A 41 años del triunfo de Alfonsín: lo emocional, la historia y la política
Ilumina lo emocional una vieja franja que huele “vintange”. Todo tiene un color particular. Reviso un texto añejo, y lo leo ante una ilustre platea barrial. Para algunos, el tiempo lo ha convertido en perimido. Las críticas serán las de rigor, pero tras esa lectura, nadie impide que el ritual deba continuar.
Ahora aparece el imitador. Es lo más emotivo de la ceremonia habitual. Empanadas, brindis, anécdota, catarsis, lectura y el reconocimiento a un venerado que interpreta el conmovido simulador.
Se subirá a una silla improvisando un estrado. Impostará la voz buscando ser contundente en la simulación que esconderá un homenaje. Con un guiño ampuloso, exagerado, extiende un brazo acompañando la remembranza. El movimiento en semicírculo se dibuja por el aire con la mano abierta como estimulando el aliento partidario y termina señalando al auditorio que delira. Hoy, convertido en un puñado de amigos que solo ven en el sano pretexto reivindicativo la posibilidad de volver a sentirse cautivados, apasionados.
Todo es gestual, simbólico, como que el tiempo se hubiera detenido ingenuamente. De repente, mágicamente en el aire flotará aquella foto inmortal. Mirada altiva y saco gris oscuro. Camisa clara con la corbata en tonos morados y el nudo flojo. Una cámara que muestra un rosto convencido mientras una gota de sudor surca su cara, en tanto, el dedo índice parece tocar el cielo. Es él. Está ahí. Ya no importa el imitador, ni el homenaje, ni el reiteradísimo chiste trillado del que pide un médico, ni los cuatro o cinco nostálgicos que nos seguimos emocionando en torno a esa mesa plaga de la misma historia y del mismo ritual.
Es él. “He convocado en toda la República, a todos los compatriotas sin distinción de partidos y les he dicho que los radicales ya estamos en marcha. Y al frente de nuestra columna van nuestros grandes muertos: Yrigoyen, Alem, Pueyrredón, Sabattini y Lebensohn; Larralde, Balbín, Illia. Los que estén a nuestra derecha pueden inspirarse si lo desean en Sáenz Peña o en Pellegrini; los demócratas progresistas en Lisandro de la Torre o Luciano Molina; los socialistas en Juan B. Justo o Alfredo Palacios; los peronistas en Perón o en Evita, pero todos juntos los argentinos”.
Esa estrofa era una parte central del discurso de campaña de Alfonsín en 1983. Es ahí cuando el juego afectivo y colectivo del encuentro nos trae nuevamente al momento del ritual. Todos adherimos a la ponderación de un momento histórico: 30 de octubre de 1983, cuando volvió la democracia para siempre a la Argentina.
“¡Pero todos juntos!” terminaba el párrafo del orador. Y al grito de “Alfonsín; Alfonsín”, tras las risas, los aplausos, los gritos y los malos imitadores, llegaba la pausa realista. Y nos miramos como estúpidos porque a pesar de los años, afortunadamente, aquel tiempo del advenimiento democrático nos sigue emocionando sin ninguna distinción mezquina de banderías. Alguien de los grandulones siempre llora. Otro, grita ¡Alfonsín! Hay algunos que ya no están. Pero viven en la memoria morada de nuestra historia roja y blanca, aunque la muerte los haya llamado.
Tan lejos y tan cerca de aquel 1983
Hubo un hombre. El de la historia. El del afiche con las manos tomadas a un costado de sus hombros que inyectaba una alta cuota de confianza. Trayectoria y conducta lo respaldaban. Él percibió antes que nadie que había un nuevo electorado que presentaba características novedosas. Imposible abordarlo con las herramientas tradicionales y se animó a cambiar. Ironía del destino, semejanza o casualidad, ante la historia que vuelve por sus fueros, hay un radicalismo que hoy pareciera no ver.
El 18 de agosto de 1983 comenzó oficialmente la campaña y un mes después la Junta Militar decretó la Ley de Pacificación Nacional. Dicha ley representaba una amnistía para todos los crímenes cometidos entre el 25 de mayo de 1973 (día que asumió la Presidencia Héctor Cámpora) hasta el 17 de junio de 1983. Desde ese momento dos posiciones signaron el derrotero de la campaña. El candidato justicialista, Ítalo Luder, declaró que respetaría esa ley. Por el contario, Alfonsín anunció que la vetaría y juzgaría a los responsables.
