Los "ganadores obligados" del plan de Cornejo y una verdad que lo incomoda
La literalidad de las cosas que pasan en Mendoza hace ahorrar metáforas, expone la realidad a cielo abierto. Cada pocas cuadras en el microcentro o cualquier departamento del Gran Mendoza aparecen ríos de aguas servidas, cloacas desbordadas, calles reventadas. Lo que podía ser prioridad hace un tiempo, se transformó en urgencia. En otro plano, la misma realidad social marca la agenda: problemas de empleo, producción y, como consecuencia dramática, un enorme deterioro en la calidad de vida y las posibilidades de los mendocinos, principalmente de los niños.
El Gobierno presentó su proyecto de presupuesto 2025 y los números parecen contrastar con lo que pasa puertas afuera, pues las arcas del Estado mendocino están equilibradas, se festeja el superávit y hay excedentes. Esa comparación antojadiza sí grafica las enormes dificultades que hay para cumplir la máxima principal de la política: mejorar la vida de personas desde la vocación por lo público, desde la gestión. La complejidad es enorme por los condicionantes ajenos y propios que tiene el Gobierno de Mendoza. El Presupuesto presentado es austero en cuanto a ideas (el articulado es cada vez más escueto) pero la clave está en el plan de inversión que presentó Alfredo Cornejo, donde comenzará a utilizarse, por fin, el dinero que Mendoza comenzó a recibir hace 5 años: los famosos 1023 millones de dólares que la Provincia recibió como resarcimiento por los perjuicios de la promoción industrial. En el primer esquema del plan de inversiones hay una señal de lo que busca Cornejo y, sobre todo, de las urgencias de Mendoza.
Alfredo Cornejo y gran parte de la dirigencia política mendocina tienen en sus manos dos temas relevantes para el futuro. Uno político que los incomoda: la transición hacia un nuevo modelo que los saca de eje y que en la provincia no ha sido bien interpretado. Y, en la gestión, sentar las bases para salir del pozo de una provincia hundida.

Ganadores
El Presupuesto y el plan de obras es una declaración de prioridades. Por eso no es casual que Aguas Mendocinas (AYSAM) e Irrigación sean los dos grandes ganadores del plan de inversiones y que aparezca un ente regulador como el Epre como otro agente importante. Mendoza arrastra una carencia enorme de infraestructura básica que repercute en todos los planos. Por eso hace falta energía para producir, agua para vivir y saneamiento para no enfermarse. Casi como un plan sanmartiniano, pero en pleno siglo XXI y con décadas de abandono detrás. De hecho el propio gobierno arrastra un disimulado reconocimiento de los errores propios en cada decisión. Esa impronta está, por ejemplo, en la decisión de levantar la obra que Cornejo hizo como intendente para hacer como gobernador el tren que repudiaba. Hoy también se pelea contra la ley 7722 que defendía en la gestión de Pérez y hasta financian con recursos estatales proyectos mineros a los que le bajaron el pulgar cuando eran oposición.
Mendoza financiará gran parte de las obras de cloacas y agua que la Nación podría haber ejecutado. Aguas Mendocinas vuelve a tomar un rol clave. Allí Cornejo eligió poner a alguien de su confianza antes que a un experto, para garantizar fidelidad. Pero se arrastran diagnósticos y planes desde hace años. Esa empresa está nuevamente a cargo del Estado desde 2010 y hasta se despilfarraron créditos internacionales para ejecutar obas. Hoy los usuarios pagan una tarifa casi plena y cargos por obras. Pero se decidió destinar parte de los 1023 millones de dólares de ahorro para enfrentar la grave crisis hídrica y sanitaria que atraviesa la provincia. Ese plan de inversión trae aparejado un plus: el Gobierno impulsa la medición del consumo y el pago con valores actualizados de los dos servicios. Salvo el Transporte, Mendoza tiene servicios caros. El agua aumentará más en los próximos años, aunque por volumen de consumo.
Irrigación es el otro eje del plan de inversiones, donde está el otro “gobernador” reelecto: Sergio Marinelli. El Plan Hídrico que se elabora con la empresa Mekorot es un plan de obras priorizadas. Por goteo se conocen algunas líneas. Pero el DGI es el gran ganador del nuevo sistema: tendrá el control total de todo lo referente al agua, incluido el abastecimiento poblacional. El EPRE entrará en juego como “ejecutor de obras” para mejorar las redes de distribución, que debería ser responsabilidad de las empresas concesionarias. Mendoza no tenía energía disponible para instalar nuevas industrias, tampoco puntos de entrada al sistema para agregar energía y la falta de inversión en transporte y distribución hacían pender de un hilo todo, aún cuando se pagan las tarifas más caras del país. Las obras más caras del plan son, justamente, las relacionadas con líneas y estaciones transformadoras para mejorar la distribución eléctrica. Se presupone que esas obras, más que necesarias, serán pagadas con tarifa. En paralelo las empresas distribuidoras gozan de un veranito económico y financiero sin precedentes.
La falta de un plan tuvo una notoriedad vergonzante. Cuando se cayó la obra Portezuelo del Viento, Mendoza se encontró con la paradoja de tener dinero, pero sin ideas para usarlo. Y, peor aún, carencias de todo tipo en la Provincia. Para comenzar a ejecutar el plan, se hizo un barrido del estado de situación de cada proyecto. Allí había más expresiones de deseo que planes ejecutivos.
Es la política
Los argumentos para vestir las decisiones pueden sobrar, pero sea por intencionalidad o por casualidad, la ejecución de la primera etapa del plan de inversiones se hará en un año electoral: más de 270 millones de dólares puestos en la calle, tras un quinquenio de espera. Para Cornejo no será un año cualquiera, pues (haya o no elecciones provinciales) se pone a prueba el potencial electoral real en medio de su segundo mandato y con una inevitable declinación.

La política mendocina está, como en todo el país, en un punto de quiebre. El problema es que la transición se ejecuta en el principal partido político con la mediación de los futuros desplazados. Si Milei encarna un reclamo por un cambio de modelo (sea cual fuere), Cornejo es quien contuvo interna y externamente en la provincia cualquier impulso renovador. Así como frustró cualquier “revolución”, ahora acompaña de la mano a quienes pueden sucederlo.
El silbido que se escuchó en el estadio Arena Aconcagua como gesto de rechazo cuando Cornejo entró es una señal de que hay un cambio de época quizá no interpretado puertas adentro del poder. Un reclamo que excede incluso simpatías pasadas. El gobernador no estaba solo: de su mano iban quienes lo siguen en la línea sucesoria de la dinastía radical que él generó y que garantizan continuidad; con menos canas, pero con la misma impronta. Esa falta de interpretación del cambio de época no es exclusiva del oficialismo. En la vereda de enfrente es incluso peor: el PJ se renovará con referentes que tuvieron un manejo casi monárquico del poder en sus distritos y con operadores que construyen y destruyen en las sombras desde hace 25 años. Por eso, por ejemplo. el oficialismo tiene el monopolio de la agenda pública y la iniciativa política. No se discute en Mendoza nada que no sea planteado por el Gobierno. Más allá de la forma de ejercer el poder y la enorme influencia de Cornejo, no se lo puede culpar por las carencia ajenas.

