La grave deuda interna que acumula Mendoza y que puede condicionar a otra generación
Para muchos puede ser una actividad metafísica que trasciende la experiencia propia; una abstracción que vale la pena hacer para entender lo que pasa alrededor.
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El frío, por ejemplo, comienza a sentirse en los nudillos, que se endurecen, y en los pies. Luego, penetra como espinas hasta los huesos en cada parte del cuerpo. Las rodillas, los tobillos. El frío duele. Cuando ese frío es frecuente, el surco que está bajo la nariz se endurece, arde por las paspaduras y cuesta respirar. Dentro del cuerpo, sobre todo en los niños, hace daño. “Nos mudamos porque no conseguimos más leña y era peligroso. Yo estoy con bronquitis. Los chicos con tos. Para dormir nos tapamos con todo lo que tenemos, sobre todo a los niños”, explica Rebeca, madre de tres y madrastra de otros dos.
A ese frío hay que sumarle el hambre: la cantidad de niños de Mendoza que no comen las cuatro comidas mínimas. “Te acostumbrás”, dice Rebeca. Es un eufemismo, pues lo que vive ella es una especie de adaptación: saltear comidas, reemplazar proteínas por una infusión y delegar obligatoriamente en la escuela desayuno y almuerzo. Los aprendizajes, en ese caso extremo, pasan a segundo plano.
Hay realidades visualmente menos dramáticas, pero de alto impacto. Niños y adolescentes que dejan sus actividades frecuentes, que tienen inseguridad alimentaria incluso severa; que comen mal. Adultos jóvenes que crecieron en climas familiares y sociales hostiles que hoy son padres y salen a convivir con una realidad de puertas cerradas.
Esa es la comunidad con la que Mendoza convive y que genera alarma: la Provincia está en el límite de frustrar una segunda generación pos crisis del 2001 por falta de oportunidades. Hoy, el 15% de los mendocinos no tienen los alimentos necesarios cada día, pero entre los niños esa cifra crece mucho más. Y, de hecho, 6 de cada 10 vive en un hogar en el que los recursos económicos no son suficientes para tener un desarrollo mínimo.
La crisis económica, política, social y de valores es profunda. Mendoza, como explica Alfredo Cornejo y lo hacía Rodolfo Suarez, busca crear las “condiciones para aprovechar las oportunidades que vendrán” cuando la macroeconomía mejore. Es una redundancia la referencia a Samuel Beckett y su Esperando a Godot; pero parece inevitable. La deuda interna crece. Mientras Mendoza espera, las cosas pasan y como si fuera un bucle, hay una historia que se repite.
La primera generación del nuevo siglo lo sufrió y ahora enfrenta sus responsabilidades con algunos lastres impuestos. Solo el 8% de los jóvenes nacidos luego del 2000 y que hoy son adultos llegan a la educación superior. La desocupación entre ellos se multiplica: supera el 20% y entre las mujeres aún más. Creen en una provincia donde desde hace más de una década no se genera empleo de calidad en la actividad privada. Algunos son emprendedores, otros, la mayoría, se las rebusca. Los menos, aprovechan las oportunidades que el mundo les da. “Delivery. Es lo único que he hecho. Primero en bici, ahora en moto”, explica Javier, de 23 años; independiente, soltero y ex estudiante, mientras espera un pedido en la calle Arístides Villanueva. En los últimos meses las pocas actividades que generaron empleo en Mendoza son las de poco valor agregado y baja calidad. En el Gobierno, por ejemplo, entienden que hay un problema estructural. Que la provincia tiene bajos salarios porque no hay actividades que impulsen hacia arriba, como ocurre en San Juan con la minería y en Neuquén con el petróleo. Es real: el promedio salarial de la minería metalífera es de 2,5 millones de pesos y en el petróleo solo un poco por abajo.

La necesidad de asistencia estatal es otra característica. En los grupos más vulnerables, 7 de cada 10 personas recibe algún tipo de asistencia del Estado; o al menos la recibía hasta diciembre del año pasado. Algunas de esas ayudas pasaron de ser complementarias, a estructurales, como ocurre con la Asignación Universal por Hijo. En Mendoza, por ejemplo, la mayoría de los niños y adolescentes se sienten inseguros y por lo menos 3 de cada 10 sabe que en su barrio venden droga. El 41% vive en condiciones ambientales adversas, con riesgo por contaminación de algún tipo.
En la coyuntura hay datos alarmantes y otros menos perceptibles pero que carcome lentamente, como la gota que erosiona la tierra. Hoy, por ejemplo, los profesores de los primeros años de las carreras universitarias tienen menos alumnos en sus aulas. Lo vivieron en marzo y mucho más ahora. A la declinación de la educación superior como posibilidad, se le sumó el deterioro económico que aumenta la deserción o, al menos, la presencialidad. El deterioro parece acentuado en el primer semestre, pero no es nuevo.
El cambio de siglo vino con la explosión de una profunda crisis en Argentina, pero luego hubo una época de abundancia de disponibilidad de recursos que impacto altamente en algunas variable fugaces, como el consumo, pero menos en otras más estructurales, como la adquisición de modos de vida más sustentables a largo plazo, la mejora estructural. Hay más de un tercio de la población marginada, más de 4 de cada 10 trabajadores son informales y ahora ni siquiera tener un empleo de calidad alcanza. “Se destaca en la figura la evolución reciente de la pobreza de niñas y niños en hogares cuya PRH es una asalariada formal. Esta tasa pasó del 30% al 37%, dejando entrever un hecho muy preocupante: ni siquiera el trabajo formal está siendo eficaz para combatir la pobreza”, advierten desde UNICEF. “La realización de un ejercicio de microsimulación para el primer trimestre de 2024, revela un aumento ostensible de la pobreza monetaria de niñas y niños: de concretarse ciertas previsiones macroeconómicas la pobreza total ascendería a un 71% y la pobreza extrema a un 34%. En términos poblacionales, implicaría que 8,8 millones de chicas y chicos serían pobres y 4,3, indigentes”, agregan.
Las consecuencias de la pobreza en los niños y adolescentes es estructural. “Esto es una alerta para la política pública ya que, de registrarse los valores estimados se estaría frente a una crisis profunda con grandes repercusiones en el bienestar no sólo actual sino también de largo plazo, a través de la denominada transmisión intergeneracional de la pobreza”, alertan. En ese contexto, Argentina en general y Mendoza en particular está sembrando un futuro complejo; una nueva generación condicionada por las malas decisiones del presente.


