En primera persona: los empleados de comercio también reclaman el nuevo IFE
El empleado de la carnicería de José León Suárez, partido de General San Martín, en el Gran Buenos Aires, estaba dialogando con sus clientes cuando, de pronto, desde las pantallas de TV se anunció un nuevo ingreso para desocupados de $94.000, bautizado como IFE 4. Justo había una clienta que trabajaba en ANSES e inmediatamente reclamó: “¿Me puedo anotar?”
“¿Cómo, si estás laburando?”, fue la rápida pregunta de este periodista, a lo cual, la respuesta fue lapidaria: “Sí, pero en negro”.
La teoría de trabajadores pobres es una realidad que lastima e interroga sobre cómo ese mismo empleado, que se levanta todos los días temprano, realiza una tarea digna, cuando llega a fin de mes no le alcanza para vivir dignamente.
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La economía argentina está provocando no solo el deterioro abrupto del salario sino, también, la concepción que todo lo que da el Estado es un derecho que deben recibir. Quizás el beneficiario no lo perciba, pero ese ingreso extraordinario termina produciendo, lamentablemente, la inflación que daña sus propios salarios o ingresos.
Miles de trabajadores informales no pueden subir sus valores por servicios varios como cortar el pasto, pintar o, simplemente, limpiar el hogar. Saben que si aumentan, pierden. Prefieren seguir trabajando con niveles iguales o poquísimo más elevados que los de meses anteriores, sin contemplar la inflación sufrida.
En la carnicería, al final del sistema de cajas, hay un cartel que anuncia que en cada compra con débito de un determinado banco hay una devolución del 10% a las 48 horas. Otro buen consejo de otra clienta que le explica los beneficios del sistema. En este caso, surge la otra pregunta: ¿qué pasa si dejan de proponer un sistema económico que daña el ingreso directamente? La discusión no siguió, pero todos los presentes reconocieron el problema de origen.
"No quiero ni que den nada ni que regalen un descuento... Con que no me aumenten las cosas, basta y sobra", se escuchó.
Sin embargo, la reacción también de los clientes fue “por lo menos hacen algo… ¿te imaginás si no hicieran nada?”... Faltaba que alguien dijera que esos supuestos beneficios no iban a seguir porque Patricia Bullrich o Javier Milei eran unos salvajes ajustadores.
En quince minutos en un local del conurbano se pueden hacer los focus groups más apasionantes y certeros. Porque la primera expresión del carnicero amigo fue “¿qué hacés, Milei?," en clara alusión a discusiones pasadas. Pero, inmediatamente, comentó el spot de Patricia Bullrich proponiendo la cárcel para narcos de máximo aislamiento y bautizada Cristina Fernández de Kirchner.
“¿Qué hacemos con los otros?”, fue su pregunta sobre los “otros chorros”, como si unos y otros fueran parte del mismo sistema. Igualmente, inmediatamente, pedía incorporarse dentro del nuevo plan para los que no tienen ningún tipo de ingreso.
A la gente le quema el dinero. Pero acepta lo que le tiren desde arriba. No se discute la quimérica postura de “Papá Estado”. En cierto aspecto, es todo lo que hay. O lo único. Por eso el cliente se desprende de los pesos, busca comprar más de lo que necesita y piensa en el “por las dudas”.
Este clima es el que permite al oficialismo esperanzarse con entrar al balotaje. En las barriadas que más afecta la inflación, Unión por la Patria termina siendo el mal menor. El pirómano que se cree bombero. Pero la sociedad necesita creer y lo hace con el que le está diciendo que podrá hacerlo, sin pensar en lo que lo llevó hasta acá.


