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Crónica de viaje III: un día con el ídolo de tu infancia y la lucha libre en la "México Bombay"

El tercer boletín de la aventura por México llega con escenas de lucha libre y el detrás de escena del gran show mexicano. Qué es la México Bombay.
La lucha libre en México, una relación con tu ídolo y los suburbios de esta gran ciudad. Foto: Gentileza Quique Gurevich (@quique_gurevich)
La lucha libre en México, una relación con tu ídolo y los suburbios de esta gran ciudad. Foto: Gentileza Quique Gurevich (@quique_gurevich)

Desde Ciudad de México, México  

Si alguna vez le tengo que contar a mi yo de 11 años que conocí a su luchador favorito, me va a costar por dónde empezar. Más aún si ese luchador me pasó a buscar con su auto por un departamento en el que estoy viviendo ¡en Ciudad de México! Así fue que llegué a la Arena Naucalpan en las afueras del DF.

"Esto es como llegar a Ciudadela", me dice Hip Hop Man cuando bajamos de una autopista para llegar a la pelea que vamos a ver. Y aclaró: "Por acá está todo bien, pero si te vas un poco más allá, o te equivocás de camino, terminás en el Fuerte Apache en dos minutos". Él es de González Catán, vive en México hace casi 15 años y lleva Argentina en todos lados. Su historia la voy a publicar más adelante cuando termine de escribir su perfil. 

Mientras me cuenta todos los detalles del suburbio mexicano y lo compara con el Gran Buenos Aires me doy cuenta que me olvidé la llave. Sentado con el auto en movimiento y el cinturón apretando mis tripas empiezo a palpar los bolsillos. Siento ese escalofrío que sentimos todos los que no tenemos nada realmente importante por perder pero que cuando no sabemos donde está algunas de nuestras cosas importantes, nos preocupa demasiado. En mi caso, la llave del departamento de Flavia y Mauricio, el matrimonio que muy gentilmente me hospedó en su casa. Pienso que la anécdota de esta pérdida me puede servir para estas columnas, después digo que no, que no puede ser que todo todo el tiempo esté perdiendo cosas. Al ratito estacionamos, me saco el cinturón, salgo del auto y me doy cuenta que las llaves están en el bolsillo especial, el chiquito para, justamente, no olvidarme de que las había dejado ahí.

Llegamos a la Arena Naucalpan a las 14, el show (como le dicen a los combates) está previsto para las 16. Entro con Hip, él se encarga de la televisación del espectáculo, de que salga todo bien frente a las cámaras. Llegar un rato antes nos permitió ver cómo se preparaban los luchadores. Ese día la acción comenzó con la muestra de fin de año de la escuela de lucha libre que tiene el lugar.

La valija de un boxeador a la espera del combate. Foto: Antonio Riccobene

Vi a nenes de cinco años correr y saltar del ring, los vi caer de panza al piso, los vi tirarse con su cuerpecito encima de otro compañero, los vi correr y rebotar contra las cuerdas, los vi tomar impulso y lanzarse nuevamente al vacío, los vi moverse como moscas para evitar golpes, los vi deslizarse sobre la lona como serpientes, los vi recibir aplausos, los vi saludar al público, los vi sonreír como adultos y los vi festejar como campeones.

En ese rato antes de que llegáramos vimos cómo se preparaban los chicos de 20 años que también entrenan ahí pero esta vez iban a pelear. Me acerqué al ring para filmar cómo ensayaban la lucha y uno se acercó, de buena forma a preguntarme si eso lo iba a subir a las redes sociales. Le dije que no, que era para tenerlo. "Ah, perfecto, porque yo lucho con máscara y no quiero que se conozca mi rostro".

Hay distintas versiones sobre el uso de las máscaras en la lucha libre. Una de ellas se remonta a los años previos a las colonia en Mesoamérica, donde las máscaras eran parte de los rituales y las ceremonias, principalmente de la cultura maya y azteca. Parte de esto también incluía la lucha como una celebración. Con la cara tapada se busca dejar de lado al individuo y enaltecer la fuerza, identidad espiritual y conexión con el mundo sobrenatural. De allí, podría decirse, que viene la vocación heroica de los luchadores.

En México la lucha libre es un consumo cultural de los sectores populares. La entrada más barata cuesta 60 pesos, unos tres dólares. De viernes a martes suele haber peleas en cada una de las colonias de la Ciudad de México, y en los distintos estados del país. La principal empresa, la WWE, en 2024 tuvo una facturación anual de 500 millones de dólares. Y uno de los luchadores más famosos y reconocidos puede ganar hasta 1.500 dólares por semana.

