Daniel Salvador: "El Nunca Más cambió para siempre la conciencia del país"
El exsecretario de Procesamiento de Datos de la CONADEP repasa junto a MDZ el clima político, el miedo social y el trabajo que hizo posible el Nunca Más.
Daniel Salvador habló con MDZ a propósito de la tarea de la CONADEP en la elaboración del informe conocido como Nunca Más.
Santiago Aulicino/MDZEn el 40° aniversario de la sentencia del Juicio a las Juntas, Daniel Salvador, ex vicegobernador bonaerense, exdiputado y senador provincial, y una de las figuras centrales de la Conadep como secretario de Procesamiento de Datos, revisita los meses fundacionales en los que la Argentina democrática decidió investigarse a sí misma.
En esta conversación con MDZ, Salvador detalla cómo se gestó la Conadep, el clima social que la rodeó, los criterios para su conformación, las disputas políticas sobre la autoamnistía y el rol de Alfonsín; pero también recuerda el impacto humano de los testimonios, los riesgos y la pedagogía pública que implicó explicar lo ocurrido. “El gran desafío era democracia para siempre”, sintetiza.
Entrevista completa
Contexto político y el mandato ético del inicio democrático
—Para comenzar, reconstruyamos un poco la época. Estamos en el inicio de los 80 y Alfonsín había ganado las elecciones. ¿Cómo se gesta la Conadep?
La realidad, el gran objetivo del inicio de ese proceso democrático fue, a diferencia de lo que venía pasando en la Argentina desde 1930 en adelante —que era una alternancia prácticamente entre gobiernos democráticos y dictaduras—, democracia para siempre. No repetir estas mismas cuestiones. Entonces, la idea central era qué hay que hacer para que no se vuelva a repetir ese ciclo. Y el tema central fue terminar con la impunidad. Es decir, que aquellos que habían generado las condiciones para el golpe de Estado, los que habían dado el golpe de Estado, no podían quedar impunes. Y a partir de ello son esos dos pilares extraordinarios: saber toda la verdad y aplicar la máxima justicia posible. Hay una frase que lo define claramente al entonces candidato y después presidente Alfonsín: con la claudicación ética que sería no investigar los derechos humanos violados anteriormente, es imposible pensar en democracia para siempre.
—Ese debate sobre la autoamnistía fue central en la campaña. ¿Cómo lo recuerda?
Lo primero que fue un debate central para la campaña de ese año era si la ley de Amnistía que se habían dado los militares antes de entregar el gobierno iba a seguir vigente o no. Eso prácticamente dividió la opinión de los dos partidos que podían ganar la elección. Claramente, a propuesta de Alfonsín, esa ley iba a quedar sin efecto, que no tenía validez jurídica. Y Luder sostenía que tenía un sustento constitucional. A partir de ahí se desarrolló la campaña. Una vez proclamado Alfonsín, lo primero en sus cinco días de gobierno fue dejar sin efecto la autoamnistía, ordenar el procesamiento de las juntas militares y de los cabecillas de los grupos guerrilleros, y saber qué había pasado. Para eso, la creación de la Conadep, conformada por personalidades independientes de la cultura, la religión, la ciencia y el periodismo.
—¿Cuáles fueron los criterios para elegir a los miembros de la Conadep?
Personas creíbles, con vocación democrática, respeto por la institucionalidad y la justicia. En ese tiempo había un miedo enorme por lo que había ocurrido: bombas, muertes, desapariciones, censura, información dirigida. Nadie sabía si este gobierno iba a poder continuar. Investigar a quienes entregaban el poder era riesgoso. Para que quienes habían estado detenidos, sus familiares o quienes estaban exiliados declararan, había que generar confianza. Y existía el temor de que en poco tiempo todo se revirtiera.
La sociedad y la fractura entre miedo, negación y acompañamiento
—¿Cómo era ese debate social sobre la amnistía y la investigación?
Acá había miedo. Ya se empezaba a tomar conciencia de que no solo había apremios, sino desapariciones. Era común la frase “algo habrán hecho”. La salida hacia la democracia no fue negociada ni un proceso de reconciliación social: fue sobre la base de la verdad y la justicia. Había sectores que ignoraban lo que pasaba, otros que tenían miedo y otros que querían conservar la impunidad. De a poco la sociedad acompañó, ampliamente superando las estructuras políticas, hasta llegar al Nunca Más. Alfonsín nunca quiso que fuera un logro personal o partidario: era un objetivo de todos los argentinos.
—¿Cómo llegaste vos a formar parte de la Comisión?
Antes de su constitución formal, me convoca Alfonsín cerca del Hotel Panamericano. Había descartado la idea de una comisión bicameral por su poca eficacia y decidió avanzar con una comisión de personalidades. Mi tarea arrancó ahí: conseguir un lugar, organizar el funcionamiento, convocar a quienes iban a integrar la primera reunión.
