Presenta:

Jueces, dejaos corregir

La presentación del libro "El caso de abuso y libertad sexual" de Alejandro Poquet.
Foto: Rodrigo DAngelo / MDZ
Foto: Rodrigo D'Angelo / MDZ

Especial para MDZ.

En la tapa del libro se condensa su contenido. Está hecha de un título, un subtítulo y un óleo de El Bosco, un pintor de los Países Bajos del Renacimiento. Empecemos por el título: El caso de abuso y libertad sexual. Así como los jugadores muestran sus habilidades en el campo de juego, las teorías, los discursos y los principios se ponen a prueba en el campo judicial con un caso concreto. Este es un caso en el que se enfrentan dos relatos o dos historias en el norte argentino, en la región del Chaco.

Los protagonistas son los jóvenes Catalina Dolce y Juan Bautista Bravo, cada uno con una historia diferente acerca de la relación de novios que mantuvieron por años. Al tiempo de haberse separado, Catalina le reclamó a la justicia penal que reaccionara con severidad frente a una historia de abusos en la pareja. Juan Bautista, por el contrario, declaró en el proceso una historia de amor y plena libertad sexual.

El enfrentamiento de dos historias no representa ninguna novedad, en casi todos los casos judiciales hay posiciones enfrentadas. La diferencia aquí es que el libro se dedica a analizar el modo de abordar ese enfrentamiento por parte del poder judicial, de jueces y fiscales, y también por las profesiones que rodean a ese poder: abogacía, psicología y psiquiatría.

Y acá vamos entrando en el subtítulo: La ficción como garantía contra el desvío del proceso penal. Es un caso ficcional, pero cuidado, porque la ficción está hecha de partes de la realidad. Dioses y animales mitológicos tienen rasgos antropomórficos, se parecen a nosotros. La ficción no sólo sirve para entender mejor la realidad, sino que la realidad misma está hecha, en parte, de ficción. Pondré dos ejemplos célebres.

  1. Una exótica y fantástica clasificación china de animales de Jorge Luis Borges, hecha de lechones y sirenas, animales embalsamados y fabulosos, entre otras rarezas. Esta clasificación estimuló a Michel Foucault a escribir Las palabras y las cosas y a cuestionar el pensamiento occidental, las teorías filosóficas y científicas, el orden y el desorden.
  2. El otro ejemplo es el artículo “La novela familiar de los neuróticos” de Freud, según el cual el individuo construye una novela personal de su vida familiar gracias a una “actividad imaginativa intensa”, construye una ficción de origen y crecimiento que justifica su presente. Nuestro presente se basa, en parte, en un pasado ilusorio, que inventamos, y no sólo los neuróticos.

Siguiendo esa ley, este es un caso ficcional hecho de retazos de realidad judicial. Un caso con expresiones entrecomilladas, extensas declaraciones, testimoniales, indagatorias, mensajes de WhatsApp, dictámenes periciales, resoluciones judiciales, todo ello con el fin de hacer el relato lo más parecido a un verdadero expediente judicial. Hubo que optar entre un texto detallado y creíble judicialmente o uno liviano alejado de la realidad tribunalicia.

Alejandro Poquet. 

Seguí el consejo de Mark Twain, hacer verosímil la ficción para que pueda ser realidad, pero con la convicción de Thomas Mann: sólo la “absoluta meticulosidad” es amena, y por ello su libro La montaña mágica tiene más de mil páginas. Espero que estas doscientas páginas y algo más que estamos presentando sean agradables al lector, al menos para llegar al final.

¿Qué pretendo con este caso? Que se conozca la utilidad, la funcionalidad real de los discursos jurídicos, psiquiátricos y psicológicos, y cómo se relacionan entre ellos en el campo judicial. ¿Estos saberes sirven en la práctica forense para lo que proponen en la teoría? ¿Son disciplinas que se complementan y enriquecen o hay relaciones de jerarquía y dominación? ¿Cómo se llevan esos discursos con los principios jurídicos y las garantías que configuran el proceso penal?

Ahora bien, este caso tiene un condimento especial que pone en tensión a esas disciplinas. ¿Cuál es ese condimento? El sexo. El sexo, en su desnudez, desnuda esas disciplinas, las pone en evidencia. En estas dos historias enfrentadas las ciencias se relajan, y usan con ligereza conceptos centrales como consentimiento, deseo, resignificación, vulnerabilidad y gobernabilidad personal. Pero son conceptos complejos y más en relación con el poder y la ley. Para esta complejidad, alcanza con leer a la importante teórica del feminismo Judith Butler que ha tratado puntualmente estos temas, especialmente en el artículo “Consentimiento sexual. Algunos pensamientos sobre el psicoanálisis y la ley” y en su libro Mecanismos psíquicos del poder. Teorías sobre la sujeción.

Por el contrario, en este caso judicial la vaguedad es la norma y la creencia personal judicial, in pectore, termina siendo más importante que lo sucedido en realidad, que las pruebas del expediente. Así desaparece la diferencia entre lo subjetivo y lo objetivo, lo interno y lo externo, lo que yo creo y las pruebas. Se demuestra acá que es la realidad forense, no la literatura, la que es ficcional.

Hoy es cool hablar de sexo en grupos, públicamente en televisión y redes sociales, vociferamos sexo y sube el rating, contamos historias íntimas para el que quiera escuchar. Como no nos sonrojamos y conseguimos likes y seguidores, creemos que nos hemos liberado y que lideramos procesos de transformación. Pero hablar de nuestro sexo, incluso en tribunales, por sí solo, no nos libera, por el contrario, como sujetos nos sujeta aún más y nos perjudica. Es lo que le sucedió a Catalina y Juan Bautista. El proceso penal se desvió como anuncia el subtítulo del libro y ambos quedaron disconformes con la justicia. La falta de respeto por las garantías y principios jurídicos, la pérdida del norte procesal prolongó una agonía bilateral por varios años.

