Ni el FMI, ni Davos, el problema de Milei es la resistencia a su lapicera
Klaus Schuab, fundador del foro de Davos, tiene en claro que la visita de Javier Milei será casi un descanso festivo en medio de las turbulencias que se debatirán este año en ese encuentro en Suiza. De ahí que haya aceptado con rapidez un esquema casi íntimo de presentación del presidente argentino frente a un selecto grupo de empresarios y banqueros. No habrá ruidosas ponencias de Milei en Davos, ni mucho menos multitudinarias ruedas de prensa. El presidente libertario no va a eso al foro suizo sino a debutar con su propuesta en medio de un grupo que sabe de antemano qué propone en su complicado inicio de Gobierno y de lo que, obviamente, no discrepan ni una sola letra. El contexto, además, será de austeridad extrema con una comitiva acotada y viaje en avión de línea, un intento por mostrar que (otra vez) un Gobierno pretende desprenderse de avión presidencial, en este caso el casi recién comprado por Alberto Fernández.
El problema no es ni ideológico ni de propuestas para los hombres de negocios, banqueros y megamillonarios, sino otro simple y a la vez extremadamente complicado: medir, una vez más, las chances de gobernabilidad en Argentina, una incógnita que el mundo político global y local mira con mas atención siempre que se trate de un Gobierno no peronista. Una lamentable e inexplicable realidad que debe asumirse como cierta y que, al mismo tiempo, siempre ayudó a todas las variantes del PJ que llegaron a la Casa Rosada a manejarse con una impunidad política extrema.
No es la primera vez, entonces, que un argentino debe rendir estos exámenes de credibilidad internacional. Mauricio Macri, por ejemplo, también debutó en Wall Street con uno de esos desafíos. Fue el 20 de septiembre de 2016, cuando visitó por primera vez la Asamblea General de Naciones Unidas. El mundo económico organizó un seminario dentro del New York Stock Exchange para escucharlo de cerca. El título era prometedor: “Inversiones en la nueva Argentina, abriéndose al capital global”. Todos los ministros que acompañaban a Macri hablaron en ese seminario (en perfecto inglés casi sin excepción) y al final le tocó el turno al presidente. Hubo un reportaje abierto conducido por Gillian Tett, editora jefa del Financial Times que había organizado el evento, que se inició con una pregunta que dejó helados a todos los argentinos presentes: “Presidente, Argentina ha salido una vez más del aislamiento y ha vuelto a los mercados, ¿por qué debemos pensar que esta no es más que otra vez?”.
La brillante pregunta de Tett, que venía directamente de la mano de la nefasta historia financiera argentina, tuvo una respuesta formal de Macri en ese momento y dos años después otra concreta que dio la realidad del país cuando al Gobierno de Cambiemos se le terminó el crédito en todos los sentidos.
El dilema se le presenta otra vez a Milei y con un agregado que puede ayudarlo a no repetir la historia de fracasos del país: el registro del desastre que vive la Argentina desde hace 20 años está tan grabado en al menos el 50 % de sus ciudadanos que el libertario logró que le dieran el crédito para llevar adelante el ajuste más duro que se recuerde en nuestro pasado reciente; el problema es hasta cuándo y en qué medida. Macri aquí también puede aportarle una ayuda: su “gradualismo” terminó siendo un fiasco en materia de reformas por lo que la moderación no es ya un valor apreciable para muchos argentinos.
Milei llegó al Gobierno con 38 bancas en Diputados. Ese es un dato que cualquier analista en el mundo tomaría como referencia inicial para medir hasta dónde puede llegar su poder negociador. En el caso de Javier Milei y el Gobierno libertario esa ecuación resulta algo más compleja de analizar ya que en la planilla de posibles apoyos tiene algunos pocos socios ocasionales, pero varios que podrían llegar a abrazarse a parte de su Ley Ómnibus y a su DNU más por espanto que por amor, que es la forma en que normalmente se gobierna en el mundo civilizado.
