Virtudes no reconocidas de un gobierno moderado
La moderación política no está “de moda” en el planeta, pero resulta fundamental para poder gobernar con el acompañamiento de las mayorías
Quizá las religiones y la música tengan razón en pedir pasión a sus seguidores
Archivo MDZLas personas que habitamos por estas tierras, estamos cada vez más acostumbrados a pedir a nuestros representantes que se la jueguen, que no sean “pechos fríos”, que tomen el toro por las astas y resuelvan lo que consideramos que son los problemas de fondo.
Y no es un pedido nuevo este, porque ya de la lectura del apocalipsis surge aquella frase de Jesús que habla de vomitar a los tibios: como dejando en claro que es un mandato divino ese de jugársela, o como dice un poeta contemporáneo, “fijate de qué lado de la mecha te encontrás”. Y en todos estos casos, las opciones parecen ser dos: o estás de mi lado (el lado correcto) o estás enfrente, con los malos y equivocados. Pero no te quedes en el medio, no seas moderado, porque te lo echan en cara desde la biblia hasta el rock.
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Queremos que nuestros representantes se la jueguen
Quizá las religiones y la música tengan razón en pedir pasión a sus seguidores; pero no me queda del todo claro que esa sea una buena receta a la hora de representar a la ciudadanía, por ejemplo, de una provincia: y así nos encontramos a millones de personas diferentes, que tienen distintos puntos de vista sobre lo que está bien y lo que está mal, y sobre cómo solucionar los problemas públicos. Estas gentes pretenden (todas ellas) que los dirigentes se encuentren de su mismo lado de la mecha, más allá de que se los haya votado o no. Aceptemos desde ya una realidad: es imposible estar siempre de acuerdo con todas las personas que habitan una región, por lo que, lo solicitado, suele convertirse en tarea imposible.
Es imposible estar de acuerdo con todos
Pero de todos modos seguimos como sociedad, votando a veces falsas izquierdas y otras veces a derechas verdaderas, pero siempre pidiéndoles que vayan por todo, y “que hagan lo que hay que hacer”, como si esa frase tan amplia y tan vacía de contenido (que para ganar en amplitud de seguidores no declara lo que está bien ni lo que está mal) pudiera solucionar nuestras vidas, y además, de la noche a la mañana.
Así las cosas, y sin que nadie me lo haya pedido, vengo a reivindicar (y a pedir) la moderación en las personas que nos gobiernan. Una moderación que en tono despectivo puede llamarse tibieza, que corre el riesgo de ser rechazada hasta por el mismísimo apocalipsis bíblico, pero que tiene el deber de poner un manto de entendimiento entre las partes, evitar la famosa grieta y marcar una tercera posición. Porque para ser dirigente, es preferible como regla general priorizar el raciocinio por sobre las emociones, manteniendo por supuesto el rostro humano para entender las problemáticas ajenas, pero sin dejarse llevar por las pasiones a la hora de buscar soluciones. No está bueno que una persona a cargo del gobierno y del bienestar general de millones de personas tome decisiones pasionales, porque el daño que puede generar es, probablemente, irreversible para las gentes que sobreviven el día a día sin poder subir mucho más allá de la línea de flotación.
De este modo, que un gobierno provincial (como el de Mendoza, por ejemplo) decida no gastar más de lo que recauda, pero a la vez priorice fortalecer fuertemente el sistema educativo y la salud pública, sin dejar de realizar las obras indispensables para que la provincia siga funcionando es, me parece, una actitud deseable. Eso es, para mí, un gobierno moderado, que atiende a las necesidades básicas de su sociedad, pero sin rifar por eso el presupuesto provincial en el intento. Puede resultar criticable por izquierda y por derecha, pero en definitiva, ese es el riesgo de la moderación y de gobernar para las mayorías. Las decisiones correctas, de todos modos, es preferible verlas en las caras de las personas que reciben la atención esperada, sea un niño escolarizado, un abuelo vacunado o un pueblo comunicado por una nueva ruta, porque esas sonrisas valen más que mil “chicanas”. Así, el premio final es superior a los contratiempos circunstanciales, sobre todo para la ciudadanía representada, que es en definitiva, la receptora de las acciones de su gobierno, para bien y para mal, y más allá de que dios y la patria quizá algún día se los demande.
* Pablo Gómez. Licenciado en Ciencias Sociales.