ver más

Endurecerse o desaparecer: las dos opciones del PRO para llegar vivo a 2025

Mauricio Macri necesita renovar la marca. El desembarco de las malas formas y la falta de renovación amarilla. El final del club de amigos y la llegada de la mano dura como agenda necesaria.

El partido de Mauricio Macri nació para inspirar el fin de la decadencia. Llegó post crisis 2001 y ruptura del ecosistema político nacional para ordenar los tercios y distanciar el incipiente populismo improvisado frente a la idoneidad y los valores republicanos. La Argentina cambió, un cuarto de siglo después los valores, las formas y las jerarquías son antagónicas en muchos casos, y Macri tomó nota y vio empalidecer y achicar su sector votante ante la irrupción de la furia liberal. El fin de las buenas formas llegó para quedarse con una batalla cultural que encuentra al PRO dentro de los dinosaurios.

Después de una decena de reuniones con importantes dirigentes del PRO, hay una serie de certezas que se pueden enumerar: los candidatos no fueron buenos. Las campañas no inspiraron cambio ni le hablaron a los sectores empobrecidos por el populismo. La interna de Horacio Rodríguez Larreta y Patricia Bullrich exhibió una crisis de liderazgo y una incapacidad de cicatrizar por parte de los dirigentes que le llegó a la opinión pública. La situación en Buenos Aires es terminal y la falta de renovación hace que Diego Santilli y Héctor Grindetti estén buscando la forma de ser candidatos a gobernador en 2027. La Ciudad atraviesa un proceso de final de matrimonio con la UCR y el pánico de que Javier Milei lance un candidato y le genere la primer derrota en veinte años.

Altri tempi. Horacio Rodríguez Larreta y Mauricio Macri. 

La mirada sobre inmigrantes y delincuentes, la estructura discursiva, la lógica de la barra de amigos que trabajan codo a codo, la falta de atención al internismo, la inercia negativa de la marca por el lógico desgaste después de veinte años y la absoluta merma de renovación dirigencia, algunas de las respuestas frecuentes en la auto crítica que los dirigentes que conversaron con este medio vertieron. 

Horacio Rodríguez Larreta rompió para siempre su vínculo con Mauricio Macri. Se convenció que el matrimonio arreglado con Martín Lousteau no tendría costo, que teniendo Nación nada más importaba. Que la interna con Patricia Bullrich era poco menos que un trámite y que con una pata fuerte en medios de comunicación y exportando un modelo de gestión porteña al país el resto era casi un efecto dominó. No pasó nada de lo que creyó a pesar de su excelente primera gestión, en la que se reforzó lo que faltaba de Mauricio Macri y dotó de orden a una situación caótica. Ninguno de los dirigentes que conversaron con este cronista creen que la situación de Rodríguez Larreta tenga solución, pero todos creen que puede hacer mucho daño el año que viene.

Traidor. Mauricio Macri y Gerardo Morales, a quien considera un traidor por su alianza contra Patricia Bullrich.

El PRO no sólo no es cambio, contiene casta y dependiendo del dirigente, atrasa y representa los peores defectos de la casta. Patricia Bullrich denunció a Tito Barreiro por ser corrupto, o al menos direcciones licitaciones, un típico defecto que el otrora PRO le achacó al populismo embrionario en tiempos de Julio De Vido y Lázaro Báez. Bullrich pateó un tablero sin retorno, lo sabe ella y más Mauricio Macri, que dio por terminada la relación política y se cristalizará en las urnas el año que viene cuando sus andariveles no se rocen. 

El país en términos mayoritarios eligió las malas formas, los marginales, outsiders, esos que estaban tejiendo debajo de la alfombra mientras la interna binaria de kirchnerismo o macrismo dejaba de seducir a la opinión pública. Esos desahuciados empobrecidos por el kirchnerismo perdieron entonces la representatividad, el contrato entre votante y votado se tornó vetusto, nadie les habló, salvo Javier Milei, un "roto" hablándole en su mismo idioma a una sociedad rota. Muchos macristas lo entienden, y saben que lo que viene será un desafío. "Lo veo cada día más lejos", confesó hoy a este cronista un senador amarillo con ambiciones sinceras y acento marcado.

Enemigo de los lujos, amigo de las muchas veces pésimas formas, intelectual indiscutible, solitario y futbolero, Javier Milei conectó con todos los desahuciados. Les habló en voz baja y les explicó tres años la importancia de ser duros, soeces, de imponerse y gritar en la cara aunque sea con cara de loco que la injusticia se tenía que terminar, que los diputados no pueden ser todos millonarios y dueños de empresas que prestan servicios al estado. Y los desahuciados tomaron nota y lo hicieron diputado primero, y Presidente después. 