Foucault nos previno contra el palabrerío sobre el sexo, porque mientras hablamos de él nos sentimos transgresores, pero postergamos para mañana lo que denominó “el buen sexo”, “el esperado jardín de las delicias”. Fíjense qué bonita es esta expresión.

Y con esta expresión entramos en el tercer elemento de la tapa del libro, el óleo de El Bosco, precisamente denominado igual que la expresión de Foucault: “El jardín de las delicias”. No sé si el filósofo francés habrá tenido en mente este óleo cuando escribió Historia de la sexualidad, pero a mí me gusta pensar que sí. Esta pintura es un tríptico, tiene tres partes o láminas: el cielo, los placeres carnales y el castigo en el infierno. Esta tercera lámina es la que está en la tapa, como representación del castigo penal que amenaza al sexo, porque el infierno medieval, como el infierno de la Divina Comedia del Dante, no es más que una cárcel amplificada.

Alejandro Poquet y su libro. 

Hablar de sexo y en especial en el ámbito judicial corre el riesgo de la confesión de la Edad Media: nos abrimos con lujo de detalles ante terceros y no sólo quedamos expuestos a un castigo formal o informal, sino que entregamos material privado, dócilmente, para la regulación y administración estatal de la actividad sexual, nuestros cuerpos terminan siendo un asunto de policía, de gobierno. El resultado no puede ser otro más que una política conservadora de la sexualidad.

A la sexualidad, como un cuerpo desnudo, todos quieren poseerla o apropiársela: la religión, la medicina, la psiquiatría, la psicología, el derecho penal. Todos quieren catalogarla, clasificarla, ordenarla, disciplinarla, sancionarla, concederla bajo ciertas formas y premisas.

En el caso judicial de Catalina y Juan Bautista, se confundió consentimiento con deseo, vulnerabilidad con ingobernabilidad y el mensaje fue funesto, aciago. Un modelo de sociedad retrógrado en el que le quita a la mujer su voz, no se tiene en cuenta su consentimiento para proteger su deseo. ¿Pero y si la mujer desea y no quiere? No disfrutar es posibilidad de castigo, aunque dije sí, y gozar es antesala de impunidad, aunque dije no. Una política de la sexualidad en la que el propio cuerpo es una amenaza.

La joven Catalina siguió criticando a la justicia penal más allá del fallo final. El joven entusiasta lector Juan Bautista ensayó una carta de despedida como el escritor japonés Akutagawa a quien admiraba, pero no se animó a seguir sus pasos. Entonces se encomendó a sus ancestros, los Bravo Pertile, primeros inmigrantes de la región, para que le develaran un misterio alucinatorio: si la caza judicial que sufría era producto de una maldición por vivir en el “territorio de caza”, según el significado en quechua de la palabra Chaco.

Cuidado cuando el derecho penal y la práctica judicial pretenden colonizar “el mundo de la vida”, concepto sencillo pero filosófico de Husserl y Habermas. Cuidado cuando el Derecho y las instituciones judiciales se van metiendo en el mundo nuestro de cada día, van reemplazando a otros sistemas normativos como la moral. Dicho de otro modo, cuidado con abrirle la puerta de nuestra habitación al poder penal. Este peligro hay que advertirlo y prevenirlo.

Me despido con pretensiones de modernidad y con la ayuda de la paradoja que tanto sirve para reflexionar. Para ser actual viajo al pasado, cuatrocientos años atrás, cuando un jesuita, teólogo y poeta, Friedrich Spee, escribió un libro sobre la prudencia en los castigos inquisitoriales, porque como confesor de brujas él nunca había visto una. Su libro Cautio Criminalis o Cautela criminal, estaba dirigido a los jueces, inquisidores, abogados, consejeros, confesores de los príncipes.

Este pensador alemán resume el sentido de su obra en una frase, yo tomo ahora esta frase como frontispicio de este libro. Pido que la escuchen con inclinación, con reverencia, al menos por nosotros mismos, por nuestros propios derechos y libertades, para que no sean vulnerados por el poder de turno. Escuchémosla primero en su lengua original, el latín medieval, y luego en castellano, y tratemos de sentirla como parte de un rito litúrgico de siglos, en cuyo altar están las garantías que evitan el sufrimiento estéril:

Et nunc Reges intelligite: Erudimini qui iudicatis terram.

Lo sé, parezco Cardenal en el Cónclave, pero el tono no es un tema menor, si tienen dudas lean el parágrafo § 30 del libro póstumo de Wittgenstein Sobre la certeza: “La certeza es, por así decirlo, un tono en el que se constata cómo son las cosas”.

Ahora pronuncio la traducción académica en castellano:

Oh jueces de la tierra, dejaos corregir.

Aunque sea una traducción académica me apartaré, y antes de despedirme cometeré una herejía filológica con una traducción casera, más propia de café concert. No obstante, asumo el riesgo de ir a la hoguera por el deseo de sacar todo el potencial que tiene en la actualidad la frase bíblica que usó el poeta y humanista Spee.

“Oh Jueces y ohhh muchos más, fiscales, abogados, profesores, políticos, funcionarios. Ohhh periodistas, medios de comunicación y redes sociales, seamos prudentes, tengamos mucho cuidado porque la violencia que hoy celebramos y aplaudimos, mañana inexorablemente la estaremos padeciendo”.