—¿Cómo fueron esas primeras reuniones?
Lo mío inicial era el armado. Fui al Centro Cultural San Martín. Javier Torre nos cedió un lugar que después se amplió a medida que aumentó el volumen de la tarea. En la primera reunión estaban todos los integrantes y empezamos a formar la Secretaría. La Comisión me propone como secretario, y estábamos esperando la decisión de Graciela Fernández Meijide, que tenía reparos desde la Asamblea Permanente de Derechos Humanos. A los pocos días decidió su incorporación, y fue un empuje determinante.
—¿Cómo se organizaron hacia adentro?
Se constituyeron las secretarías de procesamiento, legales, administrativas. Empezamos a llevar actas y a decidir cómo tomar interrogatorios, cómo hacer visitas a los centros clandestinos. Primero lo intentamos con personal de distintas áreas del gobierno, pero era imposible: no estaban preparados para recibir testimonios durísimos. Después aportaron personal los organismos de derechos humanos, con la supervisión de Graciela.
Identificar patrones: del caso individual al diseño del sistema represivo
—¿Detectaron patrones en los testimonios?
Sí. Decidimos no avanzar en investigaciones individuales porque era fácil desorientarnos por presiones. Empezamos a comprobar características similares: formas de secuestro, tortura, traslado. Así llegamos al concepto de centros clandestinos de detención. Recogimos testimonios de sobrevivientes, familiares, y fuimos verificando lugares donde habían estado. Había presiones hacia el Presidente, hacia ministros y hacia la Conadep. Y también al intentar conocer los legajos de personas que seguían en posiciones de poder.
—¿Cómo eran esas inspecciones?
En nueve meses inspeccionamos comisarías y cuarteles acompañados por sobrevivientes. A veces necesitábamos arquitectos porque se habían modificado estructuras. Los recibían militares armados, no siempre de buen modo.
—Usted fue secretario de Procesamiento de Datos. ¿En qué consistía esa tarea?
Recogíamos y custodiábamos cada legajo: cada testimonio estaba firmado. Eran archivos metálicos. En dos ocasiones tuvimos que microfilmar los expedientes y depositarlos en el banco por seguridad. Además de eso, estuve en centros clandestinos, en exhumaciones. Y era el encargado de ordenar la elevación de casos a los jueces, diagramar la toma de declaraciones y organizar los procedimientos.
—¿Recuerda sus primeras impresiones al escuchar esos relatos?
Sí, fue muy duro. Para quienes no veníamos de organismos de derechos humanos, escuchar cómo se llevaban a las personas, con violencia, de noche, era estremecedor. Los familiares tenían esperanza, pero uno ya intuía la complejidad de encontrar sobrevivientes. La crudeza, la violencia, la impotencia… era imposible volver a casa igual que antes.
—¿La Conadep tuvo que ejercer un rol pedagógico hacia la sociedad?
Totalmente. Empezamos a encontrar acompañamiento periodístico. Algunos escuchaban testimonios y los hacían públicos. La Comisión explicaba qué se hacía en una exhumación, en una inspección, en una declaración. No era solo investigación jurídica: era mostrar la verdad. Había participación en programas de televisión. Era central que la sociedad y el mundo tomaran conciencia.
—¿Cómo se articuló el trabajo de la Conadep con el juicio posterior?
El informe sirvió como base legal para la acusación fiscal. Después vino la decisión política sostenida de Alfonsín, la acusación de Strassera —extraordinaria—, y la valentía de los jueces de la Cámara Federal, porque el Consejo Supremo eludió su responsabilidad. Todo eso hizo realidad la alternativa de democracia para siempre.
El cierre del trabajo y el legado del “Nunca Más”
—¿En qué momento sintieron que la tarea estaba completa?
Cuando cerramos el informe y le pusimos el nombre Nunca Más. Después, entregarlo al Presidente. Ese mismo día terminó la función de la Conadep y se creó la Subsecretaría de Derechos Humanos, a cargo de Ramón Torres Molina. Allí entregamos toda la documentación. Vimos que la sociedad había comprendido. Con el tiempo, uno valora cada vez más ese logro, que hoy está fuera de discusión.
—Para cerrar: ¿cree que el compromiso democrático sigue firme o se deterioró?
Creo que está firme, pero la frustración social golpea el apego democrático. Los errores son de los gobiernos, no de la democracia. Alfonsín decía que con la democracia se come, se educa y se cura: eran desafíos, no promesas inmediatas. La democracia no puede albergar corrupción. El peligro hoy no es un golpe militar, sino perder el apego democrático. Y los gobernantes deben buscar consensos. La última gran gesta compartida fue la recuperación democrática. Logros así son el desafío actual.