Crónica de viaje XVII: los riesgos de cruzar una frontera sin plata en la tierra del caos y el orden
Desde Quito, Ecuador
América Latina es, sobre todo, un orden dentro del caos. Es un comercio en el que venden chips de celulares con internet y en la vidriera tiene perfumes femeninos a bajo precio; atrás del mostrador aparecen adaptadores de enchufe, alguna pinza o llave inglesa y coloridos souvenirs; en otro mostrador se destaca la lencería fina, cigarrillos y licores; y abajo de un improvisado escritorio reposan ojotas y teléfonos móviles junto con parlantes, auriculares y navajas. En este continente, que puede resultar agobiante y abrumador, el orden y el caos no son adversarios. Se presentan como dos complementos para darle identidad a un continente que, a pesar de todo, funciona, con sus desprolijidades e impuntualidades. Pero funciona.
Toda la tranquilidad que había encontrado la semana pasada en Cali, donde pasé ocho noches, quedó enterrada el domingo pasado cuando empecé un rally que terminó en Quito, Ecuador, desde donde escribo estas líneas. El domingo pasado me mudé a Popayán, la “Ciudad Blanca”, un poblado colonial que fue la primera capital de la Gran Colombia y hoy funciona como un centro administrativo y estudiantil de la provincia del Cauca.
Llegué un domingo a la noche de lluvia. La cuadra del hostel, ubicado en el “Centro Histórico” (ese rejunte de calles de adoquín y casas coloniales que cada ciudad latinoamericana se enorgullece de mostrarle a los turistas), completamente oscura. Me paré frente a la puerta. Toqué el timbre y golpeé con el puño esperando que alguien me abriera y nada. Me tomé el atrevimiento de aplaudir. Nada. Cuando vi bien, la puerta estaba abierta. Entré para refugiarme del frío y la lluvia que ya empezaba a romper la impermeabilidad de mi piloto. En ese momento vi un pasillo que al final tenía una escalera. Cuando cerré la puerta la oscuridad fue total. De afuera solo se escuchaba la lluvia caer o alguna moto que aceleraba buscando huir de ese lugar. Con la linterna de mi celular, subí y me choqué con un escritorio vacío. Solo un velador le daba algo de vida. Lo primero que pensé fue en que me habían estafado, después recordé que aún no había pagado nada y todo fue mejorando. Llamé al número de teléfono que me habían dado en la reserva y me aclararon que “la persona de la recepción iba a llegar en unos minutos”. Di unas vueltas por el hostel y no había nadie. Estaba limpio y oscuro, una combinación que aminoraba la carga fantasmagórica que podría haber tenido este lugar. Después de un rato, llegó “la persona de recepción” y cuando habló me di cuenta que era la misma persona que me había atendido el teléfono. Le di mi pasaporte y me indicó la habitación. Era una compartida con seis camas. Pero como era de esperar, estaba sólo. A los cinco minutos “la persona de la recepción” se fue. Quedé solo así que decidí aplicar la estrategia espanta fantasmas que más de una vez me salvó la vida en mis primeros siete años: prender la mayor cantidad de luces.
Me quedé un día más en este hostel. Tenía que esperar en Popayán a Pablo, el argentino que conocí hace tres meses en Cuba, con él me iba a reencontrar para cruzar a Ecuador. Aproveché para recorrer este “centro histórico” lindo, pero no muy distinto a los otros que conocí. Una plaza rodeada por una iglesia del 1500 y pico, un banco, una escuela, cafeterías, algún monumento, casas coloniales, muy lindas por cierto, pero no mucho más. Así que después de almorzar me encerré en la habitación compartida conmigo mismo y vi la película “El fondo del mar”. Hasta ese momento no me había cruzado con ningún otro ser humano en el hostel. Cuando estaba llegando al final del film, escucho rechinar el piso de las escaleras y a dos hombres hablando en inglés. “Si está todo vacío no me los van a clavar en mi habitación”, pensé. En vano. Cinco minutos después tenía recostados al lado mío a dos estadounidenses de Florida de alrededor de 65 años, con un olor que apestaba y un ruido con cada respiración de estos dos señores que hacía rechinar las paredes. Hice mi mayor esfuerzo de concentración para terminar la película y después salí a caminar.
