La casta, en la mira

No hay lugar para otra burla más como la del Senado: teléfono para toda la política

El Gobierno no terminó de convencer sobre su prescindencia de la decisión del Senado de elevar las dietas. Temor por la demora de un cambio que gran parte del país pide a gritos. El caso Macri.

Rubén Rabanal
Rubén Rabanal domingo, 21 de abril de 2024 · 07:18 hs
No hay lugar para otra burla más como la del Senado: teléfono para toda la política
El Senado, una vez mas, como vidriera del "no va mas" de la política Foto: Prensa Senado Nacional

El mundo de la política tiene que entender el tiempo que vivimos; esto incluye también a muchos integrantes de La Libertad Avanza que tampoco parecen comprenderlo en su justa medida. La política aún no lo ha hecho a pesar de la crisis y la presión que sufren los bolsillos de todos los argentinos en el difícil camino que estamos llevando de una economía mentirosa a una real. Podrá argumentarse a favor o en contra del método en que Javier Milei y Luis “Toto” Caputo están llevando adelante el proceso de sincerar toda la estructura de precios controlada y contenida falsamente por años en el país, pero nadie, incluidos todos los candidatos que participaron de la carrera presidencial, niega hoy que el camino que se transitó en los últimos 20 años nos llevó a una Argentina invivible.

El esfuerzo es grande y no hay espacio para agachadas. Menos cuando aunque puedan venir arropadas de alguna necesidad justificante, como salarios bajos para retribuir un cargo, exponen con crudeza diferencias que el sufrido público de pie no puede leer de otra forma que no sean privilegios.

Es momento de hablar claro y sin subterfugios. El Senado avanzó esta semana con una sesión, la tercera del año, en la que consagró dos votaciones que fueron leídas claramente por todos como un toma y daca entre los poderes.

El ocultamiento de la decisión del Senado (de todo el cuerpo) de subir sus dietas e inclusive sumarse un aguinaldo que normalmente no cobran, tiene tantas caras visibles o escondidas que hieren peligrosamente tanto a la política como a la paciencia frente a un cambio que pide una amplia mayoría del país.

No hace falta abundar en la cantidad de ocasiones que tuvieron quienes supuestamente se oponían a esa medida para manifestarlo públicamente.

El debate por la suba de dietas hiere la epidermis social en un momento donde el ajuste duele  aunque siga teniendo apoyo  de quienes votaron a Javier Milei y buscan que Argentina llegue algún día a ser un país normal. Esa paciencia, de todas formas, tiene sus límites.

La discusión por los salarios en el Senado tiene un contenido doloso que se verifica más en las formas que en el fondo. Los senadores podrían haber planteado públicamente la necesidad de ajustar sus salarios, hasta ahora en algo así como $ 1,7 millones, y pagar el costo político ante sociedad. Es lo que hubiera correspondido, aunque fuera indigerible para el público de a pie que en promedio no llega a ganar más $ 600 mil. En su lugar se armó una puesta en escena de mentiras con patas tan cortas que quedaron a la luz inmediatamente.

Como se dijo son incontables los momentos que hubo para transparentar la situación. El propio Guillermo Francos reconoció que la Casa Rosada sabía del movimiento dos días antes. La sesión del Senado donde se decidió la suba salarial venía con una calma inusitada para los tiempos que corren. Antes de arrancar con el tema de las dietas los senadores de todos los partidos, incluida la kirchnerista Unión por la Patria, le aprobaron al gobierno por unanimidad el acuerdo para los embajadores ante EE.UU., Israel o la ONU, por mencionar solo algunos casos. Eso sucede solo cuando hay un acuerdo político en camino.

Ese acuerdo quedó expuesto minutos después cuando todos, repito “todos”, los presentes en el recinto del Senado se hicieron los sonsos a la hora de someter el expediente de los sueldos a votación. Hubiera basta con que la presidenta del Senado leyera el número de expediente junto con el tema del proyecto de resolución, o que cualquier senador de los que ahora se golpean el pecho pidiera que por Secretaría se leyera el texto o que se solicitara la votación nominal, para que el papelón por el pretendido ocultamiento quedara a la luz.

