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Crónica de viaje XIV: Caballito y Medellín, unidos por la pasión verdolaga

En Medellín, la pasión paisa se viste de verde. Fútbol, identidad y un espíritu colectivo que late fuerte en la montaña.

Desde Medellín, Colombia

A los colombianos de Medellín no se les dice “medellineros” o “medellinenses”. El término correcto es “paisa”. Lo dicen con orgullo, con la frente en alto. “¿Por qué ‘paisa’?”, le pregunto a un chofer de Uber. “Porque somos del ‘País A.’”, aclara en referencia a la provincia de Antioquia, que tiene a Medellín como capital. “Y cuando emigramos decíamos ‘yo soy del País A.’, así nos íbamos reconociendo hasta que quedó ‘paisa’”.

Hasta 1886, Colombia se llamó “Estados Unidos de Colombia” y estaba compuesto por nueve estados soberanos (uno de ellos, el País A.). Ese año se creó una nueva Constitución que le dio nacimiento a la República de Colombia, con la integración de esos estados que se percibían autónomos.

Hoy, 139 años después, lo regional como alma de la identidad sigue siendo uno de los pilares para entender que los costeños odian a los de la montaña y que los del sur no sienten ninguna identidad con Bogotá. Parte de esa división también fomentó la guerra entre los distintos cárteles, principalmente el de Cali con el de Medellín, que dejó un saldo de entre 30 y 40 mil muertos en el siglo pasado.

El fútbol también refleja la división entre las distintas provincias. Colombia es uno de los países más futboleros que conocí. El domingo pasado fui al clásico Atlético Nacional contra América de Cali, en el estadio Atanasio Girardot. Llegué a través de un tour que salió del hostel en el que me hospedaba. Ese día me levanté de una siesta muy profunda, de esas que cuando despertás, demorás unos cinco segundos hasta entender el ser que habitás. Salí del cuarto y me encontré unas treinta personas con la camiseta verde y blanca de Atlético Nacional. Pregunté quién estaba organizando la salida y me encontré a dos muchachos muy organizados con un listado repartiendo camisetas y entradas.

De Buenos Aires salí con la idea de ir en algún momento a ver un partido de fútbol profesional. Ir a la cancha es algo que me gusta. Ese espíritu colectivo que moviliza a miles y miles de almas por los colores de una camiseta que corre detrás de una pelota, me parece algo tan difícil de explicar como hermoso de sentir. Además, el verde que tiñe la camiseta de Atlético Nacional me remite directo a Ferro, el club que sigo en Buenos Aires y quiero que ascienda a la Primera División.

Lo que no esperaba de ninguna forma fue lo que pasó camino al estadio. Uno de los hinchas de Atlético Nacional nombró con alegría a Ferro y lo destacó como el equipo argentino que siguen los hinchas de este club colombiano. La simpatía llega por el verde, el color que comparten ambas camisetas. En la cancha noté más esa fraternidad. De hecho, uno de los refuerzos que más promete de Oeste para esta temporada, Gonzalo Castellani, el año pasado fue campeón de la liga colombiana con Atlético Nacional.

Las banderas que hacían referencia al 'verdolaga' en el estadio y el uso del color esperanza para forjar una identidad me conectaron directamente con Caballito.. El día anterior a ese partido, Ferro había ganado su primer partido de local en lo que va del año. Ahí estaban mi papá y mi hermano alentando en las tribunas. A mí me tocó hacer lo propio con la computadora y un internet lentísimo que hacía todo más difícil.

En el clásico colombiano sentí la pasión futbolera del país cafetero, que, aunque se parece a la Argentina, también tiene sus particularidades. Los cánticos que bajan de las tribunas tienen las mismas melodías. Sin embargo, usan palabras que nunca usaría un fanático argentino. En vez de “transpirar la camiseta” dicen “sudar”; dicen “guaro” para referirse a la borrachera; y el clásico “parcero” para referirse a lo que en Argentina se llamaría “los pibes”.

Mientras la pelota rodaba y los hinchas se comían las uñas e insultaban a sus rivales, noté que la sensación de estar en la cancha y que te dé igual quién gane el partido es una extrañeza poco habitada por el futbolero. Antes de ir vi que los dos equipos peleaban por la primera posición en la tabla, pero no mucho más. A un lado tenía un hombre que alentaba sin parar y, del otro, un noruego que se fue en los últimos 15 minutos porque se quedó sin datos y se aburrió demasiado.

Ya pasó más de la mitad del viaje. De a poco, ya me siento un poco más cerca de Buenos Aires. Hablo por WhatsApp con un amigo y me pregunta qué era lo que más me había gustado de todo lo andado. Pensé en los días con Chapa en Playa del Carmen, en los recorridos por La Habana, las playas de Costa Rica y no me definía. No soy bueno para elegir una sola cosa cuando el menú es variado. Pensé un rato más, durante varias horas. Le contesté: “Haberme animado a viajar fue lo que más me gustó”. Y con eso me refería a poner en pausa mi vida en Buenos Aires, sacar un pasaje de ida a 7.400 kilómetros y salir a ver cómo están las cosas. Me quedo con eso. La decisión. Decidir y pretender.