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Senado: ¿comiendo bananas con cáscara?

El jueves 18 de abril, el Honorable Senado de la Nación Argentina captó la atención de los diferentes públicos que conforman la opinión pública.
El auto incremento de la dieta de los Senadores no tomó por sorpresa a la opinión pública; la manera en que se llevó a cabo, sí. Foto: EFE
El auto incremento de la dieta de los Senadores no tomó por sorpresa a la opinión pública; la manera en que se llevó a cabo, sí. Foto: EFE

El auto incremento de la dieta de los Senadores no tomó por sorpresa a la opinión pública; la manera en que se llevó a cabo, sí. La modalidad, quizá un tanto cínica y, al parecer, avergonzante (sentimiento que condice con el tratamiento apresurado y sin  poder llamar a las cosas por su nombre), despertó pasiones y sentimientos muy negativos en los públicos ciudadanos. En los medios de comunicación, condena; llegando, en algunos casos, al escarnio público. Los pocos miembros del senado que se refirieron en sentido positivo sobre el tema lo hicieron colocándose en una posición de “trabajador corriente” o victimizándose; en definitiva, justificando su accionar.

Los que votaron en disidencia, aludieron a este evento como un acto impúdico

Unos y otros tienen razones de peso para pensar que este sacudón en la opinión pública podría resultar fugaz. Quizá, apelan al cambiante humor público que caracteriza a la opinión pública, y razones no le faltan. En este contexto, una anécdota graciosa sirve para ilustrar. En cierta ocasión, un invitado a una elegante cena apenas tomó asiento bebió el agua del cuenco que se utiliza para higienizar los dedos. El anfitrión, rápidamente, procedió a hacer lo mismo, lo que coloca al evento original en resguardo. Como en esta historia, los senadores esperan que los diputados le sigan y los pongan a “resguardo”, aunque saben que el presidente y sus partidarios más tenaces tratarán de alimentar y mantener viva la hoguera pública.

Los que votaron en disidencia, aludieron a este evento como un acto impúdico. Foto: Noticias Argentinas

La actual indignación sobre el accionar reciente de los senadores desembocó en una especie de escándalo. De más está decir que resulta útil para el presidente, ya que tiene servido en bandeja de plata insumos para alimentar su eslogan sobre la casta. Sin embargo, el escándalo por definición siempre es pasajero y, como sabemos, para moldear férreas estructuras se requiere que los hierros estén calientes. Pocas veces en la historia de la humanidad los escándalos calan tan profundo o llegan a tanto, y este tampoco parece ser el caso. Tras los paños fríos, quedan los problemas de siempre: mudos como una roca. Pero no es cualquier roca, porque es la roca con la que siempre nos topamos: el dinero y la política en el régimen democrático. Asunto que tiene muchas aristas; no obstante, una muy visible es la de las remuneraciones que perciben los funcionarios públicos.

Especialmente, en aquellas instituciones, dependencias o áreas del Estado que son autárquicas o cuasi autárquicas, como son
el Senado y la Cámara de Diputados. Pero no son las únicas. ¿A cuánto debe ascender la brecha de ingresos entre un rector y un profesor titular de máxima antigüedad en las universidades públicas? Pregunta que se puede replicar en innumerables organismos del Estado. Para no perder el foco, sigamos con el asunto de los senadores. El ciudadano argentino no es tan naïve para creer que los diputados, senadores u otros funcionarios públicos tienen que ganar como un docente, un policía o, máximo, 3 salarios mínimos y móviles. Para ello sobran razones históricas y prácticas, aunque no todos los ciudadanos coincidan en sus diferentes argumentos.

Es altamente probable que exista un consenso acerca de que lo relevante no es cuánto ganan, sino lo que hacen

Aunque, cabe advertir, que lo que hacen termina impactando en la evaluación que los ciudadanos hacen sobre lo que ganan los funcionarios públicos. Los ciudadanos esperan que los políticos no se sirvan del presupuesto con una cuchara de té; eso sería un despropósito. Los ciudadanos argentinos son más prácticos que muchos partisanos radicalizados, es decir, saben que un cargo político es significativo y que quien accedió a él debe obtener una remuneración acorde al montaje simbólico. Sin caer en una contradicción, sin embargo, pretenden que los políticos no se sirvan del erario con el cucharón sopero. No está demás destacar que aquí hay un delicado equilibrio que los políticos deben mantener por el bien de la sociedad y también, aunque ellos no lo crean, por su propio bien.

Es altamente probable que exista un consenso acerca de que lo relevante no es cuánto ganan, sino lo que hacen. Foto: MDZ.

Los ciudadanos argentinos suelen enfadarse esporádicamente con los niveles de riqueza patrimonial que ostentan algunos  parlamentarios. A pesar de ello, este es un enojo de muy corta duración. Tampoco hay una preocupación sobre la dedicación
de tiempo completo a las actividades parlamentarias. Según datos del Proyecto Élites Parlamentarias en América Latina, de la Universidad de Salamanca, el 31,9% de los diputados mantenían en 2008 otra actividad en paralelo, de ellos un 94,2% continuaban con las actividades previas antes de ser electos diputados. Lo que buscan los ciudadanos es que los senadores procuren con diligencia y dispongan con inteligencia aquellas propuestas que resulten adecuadas para llevar adelante soluciones benéficas para el mayor conjunto posible de la sociedad.

Le piden, además, a los senadores que articulen con la mayor prudencia los intereses de las provincias y las necesidades de la nación; que lleven adelante las negociaciones necesarias, requeridas y por tanto tiempo postergadas tendientes a garantizar los
principales asuntos que están firmados en papel (reforma constitucional) pero desconectados en la práctica. Quieren, también, que a través o por medio de su carrera de políticos profesionales se conviertan en garantes de los compromisos asumidos, tanto en el plano de las instituciones políticas formales como en las informales. Si los senadores se responsabilizaran ante los ciudadanos, la discusión sobre el emolumento se volvería redundante. Siempre, claro está, que se sirvan con una cuchara estándar.

Otra historia sirve para ilustrar este medular asunto

Cuenta una leyenda que, en cierta ocasión, una famosa y bella reina del África recibió como invitado a un funcionario mandarín. Le ofrecieron bananas y éste las comió con cáscara. La reina, quizá de manera algo condescendiente, tomó una banana y la peló delicadamente para enseñarle cómo se ingería esta deliciosa fruta. El chino, atrapado en su propia cretinez, redobló la apuesta, tomó otra, la volvió a comer con su cáscara y masculló: “Así saben mejor”. Podría pensarse que los ciudadanos argentinos le están diciendo a sus parlamentarios: “Responsabilícense y sírvanse con una cuchara estándar”.

Pero los parlamentarios parecen desoír el reclamo ciudadano y, al igual que el ilustre visitante chino, redoblan la apuesta, creyendo que una cretinez tapará a la otra.

Dante Avaro.

* Dante Avaro. Investigador del Conicet. Licenciado en economía. Doctor en Filosofía.