. Y le sugirió matar a Amarelo, un hombre que había violado a una ñiña. “Me ofreció mucho dinero y mucha comida. En mi familia, no teníamos nada. Acepté porque no tenía muchas salidas en la vida. No sabía entonces que mi tío era matador profesional”, asegura Julio. Aquella noche, después de “apuntar a Amarelo al corazón como si fuese una fiera” y apretar el gatillo, Julio durmió mal. Se juró que “nunca más mataría a nadie”. Apenas tenía 17 años. No sospechaba entonces que nunca tendría otra profesión.
Cuando a Julio se le pregunta si hubo alguna muerte especialmente difícil, no responde con claridad. ¿Alguna más difícil de ejecutar?¿Alguna que pese más en la conciencia? Julio reacciona. Habla de dos momentos difíciles. El primero, en mayo de 1987, en Tocantinópolis. Después de matar a Alzimara, una joven de 29 años, Julio fue detenido. La única vez en su vida en la que se vio entre rejas. Gracias a su mujer, que sobornó al comisario con una motocicleta, Julio salió libre. Y el segundo caso, la muerte por equivocación, en 1982, de João Baiano, un garimpeiro (buscador de oro) de 19 años, en la Serra Pelada, la mayor mina de oro del mundo. “Maté a un inocente, me equivoqué. Aquel es el muerto que más ha aparecido en mis pesadillas”, confiesa Julio.
¿Qué se siente al apretar el gatillo? ¿Al cobrar por ello? ¿Qué pasa por la cabeza de un mercenario de la muerte? Julio –voz amable, frases sencillas llenas de errores léxicos– confiesa que no produce placer, sino “más bien un alivio”. Y se refugia, constantemente en una idea: “Yo nunca maté con ganas de matar. Sólo porque me pagaban”.
Julio, entre silencios, recuerda cómo entró por casualidad en el negocio de la pistolagem, como se conoce en Brasil a la industria de pistoleros. Un día, el 7 de agosto de 1972, su tío Cícero llegó a su casa, en la paupérrima localidad de Porto Franco, aislada en la Amazonia, en el estado de Maranhão, a orillas del río Tocantins. Y le sugirió matar a Amarelo, un hombre que había violado a una ñiña. “Me ofreció mucho dinero y mucha comida. En mi familia, no teníamos nada. Acepté porque no tenía muchas salidas en la vida. No sabía entonces que mi tío era matador profesional”, asegura Julio. Aquella noche, después de “apuntar a Amarelo al corazón como si fuese una fiera” y apretar el gatillo, Julio durmió mal. Se juró que “nunca más mataría a nadie”. Apenas tenía 17 años. No sospechaba entonces que nunca tendría otra profesión.
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