Sin partidos políticos no hay democracia: la crisis que Javier Milei aprovecha
El desgaste de los partidos políticas en Argentina, debilitó la representación y dejó a la democracia más expuesta al personalismo.
Hay una escena de época que la Argentina viene naturalizando demasiado: partidos políticos cada vez más vacíos, dirigencias más desconectadas y electorados que ya no se sienten representados, sino apenas interpelados por consignas, broncas o liderazgos pasajeros. En ese paisaje creció Javier Milei. No cayó del cielo ni fue un rayo en cielo sereno. Es, en buena medida, el emergente más exitoso de una crisis previa: la crisis de los partidos políticos argentinos.
La Constitución Nacional no deja lugar a dudas
En su artículo 38 define a los partidos políticos como instituciones fundamentales del sistema democrático. La Ley 23.298 los concibe como instrumentos necesarios para la formulación y realización de la política nacional. No se trata de una formalidad jurídica. Los partidos son la herramienta mediante la cual una democracia organiza representación, procesa conflictos, forma dirigencias y convierte demandas sociales en programa político. Cuando esa herramienta se debilita, no aparece una democracia más moderna ni más libre. Aparecen el personalismo, la improvisación y una relación cada vez más pobre entre sociedad y representación.
Los partidos existen porque ordenan ideas, las sintetizan y las vuelven inteligibles para la sociedad. No se vota solamente a una persona. Se vota, o debería votarse, a una identidad, a una tradición política, a una forma de ver el país. Se supone que quienes integran una lista expresan las ideas, los valores y el programa del partido que representan. Cuando eso deja de ocurrir y el candidato pasa a representar apenas su conveniencia circunstancial, se resiente la confianza pública y se vacía de sentido la representación democrática.
Argentina vive una crisis profunda de sus fuerzas políticas
El radicalismo, partido centenario y protagonista de momentos decisivos de nuestra vida democrática, parece en muchos distritos más preocupado por sobrevivir que por representar. El PRO, que alguna vez buscó construirse como fuerza propia, recorre un camino de dilución que lo acerca cada vez más a La Libertad Avanza, resignando perfil, agenda e identidad. Y el peronismo, aunque conserva densidad territorial, memoria histórica y capacidad de reconstrucción, también enfrenta una crisis real: desconexión social, discusiones endogámicas, encapsulamiento de dirigencias y dificultades para traducir su potencia territorial en un horizonte político convincente.
Sería cómodo reducir todo a Javier Milei. Pero sería falso. Milei pudo crecer, porque antes hubo partidos que dejaron de escuchar, de formar cuadros, de abrir canales de participación y de procesar los conflictos de la sociedad. Su recorrido lo resume bien: fue diputado nacional entre 2021 y 2023 y, apenas dos años después, ganó el balotaje presidencial. Ese salto expresa la velocidad de una época, pero también el vaciamiento de mediaciones políticas que durante décadas habían ordenado la vida democrática argentina.
Lo preocupante es que ese ascenso no vino acompañado de una revalorización institucional, sino más bien de lo contrario. Desde el poder central se volvió frecuente una descalificación sistemática de la política, del Congreso, de los gobernadores, de los partidos y de toda mediación democrática que no se subordine al liderazgo presidencial. Allí aparece una doble moral evidente: se denuesta a la política mientras se la utiliza; se cuestiona al Estado mientras se lo ocupa; se habla contra la casta mientras se negocia, se absorben dirigentes ajenos y se construye poder con instrumentos clásicos de la política real. No hay antipolítica en el poder. Hay otra política, la cual es más agresiva, más concentrada y mucho menos respetuosa de los contrapesos institucionales.
La responsabilidad no es sólo del oficialismo
La crisis de los partidos también obliga a mirar cómo funcionan muchas estructuras puertas adentro. Afiliados con escasa incidencia en las decisiones, congresos partidarios cada vez menos relevantes, padrones que requieren actualización, liderazgos poco abiertos a la renovación y candidaturas definidas en ámbitos reducidos. En ese contexto, no debería sorprender que una parte creciente de la sociedad se sienta lejos de la vida partidaria.
