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Malas notas en la UNCuyo: las razones de un fracaso colectivo y el injusto estigma a la escuela

Las bajas notas que sacaron los alumnos que aspiran a los secundarios de la UNCuyo generó una falsa preocupación. ¿Puede haber mejor educación en una peor sociedad? Los datos.
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“Los chicos ya no aprenden como antes”. “No leen, no estudian, no les interesa”. “La calidad educativa ha caído, en nuestra época había más rigor. “La escuela no sirve”. Frases hechas, sentencias y estigma. La educación en Mendoza quedó en foco nuevamente por un hecho puntual que tuvo un efecto diagnóstico: las bajas notas que obtuvieron los alumnos que rindieron los exámenes de ingreso a las escuelas secundarias de la Universidad Nacional de Cuyo. Allí entraban todos con promedio 10, pero al ser evaluados pocos pasaron del 6. Niños y niñas de 12 años que quedaron en primer plano, tras pasar también una situación de estrés inusitada.

Como ocurre con las llamadas “distorsiones cognitivas” (o distorsiones discursivas para plantearlos en términos sociales) el mal resultado fue atribuido a los propios alumnos y a razones generales que simplifican y probablemente tengan yerros.

Un simple cambio de enfoque podría servir para tomar distancia de esa soberbia pues hay un extraño reclamo: la comunidad parece exigirle a la educación y a los niños lo que no está dispuesta a dar y en un contexto de deterioro social, económico y de prioridades que lleva décadas. Los alumnos tuvieron peor desempeño y la calidad educativa está en crisis. ¿Pero esos niños crecen en ámbitos que sean mejores que antes? ¿Tienen mejores docentes? ¿Hay en Mendoza condiciones que permitan ayudar a esa calidad educativa que se pregona? ¿Las familias hacen más que antes para impulsar la educación? ¿La comunidad está dispuesta a un acto de despojo para resignar comodidades y apoyar inversión en educación?

La escuela, el lugar que aún a pesar de las crisis es el más virtuoso, seguro y ponderado del Estado queda bajo un injusto manto de dudas.

Como si fuera una “mamushka”, la comunidad argentina está formada por generaciones envueltas en problemas que dejan marcas. En los 90 comenzó el abandono nacional sobre la responsabilidad en la educación, generando una enorme desigualdad entre los distritos y un desfinanciamiento profundo. La crisis del 2001 generó un quiebre social profundo que fue abordado desde la emergencia, pero sin búsqueda de desarrollo. Nació la generación de los planes sociales y la “red de contención”, la Argentina del “tercio de marginados” del sistema formal que hoy son padres. Ese impacto dejó huellas. En paralelo en la educación hubo un fuerte impulso a la universalización, primero en el secundario y en el nivel inicial. Matrícula amplia, aunque con problemas de enfoque: qué y para qué; con qué objetivo y con qué recursos. Dudas resueltas parcialmente. La pandemia generó un shock que trasciende el impacto inmediato de la pausa iniciada en marzo del 2020 y aún persiste.

El resultado de los exámenes de la UNCuyo reflejan en gran medida el “promedio” de las evaluaciones censales y muestreos de calidad que se han hecho en Mendoza y el país durante los últimos años, que marcan también un enorme deterioro. Las notas funcionaron como detonantes de algo que ya se vive en el secundario, que se nota en los primeros años de las carreras de grado de la propia universidad (con menos matrícula, dificultades de aprendizaje y desgranamiento), y que también refleja quiebres entre lo que se brinda, lo que se espera y las exigencias diversas en la primaria, la secundaria, la universidad y, mucho más lejos aún, el mundo del trabajo. 

El último condicionante ineludible que tuvieron los niños y adolescentes es la pandemia; el parate educativo que generó el aislamiento y que actuó como catalizador. Los problemas que se arrastraban desde décadas, se aceleraron: desigualdad, aislamiento, depresión, graves problemas de acceso a las herramientas y de aprendizaje. Las pruebas Aprender lo marcan de manera dramática: todos los resultados empeoraron drásticamente luego de la pandemia. Curiosamente es la generación de los promedios 10, pero con problemas profundos de comprensión.  En el medio, hubo más interés por agregar eufemismos que abordar realidades. El principal fue la creencia de que no hace falta evaluar para tener un estado de situación y, además, el decorado de las notas.  

En el Gobierno provincial aseguran que la realidad educativa es dramática y hallan en la pandemia uno de los catalizadores del estado de situación. Por eso los planes ejecutados en los últimos años apuntan a las bases: alfabetización, mejora en el nivel inicial, evaluación y apoyo en lectura y desde este año en matemática. Si Alfredo Cornejo considera que la cosecha de lo que siembra en el área productiva no lo podrá ver en su mandato, en educación es más complejo aún. Las cohortes de niños que se estuvieron en la pandemia tienen esa historia a cuestas. Tadeo García Zalazar no escapa a los datos. En los últimos días analizó el Informe sobre el desempeño de las provincias en las “evaluaciones nacionales de desempeño estudiantil, 2016-2023”, del que Mendoza fue parte. Los resultados son durísimos.  “El porcentaje de estudiantes en los niveles más bajos aumentó en casi todas las materias y grados/años desde el 2016. En todas las materias y grados/años, los aumentos más grandes en estos porcentajes se dieron durante el comienzo de la pandemia. De hecho, los porcentajes de estudiantes en estos niveles todavía no han regresado a niveles pre-pandemia y en varios casos superan los niveles del 2016”.

En Mendoza, por ejemplo, el porcentaje de alumnos en los niveles más bajos de rendimiento en lengua en sexto grado creció sensiblemente y se aceleró luego de la pandemia. En 2016era el 29% hoy es el 34%. En el secundario pasó del 40% al 43.5%. En matemática el problema es más agudo. En 2016 el 38% de los alumnos de sexto grado tenían mala nota. En 2023 fue el 50%. En el último año del secundario el resultado es durísimo: 83% tuvo bajo desempeño (casi 15 puntos respecto a 2016). Las analistas de ese estudio alertan.  “La brecha entre el porcentaje de estudiantes más pobres y más ricos que no logran aprendizajes mínimos es preocupante. La brecha de nivel socioeconómico de los estudiantes es la más extrema (entre 29 y 36 puntos) y aumentó en lengua y se redujo en matemática. Es aquí donde deben concentrarse los esfuerzos para asegurar que todos los estudiantes logren niveles mínimos de aprendizaje”, indica el informe.  “El porcentaje de estudiantes que no logra aprendizajes mínimos es preocupante”, advierten.

Para no redundar en la injusta acusación hacia la escuela y su entorno, vale recurrir a otra comparación que, como todas, tiene un alto margen de discrecionalidad. ¿Alguien se imagina ejercer un oficio, una profesión y hasta una tarea de entretenimiento sin Internet, o alejados de las nuevas tecnologías? ¿El Estado podría ejercer su rol burocrático como lo hacía en la década de los 80 y responder con la eficiencia que se exige hoy? Sería una locura pensarlo. Pues a la escuela mendocina se le exigen resultados del siglo XXI, con recursos de principio de los 80. Hipocresía es la palabra y atraviesa no a un gobierno, sino a toda la estructura social.