Roto. Javier Milei interpretó como nadie una sociedad "rota" y la decodificó en 2021.

Guillermo Dietrich es tal vez uno de los mejores cuadros de la historia del PRO. Manejó el corso a contramano que dejó el populismo, con su tragedia de Once y los subsidios sin control que pusieron a Ricardo Jaime, Julio De Vido, Juan Pablo Schiavi y siguen las firmas, detrás de las rejas. Dietrich fue el claro caso del que no precisaba la política, se metió, se empapó de política y se fue, no hay ambición segunda que resolver, evolucionar, avanzar. El kirchnerismo le inventó una veintena de causas, de historias de peajes y licitaciones dirigidas. La historia dicta que la justicia desestimó siempre todo y que su CV no contiene una mácula. Es parte de los que creen que habrá una segunda parte en la vida amarilla, y que será endurecidos y mejorados, o no será.

El enorme aparato de fiscalización que "creó" Guillermo Dietrich llegó de Usuhaia a La Quiaca, cada mesa, con voluntarios, militantes, fiscales generales, ordenados, y dio vuelta la historia de la pésima elección de 2019, tal vez la piña anímica más fuerte que tuvo Mauricio Macri en muchos años. Ese aparato llegó para destronar un aceitado negocio de la política, donde bolsas con millones de pesos, cientos de millones, miles de millones de pesos se movieron en bolsas, de oficinas a autos, para llegar al Conurbano y el resto del país. El método de Dietrich incomodó mucho al kircherismo y los barones, pero esencialmente a muchos propios.

El PRO deberá entonces si pretende volver a ser protagonista y no rémora, entender que la sociedad hoy se volcó en distintos escenarios a la derecha, a las formas antes cuestionables, a la honestidad brutal y a aniquilar los discursos ordenados de las escuelas modernas de coaching que estudiaron pro casi veinte años, tal como cuenta en el fatídico video Federico Sturzenegger, en los que Jaime Durán Barba le exigía la ausencia absoluta de conceptos y explicaciones para ganar una elección. 

PRO UCR. Para muchos, el principio del final.

El PRO diseñó una forma de hacer política muy exitosa, disruptiva: un club de amigos que se quieren y buscan todos lo mismo, honestos intelectualmente e incorruptibles, para terminar con la corrupción y la falta de idoneidad del kirchnerismo más corrupto y tardío. Fue más que exitoso, Mauricio Macri es el político más ganador de la historia moderna, creó una marca, una forma de hacer política, un equipo de trabajo, dos, tres, cuatro, ganó la ciudad, la provincia y el país, ganó todo y antes ganó Boca Juniors. Ese país no existe más, es entenderlo y endurecerlo, o desaparecer. 

Si el PRO quiere volver a ser poder, o al menos decidir el rumbo de la política doméstica, deberá dar por terminada una serie de rispideces internas. Sacar del camino los que trabajaron para que Juntos por el cambio no sea Gobierno, bucear entre los miles de dirigentes, en aquellos dispuestos a aplicar honestidad brutal, austeridad y mano dura contra el delito. Apoyar las formas necesarias para que la sociedad crea que su dureza es creíble y comparable con la que reina en Casa Rosada. Dar por terminado el manual de Durán Barba que tan exitoso resultó, pero que secuestró para siempre las formas hasta extinguirlas y tornarlas en sepia. 

Historia. Maria Eugenia Vidal, el éxito de 2015 contra Aníbal Fernández.

Javier Milei cruzó el Rubicón, su revolución ya no está en pañales, gatea y a veces se para. Si la inflación sigue su curso descendiente y con el ingreso de los dólares del campo se logra robustecer aun más el plan de reservas, la actividad empieza a reactivarse y el apoyo de la opinión pública se sostiene, el PRO deberá elegir entre ser parte de un frente liberal nacional que gobierne y termine finalmente con el populismo, o seguir siendo una fuerza federal, con una territorialidad que se irá extinguiendo con el compás de los años.

Patricia Bullrich hirió en un ala al PRO, lo marcó y puso en lugar de endeble, algo que nunca le gustó pero que sacó lo mejor de Mauricio Macri para jugar el partido. En distintos lugares del país, Karina Milei y Lule Menem tejen alianzas sin descanso para dejar en claro quién manda en diez meses. Es el tiempo de que el PRO se endurezca y sea "mal educado", al menos, para volver a ser protagonista y no un simple e incomprendido espectador.