Al día siguiente me fui del hostel. Solo quedaba esperar a Pablo, que venía de doce horas de viaje en la ruta de Bogotá-Cali. Allí tomó otro colectivo a Popayán. El mismo tramo que yo tardé cuatro horas, él lo hizo en 15. ¿El motivo? Simple y sencillo: la lluvia de la noche anterior complicó el camino, las advertencias no llegaron a tiempo y un camión quedó atascado por largas horas.
Al día siguiente viajamos a Ipiales, en la provincia de Nariño. Una ciudad fronteriza con todo lo que eso implica, donde conviven viajeros que sólo buscan cruzar la frontera para seguir una aventura con migrantes que buscan escapar de su tierra para llegar a un país que les pueda abrir las puertas o vaya uno a saber qué; cirujas pidiendo en la calle, venta y reventa de pasaportes, casas de cambio usureras con comisiones altísimas, militares custodiando los lugares más importantes con fusiles que ahogan la respiración y el siempre rentable negocio de la seguridad privada.
La falta de dinero conduce a distintos caminos. Uno de esos puede ser el rebusque. Antes de cruzar a Ecuador, teníamos que pagar la noche de la pensión en la que nos quedamos y el taxi que nos llevara a la frontera. En total, eran unos 90 mil pesos que necesitábamos entre los dos, unos 22 dólares. Pero juntábamos 50 mil, él tenía 20 y yo 30. Ir al cajero a sacar plata no era opción. Para ese momento yo tenía cero pesos, dólares, colombianos o lo que fuera en mi cuenta y a él le cobraban comisiones altísimas.
Así fue que nos paramos en la caja de un supermercado y empezamos a preguntarle a las personas que estaban por pagar si iban a hacerlo en efectivo. A los que nos decían que sí les hacíamos la siguiente propuesta.
-- Estamos viajando por Latinoamérica y nos quedamos sin dinero. Solo tenemos la tarjeta de crédito. ¿Qué le parece si nosotros pagamos su compra y usted nos da el efectivo?
Algunos se entusiasmaron con la propuesta, otros no. Los entiendo, ver a dos argentinos con pelos desprolijos y barbas largas, parados en la caja del supermercado de una ciudad fronteriza no debe transmitir demasiada seguridad. Pero algunos despistados dijeron que sí. A ellos, muchas gracias. Las vueltas del destino: uno de los que aceptó esta especie de trueque ganó con su compra, la que pagué con mi tarjeta, un voucher con un generoso descuento para su próxima compra. Con el efectivo que juntamos nos alcanzó para pagar nuestras deudas e irnos de Colombia.
Llegamos al Puente Internacional de Rumichaca, el paso fronterizo donde pasan alrededor de 1.700 personas por día. El trámite fue más sencillo de lo esperado. Solo había que esquivar a la gran cantidad de vendedores ambulantes, evitar los tumultos de gente y no tratar de caer en ningún engaño. De un lado, la oficina colombiana de la Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales, donde te sellan el pasaporte de salida, del otro lado, los Servicios de Migraciones de Ecuador, donde te sellan el ingreso al país. Ambos países están divididos por el Río Rumichaca y un gran letrero, que de un lado te despide de Colombia y del otro, te da la bienvenida a Ecuador.
Atrás quedó Colombia, con sus modas y modismos, sus “a la orden”, “bien pueda” y “mande”; sus salsas y merengues; sus patacones y almojábanas; sus tinticos y sus rones; sus playas y montañas; su vegetación y sus desiertos. Un gran país al que espero volver para reencontrarme con la calidez y buena onda de sus habitantes. Ahora, Ecuador, un paso fugaz de un par de semanas para seguir a Perú.
Dentro de este hermoso caos hay muchas cosas que no tienen explicación. Como la murga que estoy escuchando en este momento, un sábado de sol a las 10 de la mañana en Quito. A diferencia de bombos y trompetas, como las comparsas que conocí en Buenos Aires, acá suenan xilofones, sikus, melódicas y una especie de tambor que marca el ritmo. A estos instrumentos sí les puedo encontrar algún tipo de explicación, si pregunto, pienso y busco información. Lo que mi cabeza no logra entender es por qué suena en loop la melodía de “Se viene el tuta tuta” de Los Auténticos Decadentes, ese hit que no pensé que iba a cruzar la frontera de los casamientos y batucadas porteñas.
Y, sin embargo, dentro del caos, suena prolijo. Hay orden.