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Saldo inesperado: qué trae en la valija Javier Milei del viaje a Nueva York

Javier Milei castigó a la ONU, pero aprovechó la puesta en escena que le dio como pocos. Malvinas, Vaca Muerta y el Corredor Andes-Atlántico en la valija.

Javier Milei disertó en la ONU

Javier Milei disertó en la ONU

El edificio de las Naciones Unidas en Nueva York es enorme. Es fácil para cualquiera perderse en sus pasillos y escaleras. No es difícil adivinar que, detrás de toda esa enorme organización, rodeada de otras torres y edificios donde residen las embajadas de todos los países del mundo ante el organismo, hay una burocracia lenta.

Además puede ser poco efectiva y, en muchísimos casos, solo encuentra justificativo en la cantidad de premiados políticos que en cada país son enviados a vivir una vida envidiable en Nueva York.

Esa definición de burócratas gastando plata de los contribuyentes en una de las ciudades más caras del mundo es la que sostiene Donald Trump para definir a la ONU. Y es la misma que ayer, por caminos similares, utilizó Javier Milei para castigar al organismo por inútil para resolver conflictos, como el de Malvinas con Gran Bretaña, según las palabras del presidente.

En términos de política estadounidense, la ONU sería un territorio más propicio para los demócratas que para los republicanos. Y es cierto que su burocracia puede ser asfixiante, pero también lo es que, cuando un mandatario necesita hacerse oír y plantar posición ante el mundo, no existe otro escenario más eficiente que el recinto de la ONU, con el debate general de presidentes que sesiona una vez al año.

Además, no existe mejor recurso para un mandatario que quiere salir de los problemas locales que mostrarse en el exterior, y la ONU es el lugar ideal, con su pompa y protocolos finamente medidos.

La diplomacia, en realidad, sirve —y mucho— para resolver conflictos; solo hay que saber usarla. Y para la diplomacia, la ONU es una especie de Vaticano de las relaciones internacionales: lento, enredado, con un lenguaje muchas veces indescifrable, pero en ocasiones muy efectivo.

El ejemplo más claro de eso fue precisamente el uso que le dio ayer Javier Milei al recinto de la ONU. No importa en esto si en las bancas de ese recinto se quedan muchos o pocos representantes de países para escuchar al presidente que está hablando en ese turno. La realidad es que el mensaje que los mandatarios dan en ese lugar es más para la televisión que para los presentes.

Salvo un par de casos, nunca hay mucho público escuchando al presidente de turno. Casi todas las delegaciones están en ese momento en otras reuniones o, en el peor de los casos, comprándose un iPhone en Quinta Avenida.

El discurso de Javier Milei ante la ONU

Milei demolió ayer a la ONU y, al mismo tiempo, aprovechó la enorme puesta en escena que el organismo brinda a los presidentes como pocos lo hicieron hasta ahora.

Algunos puntos para destacar. Milei leyó el mensaje, como debe ser y como muestra de respeto hacia el mundo. Es decir, la palabra de los presidentes no debe ser un acting de improvisación, sino un mensaje preparado y analizado por un gobierno. En la ONU no se improvisa, se lee.

El presidente mantuvo un tono calmo y, al mismo tiempo, se concentró en tres temas. El reclamo por Malvinas fue el eje de su mensaje y la idea que articuló todo el resto.

Casi todos los presidentes argentinos plantean el reclamo por Malvinas en su mensaje ante la Asamblea de la ONU. Es una obligación moral que viene directamente de la cláusula transitoria primera de nuestra Constitución Nacional. “La Nación Argentina ratifica su legítima e imprescriptible soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos e insulares correspondientes, por ser parte integrante del territorio nacional”.

En el párrafo anterior menciono que casi todos los presidentes presentaron el reclamo porque existe un caso, casi escandaloso, en que no se hizo. Fue durante el discurso que Cristina Fernández de Kirchner dio ante la Asamblea de la ONU en septiembre de 2015. La entonces presidente omitió mencionar el reclamo histórico por las islas en su mensaje.