Como recuerdo histórico agregaremos que Luder fue el firmante del decreto de aniquilamiento a la subversión cuando fue presidente interino (1975) tras el pedido de licencia de María Estela Martínez de Perón. Mientras que Alfonsín fue Miembro de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos firmando cientos de pedidos de habeas corpus ante la Junta Militar requiriendo información sobre detenidos desaparecidos y poniendo a disposición su estudio jurídico en forma gratuita para los familiares de las víctimas.

A la postre, ese 30 de octubre, la Lista 3 de la UCR logró consagrarse con 7.724.559 votos (51.7%) contra 5.995.402 votos (40.16%) del PJ.
Tras el triunfo empezó otra historia: el gobierno. Alfonsín cumplió con una parte de su postulado: “Tenemos la responsabilidad de asegurar para los tiempos la democracia y el respeto por la dignidad del hombre en Argentina".
Es cierto que no concluyó su mandato y le “achacarán” indefectiblemente la obediencia debida y la hiperinflación. Pero será también el presidente que soportó 13 paros generales y levantamientos “carapintadas”. Más aún, costara recordar que se peleó con “Clarín” y la Sociedad Rural. Y durante su gobierno se juzgó sin precedente en el mundo a las Juntas Militares.
Con aciertos y errores, pero en los actuales momentos que transcurren su figura se agranda. Murió con los mismos bienes con los que llegó al poder, vivió en una misma casa siempre y no soportó ningún juicio en su contra tras su paso por la presidencia.
“Y si alguien distraído al costado de camino cuando nos ve marchar, nos pregunta: ¿cómo juntos?; ¿por qué luchan? Tenemos que contestarle con las palabras del Preámbulo. Que marchamos. Que luchamos: para constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer la defensa común, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que deseen habitar el suelo argentino”. Así cerraba su alocución Alfonsín. Historia y futuro; legado ineludible de quienes creemos férreamente que debemos y podemos construir una Argentina que sea mejor.
Cuarenta y un años después
Hemos asegurado la política. La democracia llegó para quedarse. Eso nadie medianamente razonable lo discutiría. Cientos de derechos fueron incluidos afortunadamente a nuestro acervo cultural. Se han reforzado garantías que ponderan la libre determinación religiosa, sexual, política, gremial. Hemos construido nuevos valores tolerantes y deconstruido prácticas conservadoras, xenofóbicas, machistas, sectarias.
Pero hay todavía enormes deudas pendientes en materia económica y social. Corrupción obscena. Índices de pobreza inéditos. Desocupación e indigencia. Clientelismo prevendista. Impunidad, complicidades, justicia de amigos, discursos tendenciosamente manipuladores, altísima deserción escolar. Una enorme brecha social nos invade y una grieta contagiosa nos inunda.

Al igual que en aquel 1983, éste 2024 nos posiciona ante nuevos desafíos. Sigue siendo una premisa insustituible la necesidad de expandir la ciudadanía y el fortalecimiento de la institucionalidad en todos los terrenos, componiendo acciones que incorporen los temas indelegables de un gobierno (salud, seguridad, educación, el cuidado de las infancias, de los mayores y del ambiente, justicia) como políticas tendientes al bien común, procurando una sustentabilidad para el crecimiento económico con equidad social en una democracia plena de derechos, deberes y servicios.
Y que de una vez por todas nuestro sector dirigente no confunda Ocurrencias con Ideas, ni Ideas con Proyectos, ni éstos Proyectos con un Programa, y éstos Programas con Política Públicas. Pero mucho más aún, que esas sanas buenas intenciones compartidas no se confundan con concretas Políticas de Estados. Ahí está la ausencia. Nadie discute la democracia conseguida en tiempos de Alfonsín, pero la deuda cruel y pendiente de nuestro sector dirigente sigue siendo la poca capacidad para producir verdaderas Políticas de Estado. Esa es una de las causas de nuestras miserias sociales y del atroz descrédito del sistema político - partidario.
“Somos lo que hacemos”, viejo juicio presocrático. Milenario, pero vigente. Acciones y respuestas como atributo y deber de cualquier gestor público. Sin mezquindades. Responsabilidad ineludible de quienes creemos férreamente en la política y nos seguimos emocionando cada 30 de octubre.