¿En serio alguien pensó que iba a pasar un aumento de sueldos superior a 100 % sin que ningún cronista parlamentario se diera cuenta del engaño?

El episodio pasó y ahora se tantean caminos para solucionar el papelón. Nada indica que realmente pueda haber una marcha atrás, menos cuando la suba de salarios en el Senado había generado una crisis un mes atrás que quedó sin solución y en la que la vicepresidente terminó cruzada con Javier Milei.

El ocultamiento que protagonizó el Senado deja huellas complicadas y no solo en la imagen del Congreso. No hay tiempo ni lugar en la sociedad para repetir un papelón de esa dimensión. La Casa Rosada tomó nota de esa realidad. Una desilusión popular sobre las verdaderas intenciones de cambio del actual gobierno traería una crisis de dimensiones impensadas. En términos claros: el monstruo del populismo demagógico no murió: esta agazapado y esperando volver. El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, Sergio Massa y Alberto Fernández (en ese orden) superó con creces todo el descontrol que se había vivido en los anteriores gobiernos kirchneristas. Esta vez ni siquiera tuvieron el arte de esconder debajo de la alfombra toda la basura que produjo la inutilidad de un gobierno desquiciado, como si puso hacer en parte Cristina Fernández de Kirchner cuando dejó la presidencia en el 2015.

El monstruo populista esta allí. El mundo lo sabe, incluyendo al mercado que hoy mira con entusiasmo las reformas que lleva adelante Milei y el propio FMI, pero que piden que se garanticen que estas sean permanentes. Para eso hace falta política y apoyo político de los votantes. La pelea contra la “casta” es un colateral necesario pero no suficiente para alejar al país de un retorno al populismo demagógico.

Hay una anécdota que algunos deben haber escuchado decenas de veces, pero que grafica como ninguna los peligros que acechan a este país. Corría septiembre de 2016. Mauricio Macri estaba en su primer viaje a los Estados Unidos para participar de la Asamblea Anual de Naciones Unidas. El Gobierno, junto con el New York Stock Exchange, había organizado un seminario para mostrar a inversores y banqueros la potencialidad económica del país para atraer inversores.

Ese seminario en que el hablaron ministros como Alfonso Prat Gay, terminó con una presentación de Macri ante los inversores. El presidente aparecía entonces frente al mercado americano como la promesa absoluta de cambio tras los tres gobiernos kirchneristas que habían llevado a la Argentina a contramano del mundo y a una lógica económica desequilibrada desde todo punto de vista.

A pesar de eso la promesa de Cambiemos no alcanzaba. La presentación de Macri ese soleado día de septiembre 2016 fue mediate un reportaje realizado por Gillian Tett, editora jefa del Financial Times. Ella le hizo una primera pregunta que resumió todos los temores que aun tenía mercado frente a un país que cíclicamente durante 80 años había vuelto a sus desvíos económicos y populistas. "Argentina ha salido una vez más del aislamiento y ha vuelto a los mercados, ¿por qué debemos pensar que ésta no es más que otra vez?", le preguntó Tett a Macri.

Desde ese momento y por los siguientes dos años el gobierno de Macri eligió aplicar lo que se conoció lo que algunos llamaron gradualismo. Otros eligieron mencionar ese período con otra frase que pasó a la historia: “Se dedicaron a boludear por dos años”. Lo cierto es que las reformas prometidas terminaron demorándose y Argentina desde enero del 2018 volvió a entrar en otra de esas épocas de caos a las que se refirió la editora del Financial.

El monstruo populista siempre puede volver. En el 2019, y tras el fracaso del gobierno de Cambiemos, regreso y con su peor cara. La determinación (una virtud que los estadounidenses le exigen en primer plano a sus presidentes) de llevar adelante un cambio no puede flaquear, menos cuando el esfuerzo que se exige a la población es, cuanto menos, dramático. No se pueden ocultar (y con tan poca inteligencia) lo que es evidente para todos. Hace falta mas política, pero no en las versiones que vimos en los últimos 80 años sino para solucionar nuestros problemas. El teléfono ahora si suena para todos.

Archivado en