Héctor Timerman, por entonces canciller, tuvo que salir a justificar el escándalo con una excusa que no sirvió. Argumentó que la omisión fue por falta de tiempo; la realidad es que la ONU le da a cada presidente 20 minutos para dar su mensaje y Cristina Kirchner ese día habló durante 39 minutos. Tiempo no le faltó, pero obviamente tenía otras prioridades.

Milei sentenció ayer: “Malvinas es para nosotros una causa nacional; repito, Malvinas es para nosotros una causa nacional, y es también una prueba de la distancia que puede existir entre las palabras de las instituciones internacionales y la realidad sobre la que pretenden actuar”.

Fue la continuación directa de la estrategia que lanzó en Buenos Aires al embanderarse con la causa Malvinas y aprovechar la pelea de Donald Trump con el primer ministro Andy Burnham. Es un juego de oportunidades y de eso se tratan las relaciones internacionales.

Malvinas es causa nacional y también es campaña electoral; Milei aprovecha ambas. Pero, además, de Nueva York se trae otro triunfo en la valija, algo impensado y que ni siquiera se había anticipado.

Entre la presión de Trump y el giro del gobierno, Gran Bretaña terminó modificando su postura diplomática histórica sobre Malvinas. Es decir, se obligó a Londres a meterse en el tema y mencionarlo públicamente, algo que no había sucedido hasta ahora.

La mención de Gran Bretaña no solo apareció como una respuesta al mensaje de Javier Milei, sino también en la conferencia de prensa que dio Burnham a la salida de su encuentro con Trump. En ese momento, el primer ministro reconoció que el tema Malvinas había estado en la agenda de su bilateral con el estadounidense.

En la Cancillería no podían creer lo que escuchaban: hasta ahora Gran Bretaña nunca había salido a defenderse por el tema Malvinas dando por sentado su derecho como una cuestión de hecho y ninguneando, en el discurso, el llamado de las resoluciones de la ONU, las mismas que ayer casi insultó Milei, a negociar. Fue un triunfo para el gobierno argentino que hasta hace un mes parecía imposible.

El megaacuerdo por el Corredor Andes-Atlántico

A la hora de hacer las valijas hoy para regresar a Buenos Aires, Javier Milei, Luis Caputo y Pablo Quirno se traerán también el acuerdo con EE.UU. para el financiamiento del Corredor Andes-Atlántico.

Ese acuerdo de más de US$ 7000 M, que ya tiene un primer tramo ofrecido de US$ 6000 M para Argentina LNG, de exportación de gas de Vaca Muerta entre YPF, la italiana ENI y XRG, es el primer ensayo, dicen en Nueva York, de la puesta en marcha de una alianza estratégica entre Argentina y EE.UU. para Infraestructura e Inversión Global.

Será el financiamiento para el transporte y producción de minerales críticos, energía, litio, cobre, petróleo y gas, pero detrás hay algo más.

Ese financiamiento, con garantía de EE.UU. y participación de dos bancos-organismos de inversión, es otro guiño del acuerdo que tan activo mantuvo a Scott Bessent el año pasado con el salvataje en dólares. El acuerdo anunciado ayer tiene entonces el costado financiero: ingresarán dólares al país en un momento clave, en el que el gobierno avanza en la campaña electoral y cuando el mercado pide pruebas para llegar en paz a octubre de 2027.

Luis Caputo volvió a dejar en claro en Nueva York que Argentina, por ahora, no saldrá a buscar fondos al mercado. El anuncio de ayer trajo calma entonces en el mismo sentido y justo cuando el Riesgo País se recalentó superando los 560 puntos básicos y esta vez no por problemas internacionales sino por las propias dudas del mercado sobre el plan económico y sobre las elecciones.

Por lo pronto el mensaje que dejó el acuerdo fue directo: dólares vendrán y el pacto con Washington sigue funcionando.