Crónica de viaje XX: hasta acá llegamos
Desde Cusco, Perú - La semana pasada, esta publicación no salió. La que viene tampoco saldrá. Amigos, amigas, hasta acá llegamos: fueron 153 días, unas 22 semanas y 20 emisiones dominicales de este artículo, que intentó transmitir sensaciones, anécdotas y memorias de una aventura por Latinoamérica. 34 destinos, siete países y 18.368 kilómetros recorridos con una mochila en la espalda.
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Este viaje se coronó de la mejor forma: el reencuentro con mi amigo Tomás, al que sólo me permitiré llamarlo así en esta oración porque para mis amigos fue, es y será Beto, y la llegada a Machu Picchu. Digo ‘la llegada’ porque la mayor osadía consistió en el camino que hicimos desde Cusco hasta Aguas Calientes, el pueblito a orillas de esas montañas que los incas bautizaron Machu y Wayna Pichu (montaña vieja y joven en quechua) en el siglo XV.
Muchos viajeros eligen hacer el “Camino del Inca”, una travesía de cuatro días caminando por la montaña con un guía, todo por la módica suma de 600 dólares. Automáticamente descartado. También está la opción de ir hasta Aguas Calientes en un tren que dura una hora y media, pero que sale 190 dólares de ida y vuelta, casi sin aventura. Descartado también.
Con Beto elegimos hacer nuestra propia aventura, adaptada a nuestro presupuesto (bajo) y nuestro estado físico (más bajo aún). Viajamos en combi local, que cumple el rol de transporte público, desde Cusco, capital del Imperio Inca, donde los 3.399 metros de altura no permiten llenar de oxígeno los pulmones, hasta Ollantaytambo, una hora y media de viaje por 10 soles (unos tres dólares cada uno). Ahí pasamos un día en el que conocimos el centro militar, religioso y agrícola que el emperador Pachacútec planificó en el Valle Sagrado como alternativa a Cusco.
Al día siguiente tomamos otra combi por 40 soles (10,8 dólares cada uno) que hizo todo un camino de montaña cruzando la Cordillera, esquivando derrumbes y precipicios a unos 4.500 metros de altura. Por suerte dormí la mayor parte del viaje y evité los momentos más duros en la ruta. En Santa María, un poblado que solo tiene razón de ser por su cercanía a la ruta, tuvimos que bajar de la combi y bajar la montaña caminando. Unas horas antes, un movimiento en la montaña provocó un derrumbe que cortó el camino. No me di cuenta hasta varias horas después de que esas rocas podrían haber caído sobre nuestra combi como meteoritos. Después de bajar la montaña a pie, tomamos otro transporte por diez soles (unos 2,7 dólares), que nos dejó en una hidroeléctrica. Allí llegamos a las 15. Nos quedaba caminar 10 kilómetros por la montaña, al costado de las vías del tren. Nos habían dicho que se demoraba unas dos horas en hacer ese tramo. Comimos algo y a las cuatro de la tarde empezamos la caminata, confiados en llegar a las 18, antes del anocher.
Gran error, tardamos casi una hora más de lo previsto. El cansancio acumulado de todo el día nos hizo ir más despacio. Además, Beto viaja con una cámara de fotos, algo un poco vintage, que permitía capturar recuerdos con más calidad que cualquier celular, y el el paisaje por el que caminamos, marcado por montañas y ríos, pedía a gritos ser capturado.
Más allá de las cualidades que definen a una buena persona, hay dos pasiones que apuntan a Beto: La Renga y la luna. De alguna forma, en estos diez años de amistad logró que le preste una particular atención a estos dos ejes. En otros viajes que compartimos me hizo ver la luna a través de su telescopio y me habló del detalle de los cráteres, del juego de sombras que impide ver ciertas zonas iluminadas por el sol, la luz como el reflejo de la tierra, la importancia que tiene para las mareas, entre otras cosas. También me habló mucho de La Renga, una banda de rock a la que nunca presté demasiada atención salvo por sus canciones más conocidas. Pero con el tiempo valoré algunos mensajes en sus letras. “No llores más/Dame la mano contame tu suerte/De esta manera quizás no sea la muerte/La que nos logre apagar el dolor”.
—Yo sé que puede parecer una poesía sencilla, pero prestale atención a lo que dice. Es un mensaje humanamente hermoso —me dijo una vez sentados en un parque mientras veíamos cómo se difuminaba en el espacio el agua que salía de una fuente.
Desde ahí siento que empezó una relación distinta entre nosotros, marcada por el mágico diálogo que propone la música. Pasaron recitales, viajes a la costa, momentos mejores y peores de cada uno, pero siempre encontramos una canción, una letra o una metáfora para expresar lo que sentimos. Tal vez por eso lo quiero tanto.
La llegada a Aguas Calientes no fue un momento más en este viaje. Caminamos largas horas, en medio de un valle, al lado del río, hasta llegar. En la última hora del trayecto la luna salió de la montaña y se acercó a saludarnos. Aprovechó su vista para alumbrar nuestro camino. Estábamos escuchando el disco en vivo de Los Piojos, con ganas de ir juntos a alguno de los recitales que tienen agendados.
—¿Cuánto falta para llegar? —me preguntó
—Deben faltar 20 minutos, espero que no más —contesté después de ver la hora, pero con cero precisión temporal.
—Listo, perfecto.
En ese momento sacó su teléfono y programó una lista de canciones que iban a sonar después del disco en vivo de Los Piojos, que estaba por terminar.
—Si tenés razón, vamos a entrar a este pueblo con un temazo —disparó y volví a verle la sonrisa que el cansancio de casi 10 horas de viaje le había borrado.
Y así fue que sonó Hablando de la Libertad, de La Renga, una oda a ese concepto que hoy está tan de moda y, como muchas modas, busca resignificar lo ya conocido. Con esa delgada luna creciente que, en el cielo despejado del Alto Perú, nos alumbró el camino, finalmente llegamos; abrazados, simulando una especie de pogo tan ficticio para el que lo veía desde afuera a dos personas cantando y saltando a los empujones en el medio de una ruta, pero tan real para nosotros que una vez más encontramos en el camino una canción que nos condujo por esta autopista infinita de amistad y rocanrol.
Y ahora solo un camino he de caminar
Cualquier camino que tenga corazón
Atravesando todo su largo sin aliento
Dejando atrás mil razones en el tiempo