En esa lista tiene a la CGT que necesita fondos, como siempre, para sus obras sociales, gobernadores sin chances de agrandar la caja más que por la lapicera nacional o los propios radicales, macristas y hasta provinciales, que miden sus internas en base a la cercanía o lejanía del poder; y esto no importa quien sea el habitante de la Casa Rosada, ya que la transversalidad de Néstor Kirchner con cinco gobernadores radicales probó que todo salto es posible en este país.
El límite de Milei, entonces, no parece el Congreso, por más debate exitoso fracasado que tengan por estos días esos interminables proyectos y decretos en los que basa su relanzamiento de la economía argentina y la reforma que propuso en toda su campaña. Sus desafíos están en el exterior, que debe financiarle el puente que supone toda reforma económica, financiera y tributaria como la que pretende llevar adelante y adentro del país.
El FMI cerró un acuerdo con Luis “Toto” Caputo que más que un desafío parece un resultado inevitable. El organismo no cuestiona una sola letra de la propuesta del Gobierno libertario que, inclusive, con sus reformas quiere ir más allá de lo que el directorio del Fondo puede exigirle. El FMI hoy mira política, no números, y en esto no se diferencia demasiado de la postura que tuvo durante la gestión de Sergio Massa al que le toleró sus monstruosos desvíos antes que pagar el costo de pasar a la historia precipitando otra crisis en Argentina.
Adentro del país la presión está en otro lado, para ser mas precisos en las góndolas. “El supermercado es una monstruosidad”, es la frase que repiten muchos argentinos que al regreso de sus vacaciones sufren un brutal golpe de realidad. Es lo mismo que vivieron el resto de los conciudadanos pero en dosis semanales que igualmente provocaron escalofríos. Las tarifas de servicios públicos siguen el mismo camino y viene mucho más a sumar a las facturas que llegarán en febrero y marzo. Hasta ahora las mediciones de consultoras no dan una caída sensible en el apoyo a Milei: el ajuste aún parece tener banca, pero el presidente está más forzado que nunca a mostrar que el esfuerzo servirá para algo y ahí esta el punto de tensión.
Milei, a su vez, debe tomar algunas decisiones complejas y en un terreno que es absolutamente sensible para todos los argentinos: las jubilaciones. La Oficina de Presupuesto del Congreso Nacional está llevando adelante un análisis punto por punto de la Ley Ómnibus y evaluando, como le corresponde hacer, el impacto fiscal de cada medida.
Ayer se conoció el análisis del artículo 106 del proyecto de ley que “suspende la movilidad de ajustes trimestrales para haberes y asignaciones familiares, sujeto a la evolución de los salarios y recursos de Anses, y atribuye al Poder Ejecutivo la potestad de fijar esas actualizaciones sin definir un parámetro para hacerlo. Esto impide hacer un cálculo preciso del impacto fiscal, pero habilita a describir posibles escenarios según el criterio que utilice ese poder en el futuro”.
La sentencia es complicada, abre varios frentes y a su vez explica con crudeza la crisis del financiamiento y el déficit del sistema previsional. Si durante un año no se aumentaran los haberes, la pérdida del poder adquisitivo de los jubilados sería de 69,9%, pero el ahorro se ubicaría en un punto y medio del PBI. “Si sólo hubiese ajuste para los más bajos ingresos, la pérdida para quienes perciben tres o más haberes mínimos sería del 69,9%. Anses tendría un superávit de 1,2% del PBI y las prestaciones previsionales representarían 5% del PBI”, dice el informe. Y se expone un número final que deja en claro más que ninguno el problema: “Si todos los haberes se incrementaran según la inflación, no habría pérdida del poder adquisitivo y el déficit de Anses subiría a 0,8% del PBI”. Es otro costo político brutal que estará bajo la lapicera del presidente y que impactará directamente en el debate del Congreso.