Es necesario recuperar una lógica interna que durante mucho tiempo ayudó a ordenar la política: el que gana conduce y el que pierde acompaña. No como una consigna vacía ni como disciplina ciega, sino como aceptación democrática de reglas compartidas. Un partido no puede vivir en estado de interna permanente. No puede transformar cada diferencia en ruptura ni cada matiz en fractura personal. Sin reglas de convivencia, sin respeto por las mayorías y sin reconocimiento efectivo de las minorías, la vida partidaria deja de ser una escuela de democracia para convertirse en una maquinaria de desgaste.
Esa crisis interna, además, tiene una traducción institucional muy visible en el Congreso. Para la sociedad es importante saber qué representa cada partido, qué ideas defiende, qué intereses expresa y qué proyecto de país sostiene. Cuando eso se vuelve borroso, cuando los bloques se parten, se rearman o votan en contradicción con aquello que dijeron representar, se debilita el valor institucional del Parlamento. La democracia necesita oficialismos y oposiciones claras.
No alcanza con la nostalgia ni con la denuncia
Hace falta una propuesta. Si de verdad queremos reconstruir la relevancia de los partidos en la sociedad, hay que abrir de verdad la participación interna, con mecanismos competitivos cuando existan disputas reales, padrones confiables y reglas transparentes. También hay que fortalecer la formación política para que los partidos vuelvan a producir cuadros, ideas y programas, y no sólo candidaturas. Y, sobre todo, hay que volver a conectar partido y sociedad: sindicatos, universidades, cooperativas, pymes, clubes, movimientos sociales, cultura y nuevas generaciones. Un partido no puede ser solamente una maquinaria electoral.
Desde el peronismo, esta discusión es todavía más urgente. No puede limitarse a denunciar el daño que provoca Milei. Tiene que demostrar que aprendió algo de la crisis que hizo posible su llegada. No alcanza con invocar la historia ni con refugiarse en la potencia simbólica de una identidad que sigue viva. Hace falta una actualización profunda, democrática y socialmente sensible. Hace falta abrir más, escuchar más, ordenar más y representar mejor. Un peronismo encerrado en sus aparatos se achica; un peronismo capaz de volver a interpretar las angustias, los cambios y las demandas de la sociedad puede reconstruir mayoría.
Durante demasiado tiempo, buena parte de la política, y también del peronismo, se acostumbró a discutir hacia adentro más de lo que escuchó hacia afuera. Se volvió más hábil para administrar internas que para construir esperanza social. Si no corregimos eso, cualquier diagnóstico sobre la crisis democrática quedará incompleto. No alcanza con señalar la agresividad del gobierno si no somos capaces de ofrecer una alternativa más abierta, más clara, más coherente y más cercana a la vida real de nuestro pueblo. Sin embargo, sería un error caer en el derrotismo. Argentina sigue teniendo reservas democráticas, tradiciones políticas potentes y una sociedad que, aun con decepción y cansancio, sigue buscando representación. Los partidos pueden volver a tener sentido si recuperan identidad, vida interna, coherencia y vocación de mayorías.
Cuando los partidos se vacían no se vacía sólo una estructura
Se vacía una parte de la democracia. Reconstruirlos no es una tarea burocrática ni nostálgica. Es una necesidad política de primer orden. Argentina necesita menos sectas de mercado y más instituciones democráticas; menos culto al liderazgo y más organización popular; menos aparato cerrado y más participación real. Si los partidos vuelven a representar, la democracia argentina no sólo resistirá mejor este tiempo áspero, sino que podrá encontrar una salida superadora. Y esa tarea, lejos de ser menor, puede convertirse otra vez en una causa colectiva.
* Víctor Colombano. Dirigente del NEP. Congresal Nacional y Metropolitano del PJ