El mileísmo ordena el poder libertario y acelera el armado rumbo a 2027
Tras el ciclo electoral, el Gobierno ajusta su arquitectura de poder, concentra decisiones y prepara el terreno para la reelección presidencial.
Javier Milei y Karina Milei, artífices del poder libertario.
EFEEl poder libertario atraviesa una etapa de reordenamiento en donde se impone una lectura más realista del calendario político y de los límites del experimento mileísta. En la cúspide de ese proceso aparece Karina Milei, convertida ya no solo en administradora del dispositivo presidencial sino en su principal estratega política y territorial.
La gestión de Javier Milei deberá poner el foco en dos aspectos. Por un lado, que el último ciclo electoral dejó heridas entre sus propios votantes, desmotivados por errores de ejecución, promesas incumplidas y una épica que comenzó a mostrar signos de desgaste. Por otro, el horizonte inmediato no ofrece demasiados hitos para exhibir, ya que el 2026 será un año de administración de estabilidad, no de expansión, con una economía ordenada pero sin rebote visible en ingresos ni consumo.
Te Podría Interesar
La centralidad de Karina Milei
En ese contexto, ganada la elección de medio término, se llevó adelante el lanzamiento del llamado “Tour de la gratitud”, una gira política que funcionó menos como celebración que como advertencia. No se trata solo de agradecer apoyos pasados, sino de empezar a construir una red territorial propia con vistas a 2027. El presidente participó de manera selectiva; su hermana, en cambio, está en todas las estaciones.
La centralidad de Karina no es simbólica, es operativa. La Libertad Avanza dejó de pensarse únicamente como un fenómeno nacional y comenzó a estructurarse como fuerza con vocación de gobierno local.
La lectura que hace la Casa Rosada de algunas victorias provinciales refuerza esa lógica. Córdoba y Buenos Aires fueron interpretadas como señales políticas más que como simples resultados electorales. Derrotar liderazgos tradicionales que el establishment imaginaba como diques de contención confirmó, para el oficialismo, que todavía hay margen para avanzar. Pero también dejó una enseñanza, y es que ese margen exige disciplina interna y subordinación de las ambiciones individuales.
Congreso y límites del poder
Ese control se expresó con claridad en el Senado. La aprobación del Presupuesto sin modificaciones sustanciales fue posible gracias a una combinación de acuerdos tácitos y votos prestados de sectores del peronismo provincial. El Gobierno supo desde el inicio que el texto no corría riesgos reales. Incluso la oposición más dura eligió reservar sus objeciones para capítulos específicos, priorizando el control posterior antes que el bloqueo frontal. La paradoja es evidente: un oficialismo en minoría que logra imponer su hoja de ruta gracias a la fragmentación ajena.
Sin embargo, esa capacidad de maniobra no es infinita. El oficialismo enfrenta un problema estructural: después de dos años de excepcionalidad política, la condición de cuasi mayoría lo obliga a producir resultados concretos. La estabilidad macroeconómica ya no alcanza como relato. Los indicadores sociales muestran un malestar persistente en los ingresos y el propio presidente empezó a prestar atención a la microeconomía, ese terreno donde se mide la tolerancia social.
Karina Milei y la arquitectura del mando
En paralelo, el Senado se transformó en un escenario incómodo para figuras clave del Gobierno. El desembarco de algunos ministros no fue amable y dejó expuesta una estrategia opositora de desgaste selectivo: tensar sin romper, advertir sin bloquear. A eso se suma la escasez de recursos operativos y las tensiones internas que complican la construcción de mayorías para las reformas pendientes.
Todo ese clima se explica por un rediseño más profundo del poder interno. El antiguo esquema colegiado quedó atrás. El modelo actual es vertical, concentrado y personalista. Karina Milei no admite autonomías ni zonas grises. Quienes intentaron disputar ese espacio fueron desplazados, degradados o confinados a funciones específicas. La lealtad dejó de ser un valor declamativo para convertirse en una condición de supervivencia política.
La experiencia electoral terminó de consolidar ese liderazgo. Tras tropiezos iniciales en algunos distritos, el triunfo legislativo de octubre funcionó como plebiscito interno. Karina capitalizó esa victoria como propia y avanzó con una renovación del Gabinete orientada a reforzar la obediencia. Funcionarios técnicos dieron paso a ejecutores políticos. La prioridad dejó de ser innovar y pasó a ser sostener.
El Congreso reflejó ese mismo movimiento. El año legislativo cerró con una actividad mínima, marcada por vetos, decretos rechazados y una parálisis inédita de comisiones. Fue una estrategia deliberada: frenar antes que negociar. El resultado es un Parlamento empobrecido en producción normativa, pero funcional a un Ejecutivo que prefiere administrar el conflicto antes que procesarlo institucionalmente.
La apuesta de fondo es clara. El oficialismo imagina 2027 como una instancia de ratificación, no de refundación. Pero esa aspiración convive con una advertencia histórica: los últimos presidentes no lograron la reelección. Entre la épica libertaria y la gestión cotidiana se abre un espacio de incertidumbre. Y en ese espacio, Karina Milei decidió no delegar nada.



