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Recordando en el tiempo al periodista Alejo Hunau

Alejo Hunau cumpliría 36 años de edad. Periodista, realizador audiovisual, gestor cultural. A tres años de su muerte, no existe olvido que lo borre de nuestra memoria y cariño.

Alejo era una persona sensible. No tuvo una vida nada fácil. Cuando secuestraron a su madre durante la dictadura militar, como a tantos, se lo llevaron a él también. Tenía 4 años. Pero la historia no termina ahí, recién recuperó a su madre de adolescente, cuando ella fue liberada luego de pasar muchos años en la cárcel como presa política.

Los que lo quisimos nos preguntamos porqué tuvo que terminar así, tener esa muerte violenta. Y claro que la pregunta quedará sin respuesta.

Alejo no murió como había vivido: siempre lleno de energía, nunca paraba y era difícil encontrarlo en algún sitio fijo. Lo conocí como estudiante y compañero de la carrera de comunicación social y por las idas y vueltas que tiene la vida, nos reencontramos viviendo ambos en la Ciudad de Buenos Aires.

Un tiempo antes del trágico suceso era director de la Casa de Mendoza en Capital Federal, pero viajaba constantemente a su lugar de origen porque confesó que se sentía “perdido” los fines de semana en ese vertiginoso lugar. Fui una de las personas que se sintió “en casa” visitando ese lugar que debe tener las puertas abiertas a los provincianos que se aventuran a alejarse de su tierra.

Este 8 de noviembre cumpliría 36 años, no puedo dejar de recordarlo como confío y estoy segura que le sucederá a muchos otros, periodistas y de oficios y ámbitos diversos. Alejo era una de las personas con más amigos que conocí, de oficios y ámbitos diversos, una persona conocida por ser buena gente. Periodista siempre caústico, incisivo pero de abrazo fácil, Alejo era un tipo querido.

Todos los que tuvimos la suerte de conocerlo, y la mala fortuna de quedarnos sin él, sentimos una mezcla de alegría y bronca cuando se supo el dictamen del juicio que buscaba hacer justicia con su muerte.

Alejo, de verdad que estás en nuestros corazones porque “hay muertos que alumbran los caminos”, como dice Silvio Rodríguez.

Silvia, tu madre, dijo cuando te convertiste en tierra que por fin descansás en paz, vos que no tenías paz, porque siempre estabas apurado, agitado, comprometido con vivir intensamente.

Ese aliento agitado, propio de tu voz por el teléfono celular, corriendo, literalmente de aquí para allá de una reunión a otra, pero nunca indiferente a quién te cruzabas en el camino.

Ese aliento sigue vivo.