Claudia Ríos candidata: la búsqueda de un "outsider" y los políticos disfrazados de influencer
El PJ busca referentes de otros sectores para sumar a sus listas. El oficialismo "disfraza" de gente común a los políticos tradicionales. El tercer sector de Mendoza, que es pujante, luce apagado.
Claudia Ríos es fiscal de homicidios de la provincia y tiene un recorrido de alto perfil; en la escena de crímenes, en la influyente platea del Tomba y también en la política. El peronismo mendocino comenzó a “medirla” como potencial candidata o, quizá, lanzó un globo de ensayo para sondear el terreno. El peronismo mendocino está, ante todo, ante la desesperada búsqueda de figuras que lo saquen del pozo electoral y con Ríos se suma a la idea de sumar “outsiders” de la política.
Esa “precandidatura” tiene varias particularidades. Primero es una potencial candidata a vicegobernadora que no tiene candidato a gobernador. Se supone que sería compañera de fórmula de Matías Stevanato, pero el intendente de Maipú aún esconde su supuesta candidatura por temores varios. Ríos no es una outsider, pues es parta del “establishment” mendocino que incluye a políticos, empresarios, jueces, periodistas, decisores y personas influyentes que, como buen pueblo, se cruzan en cualquier bar, cancha y fiesta.
Ríos fue parte del grupo de “fiscales especiales” que tomaron protagonismo con la implementación del nuevo Código Procesal Penal. El primer trio lo habían compuesto Eduardo Martearena, Luis Correa Llano y Daniel Carniello (que tuvo un paso previo por la gestión en Seguridad). Los tres fiscales se encargaban de delitos complejos, incluidos entre ellos los relacionados con la corrupción. Tan así era que la propia política se encargó de diluir ese poder. Claudia Ríos reemplazó en ese espacio a Correa Llano y tuvo un protagonismo importante que tomó más fuerza cuando Carlos Ciurca se convirtió en ministro de Seguridad.
El caso de Claudia Ríos es contracíclico, casi revolucionario. En Mendoza el recorrido habitual es saltar de la política al Poder Judicial o los organismos de control. De la adrenalina de someterse al escrutinio público con frecuencia, a la comodidad de los cargos vitalicios y con privilegios. Los ejemplos están servidos: el presidente de la Suprema Corte, Dalmiro Garay, el presidente del Tribunal de Cuentas, Néstor Parés, el Fiscal de Estado, Fernando Simón, vienen de la política. Pero en Tribunales detrás de cada puerta se puede hallar algún exfuncionario o dirigente político. No es nuevo, claro. Ríos haría el camino contrario y con otra particularidad. El Poder Judicial tiene aún peor imagen que las instituciones lideradas abiertamente por dirigentes políticos, como el Ejecutivo. Claro que la Fiscal no daría un salto al vacío, pues en poco tiempo tendrá la opción del retiro con los privilegios que tienen los jueces mendocinos (82% de un sueldo atado a jueces federales).
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Hay un detalle en los sondeos que realizan los partidos políticos. Una cosa es sumar “cerebros” e ideas nuevas. Y otra acercar figuras públicas que “oxigenen” las listas, más allá del valor que puedan aportar. El peronismo, por ejemplo, también tantea a empresarios y dirigentes sociales para que se expongan bajo el paraguas de ese sector.
Hay ejemplos de personas y partidos políticos surgidos como emergentes de la bronca y los problemas de representatividad. Ninguno fue un “outsider”, pero sí dirigentes atípicos. El caso más reciente fue el de José Luis Ramón, que llegó a diputado nacional y convirtió a la ONG Protectora en la tercera fuerza política de Mendoza; en una fugaz tercera fuerza que luego se sumó y quedó diluida en la estructura del peronismo. El efecto decepción fue potente en ese caso.
Más atrás en el tiempo el caso de Aldo Giordano y su partido “Fiscal” fue más relevante por el contraste: en medio de la crisis de representatividad surgida en 2001, Aldo Giordano se convirtió en un dirigente político de peso y logró ser tercera fuerza; con representación en el Congreso Nacional y la Legislatura. El proyecto “Fiscal” no tuvo la sobrevida que se pensaba. Giordano había construido una imagen pública potente desde Fiscalía de Estado y sumó referentes de otras organizaciones, como “Quitita” Neme, una madre que tras la lucha por justicia por el asesinato de su hijo Nito y Carlos Ros, uno de los crímenes que marcaron a Mendoza. Desde el dolor, Quitita fundó Favim, una ONG dedicada a asesorar judicialmente a víctimas y personas con dificultades para acceder a la justicia.
Políticos disfrazados
Justamente allí hay otra característica política de Mendoza que se ha degradado: la alta participación de la sociedad civil. La provincia tiene tradición en el llamado tercer sector, con referentes que surgieron con reclamos puntuales y tuvieron relevancia. La propia Neme lo hizo desde FAVIM con acciones que incomodaron a la política; también ocurrió con OIKOS a nivel ambiental, donde impulsó causas judiciales que le pusieron un freno hasta a YPF. Otras ONG como Nuestra Mendoza, también tuvieron influencias en la política, En 2002, por ejemplo, fueron las organizaciones sociales las que presionaron para ejecutar una reforma política que, por ejemplo, redujo los concejos deliberantes. También desde el sector empresario se gestionó la Ley de Responsabilidad Fiscal.
La relevancia del tercer sector se desinfló en Mendoza. En algunos casos por coptación de la propia política, en otros porque el trabajo pasó a ser más silencioso. Y también por una cerrazón de parte de quienes toman decisiones que suelen repeler opiniones divergentes.
Mientras el peronismo mendocino busca referentes extrapartidarios, en el oficialismo mendocino hay un camuflaje.
El sector liderado por Alfredo Cornejo, que tiene el gobierno desde hace 11 años, está integrado por profesionales de la política. El propio Cornejo es un burócrata profesional; un político que vivirá siempre en ese mundo.
Lo mismo ocurre con su gabinete y el equipo ampliado. Pero para ajustarse a nuevos códigos, los dirigentes radicales ejecutan una simulación que tiene a las redes sociales como escenario principal. Actúan como personas convencionales en las redes, se disfrazan de ciudadanos comunes y lo muestran con filtros digitales. Juegan al fútbol, recorren una fábrica, cosechan, se cortan el pelo y empatizan con poses.
Está incluido en esa realidad barnizada Luis Petri, que no es cornejista pero sí forma parte del oficialismo ampliado. El propio Petri es quizá el ejemplo máximo porque es el que mejor actúa de influencer en las redes sociales. El diputado nacional es un "bicho" de comité, desde que era adolescente y militaba en "Causa Nacional". Se sumó a las fuerzas el cielo "anticasta" y genera empatía virtual.
Petri, Mema, García Zalazar, Suarez y algunos más están en esa vidriera que tiene un sesgo: siempre se retratan con personas exitosas, empresas pujantes y generan “buenas vibras”. El problema para los dirigentes oficialistas es si confunden esa construcción virtual con la realidad; a los likes de simpatizantes que trabajan de aplaudir a sus jefes con empatía real.
En el fondo lo que ocurre es una crisis de representatividad que incomoda a los partidos tradicionales. El PJ busca referentes prestados, el oficialismo opta por el disfraz.