Me quedé un rato mirando la preparación de los chicos que iban a pelear. Ensayaron las tijeras que iban a hacer en un rato, coordinaron los saltos, las mortales, las piñas y los topetazos. Todo eso mientras yo estaba arriba del cuadrilátero, pero del otro lado de las cuerdas. Mi pose parecía de boxeador, con cada brazo agarraba una y me dejaba reclinar, como alguien que pasó horas de su vida en un ring de boxeo. Algo que es absolutamente falso. Pero se ve que alguien entendió que podía ser verdad.

"Oye, tu peleas", me preguntó un chico de 20 años que mide 1,92 metros y pesa 96 kilos. "No, no", contesté y antes de aclarar que era periodista, una forma naif de justificar mi presencia, me increpó: "¿Y qué hacés aquí?". "Ah", contestó luego de mi aclaración, que iba a ser la última respuesta que pudiera darle a un luchador arriba de un ring.

"Oye, y tu que eres periodista, ¿qué contestas cuando te preguntan si la lucha libre es real?", me preguntó. No supe qué contestar, quería decirle algo no lo hiciera sentir un actor, para no ofenderlo, pero tampoco quería decir una burrada. Ahí me di cuenta que esa era una de las preguntas que vienen con una respuesta ya escrita. Así que elegí el camino de la verdad: "No sé nada de esto. Es la primera vez que vengo, ¿vos (decir tu, como se dice acá me resulta muy raro) qué decís?". Gol.

Me habló "lucha-espectáculo". "Si bien los golpes son ciertos, las caídas verdaderas y la sangre no es inventada, se pone todo a disposición del show. Acá nadie va a lastimar a nadie a propósito, pero si no estás bien preparado ni coordinado, puede pasarte como a mi que hace dos semanas me hicieron siete puntos en la frente. Claro, a mi mami no le gusta nada, no me vine a ver ni me habla los días que peleo. Mi padre todo lo contrario, él me metió en esta y me alienta a seguir". Al rato me di cuenta que su nombre para el show es Blue Star, y lo vi pelear contra Titanium.

Quique Gurevich (@quique_gurevich)

Todo esto pasaba y Hip iba y venía, me preguntaba si necesitaba, a quién quería entrevistar. Muy hospitalario. En el medio avanzaba con la organización televisiva del evento. En un momento le pedí la clave del wifi porque justo me quedé sin datos. Me dijo que no la sabía, pero me pasó internet desde su celular. La clave no la recuerdo, la contraseña, Argentina.

Mientras esperaba por las peleas comí unos pochoclos, que acá les dicen palomitas. Y vi los distintos condimentos que le ponen a la cerveza. Está la michelada, la más tradicional, que consiste en mojar el borde del vaso con limón y después pasarlo por sal gruesa para que quede pegada, y le ponen limón antes de servir la bebida. Otra, mucho más polémica, es lo que llaman "clamato", una especie de salsa de tomate por donde pasan el borde del vaso, para que después quede pegado el ají molido y luego, antes de servir la cerveza lo pongan en el vaso.

El Arena Naucalpan a la espera del show. Foto: Antonio Riccobene

Después de ver un par de peleas, cargué datos en el supermercadito Oxxo de la esquina, y le avisé a Hip que me iba. La verdad, ya empezaba a aburrirme. No soy el público al que busca entretener el show, ni es el show al que busco para entretenerme. Me entendió y me acompañó a tomar un "camión", como le dicen a los viejos colectivos de línea que son tan parecidos a una combi como al porteño 55, aunque estos pasan más seguidos.

Después de casi una hora de viajes entre camión, metro y metrobus llegué a lo de Flavia y Mauricio. Los encontré en el living con dos amigos que parecían ser un matrimonio. Ellos me presentaron muy amablemente como un periodista viajero que estaba parando en su casa por unos días. Les conté que venía de Naucalpan. Se rieron y la mujer amiga que estaba ahí calificó esa zona como "la Bombay de México". Me hubiese gustado preguntarle a qué se refería o qué entendía por aquella ciudad india.  Pero después dijo "es no es nuestra México" y entendí un poco más a qué se refería.

Mi relación con el picante, queridos amigos, debo decir que cayó a los niveles más bajos. La traición es lo peor. La tolerancia venía bien. Era mutua, él aceptaba mis límites, yo respetaba su naturaleza. Pero todo banquineó cuando quise cocinar con chile. Estaba haciendo un omelette. Corte la cebolla, revolví el huevo, preparé el queso y piqué un poquito de chile, menos de la mitad. El asunto no estalló en la comida, si no antes. Cuando quise agarrar una tostada (como aquí llaman a los doritos redondos y más grandes) y la terminé de comer me di cuenta que la agarré con la misma mano con la que sostuve el chile para picarlo. Así aprendí que el picante queda impregnado en la piel y se siente, claro que se siente.