Paro de la CGT: una casta sindical a la que no le importa la inflación ni los votos
La lógica política racional no ayuda a entender los tiempos que se están viviendo en la Argentina. A veces se vuelven difíciles de comprender los movimientos de Javier Milei, otras, los de la oposición. Pero los de la CGT son cada vez más incomprensibles. Uno de los actores sociales con peor imagen pública según todas las encuestas ya le realizó dos paros generales al Gobierno en apenas cinco meses de gestión.
Desde lo político, la CGT se posiciona en la vereda de enfrente de una gestión que luego de un feroz ajuste sigue manteniendo firme su nivel de aceptación por encima del 50%. Un porcentaje que también se vuelve difícil de comprender, en este caso para los encuestadores.
La última encuesta de Giacobbe indagó sobre los apoyos al paro. Solo un 32% de los entrevistados se consideró a favor. El 53,5% en cambio, está en contra. Un 12,5% coincide con el reclamo y las críticas, pero está también en contra de la huelga. Según la última encuesta de Udesa, los sindicatos tienen apenas un 20% de imagen positiva, contra un 71% de negativa. Solo los partidos políticos aparecen peor calificados.
Así y todo, la CGT volvió a hacer lo que mejor sabe hacer: parar. Y sobre todo cuando gobierna un partido que no sea el peronista. El 64% de los 44 paros generales que se hicieron desde el retorno de la democracia fueron a gobiernos de otro color político, número que se vuelve más elocuente si se considera que el PJ, en todas sus versiones, gobernó el 70% del tiempo.
Gremialistas que llevan décadas en sus cargos le hacen cada vez más fácil el trabajo a Milei para identificar a “la casta”. Porque la pata sindical de la casta tiene que dar las mismas explicaciones que la política. Moyano, Daer, Barrionuevo, Martínez, Lingieri, Cavalieri, Rodríguez, Piumato, todos apellidos que protagonizan la vida política desde la década de los 90. Y los resultados no son alentadores.
Representantes de trabajadores registrados, los sindicalistas nunca hicieron una autocrítica de porque cada vez representan a una porción más chica de argentinos. Convenios colectivos del siglo pasado, cargas laborales que obligan a pensar dos veces cada contratación, una industria del juicio que ataca a la creación de empleo y una macroeconomía que vuelve una odisea invertir en el país, todas cuestiones que se vienen arrastrando hace décadas y a las que la CGT nunca ofreció respuesta.
Apenas el 47,2% de los trabajadores hoy están en blanco. Y eso contabilizando tanto al sector privado como al público, que creció exponencialmente en los últimos años para maquillar así una realidad que sino se mostraría todavía más compleja. Hace poco más de diez años, esa cifra era superior al 55%. Por el contrario, lo que subió es el asalariado informal, que superó a los registrados y llegó al 47,6%. Los porcentajes restantes son para patrones (3,4%) y trabajadores por cuenta propia profesionales (1,8%).
Esa realidad vuelve incomprensible el silencio de la CGT en los últimos años, sobre todo en los 4 años de gobierno de Alberto Fernández, al que no le hicieron ningún paro. Desde los gremios lo justifican en que hubo un año y medio de pandemia, y en que la escalada inflacionaria desde que asumió Milei es muy superior a la que venía en el promedio del kirchnerismo. Incluso los economistas del equipo de Sergio Massa reconocían que si ganaban las elecciones era necesario un ajuste, del dólar, de las tarifas y, por ende, de todos los precios de la economía. La escalada inflacionaria, el derrumbe de los salarios y de la actividad económica solo se puede entender por el contexto económico que arrastraba el país. Se podrá debatir en el nivel de graduación de las políticas aplicadas, pero difícil no ver la necesidad de hacer correcciones. Los gremialistas no lo entienden así o tienen otras motivaciones políticas detrás.
Es que no solo es económico el reclamo del paro general de este jueves. También entre las críticas al gobierno está la reforma laboral que se está debatiendo en el Congreso. La convocatoria al primer paro, a los 45 días de iniciado el Gobierno de Milei, se justificaba también en el mega DNU, que incluía el paquete laboral. Por más que la Justicia les dio la razón y frenó su aplicación (ahora lo tiene la Corte Suprema para definir), la CGT decidió ir al paro igual. El acatamiento ese día fue bajo, porque no se plegó el transporte público.
Esta vez, la reforma laboral está siendo debatida en el Senado, en un paquete mucho menos revulsivo para los sindicalistas. No se mete con la cuota sindical obligatoria, ni tampoco con la prohibición de realizar bloqueos a empresas, por ejemplo, dos puntos que estaban en el DNU 70/23. Consiguió entre 136 y 147 votos en la Cámara de Diputados, votos que exceden a los representantes de La Libertad Avanza (por lejos), pero también a los que están en los bloques que conformaban Juntos por el Cambio. Ahora la discusión se definirá en la Cámara alta, es decir que serán los representantes de las provincias los que votarán si esa reforma laboral tiene lógica o no. Así funciona la democracia.
Inflación y votos, dos cuestiones que al sindicalismo parece no hacerle mella. La inflación porque se acostumbraron a que su principal rol es pelear en paritarias y generalmente terminan consiguiendo aumentos que le empardan a la suba de precios. Por eso no le hicieron ningún paro a Alberto, a pesar del 211% con el que se retiró en 2023. Por eso apenas le hicieron cinco a Cristina, en ocho años en el poder. Y tampoco les importan los votos, porque ya le hicieron 2 paros en apenas 5 meses a un gobierno que fue votado por el 56% de los argentinos y que está haciendo lo que dijo que iba a hacer en campaña. A un gobierno que está impulsando un proyecto en el Congreso, donde están los representantes del pueblo listos para definir si lo apoyan o no.
En parte por estas inconsistencias el paro solo tuvo alto acatamiento porque esta vez casi no hubo transporte público. La imagen recurrente de la jornada fue la de los locales comerciales abiertos, en una calle que parecía la tradicional de un feriado. Son señales que deja un sindicalismo que muestra cada vez más un color sepia.