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Una muerte cruel que expone la falta de futuro e incomoda a la política

Morena, como tantos niños y niñas de nuestro país, reflejan la profunda vocación de progreso, a pesar de las contingencias que la rodean y que, se supone, le romperá la infancia en cualquier momento. Adolescentes pobres, sin proyectos y una política que suspende actividades forzosamente.
Foto: Télam
Foto: Télam

Sergio Massa mira al cielo y no puede precisar por qué todas las peores situaciones le llegan en la semana del cierre de la campaña previa a las PASO. Sabe que el asesinato de Morena, en Lanús, es otro balde más de nafta en una ya incendiada paz social que se agrava porque la mayoría de la población no llega a fin de mes, inclusive si trabaja.

Cuando en 2013 se alejó del oficialismo del Frente para la Victoria, que tenía la doctrina Zaffaroni como regla, el actual candidato presidencial de Unión por la Patria, sabía que la seguridad era un tema clave. Conoce la Provincia como pocos y uno de los últimos spots de su campaña sostiene como modelo el plan que ejecutó en Tigre mientras fue intendente. Por eso el impacto que le causó.

Para peor, en este gobierno invertebrado, un Frankestein amorfo y sin conexión entre las diversas extremidades del mismo cuerpo, conviven viejos enemigos internos que aún no se digieren entre sí. Como todo el Frente de Todos, o el rebautizado Unión por la Patria.

Sergio Berni y Massa nunca podrán saldar su vínculo, por sus personalidades y por la profundidad de lo sufrido en la casa del ministro en plena campaña cuando era sólo candidato del Frente Renovador, en 2013. Distintos tiempos, lugar nuevo, cantaría Sui Géneris.

Anibal Fernández, en aquel momento, era el ministro de Seguridad de la Nación y Berni su viceministro. Ahora, el primero está en Nación en el invisible e inmóvil gobierno de Alberto Fernández y el segundo es el encargado de combatir la inseguridad en el territorio bonaerense. Todo un calvario, máxime porque entre los dos tampoco se hablan ni se digieren.

Solo un milagro hace que estas tragedias no sean diarias en el Gran Buenos Aires 

Axel Kicillof  también maldice. Pasa lo mismo que hace dos años, cuando el asesinato de Roberto Sabo, en La Matanza, sacudió su fin de campaña. Hoy, MDZ intentaba concretar una entrevista antes de su visita a Merlo. Solo hubo silencio como respuesta. Se entendía con claridad el motivo, aunque el acto recién se suspendió a las 12. 

El asesinato de Morena, de 11 años, por dos salvajes con muchos antecedentes, rompió la burbuja donde la política vive desde hace muchas décadas, pero que se acentúa en época electoral. También fue un duro golpe para el intendente en uso de licencia de Lanús, Néstor Grindetti, que justo había diseñado un día final de campaña por varios puntos del conurbano.

Al igual que lo sucedido cuando el kiosquero Sabo fue asesinado en Ramos Mejía y toda la población salió a reclamar, la dirigencia política entendió que no había manera de seguir hablando o prometiendo y todas las presentaciones y cierres de campaña fueron suspendidos.

Las tragedias no tienen comparación y los dolores son inabordables. Nunca se puede sentir víctima si no se fue. Y a pesar de la diferencia social y del entorno que tenían Sabo y Morena, los dos tenían en claro que el sacrificio era la única manera de progresar.

El primer gran trauma que tuvo Néstor Kirchner cuando fue presidente fue el asesinato de Axel Blumberg, que llenó la Plaza de los Dos Congresos. El “Ingeniero” Blumberg fue rodeado, contenido e invitado a que la marcha no se hiciera en Plaza de Mayo. Así y todo, una multitud lo acompañó.

Desde 2004 hasta hoy pasaron casi dos décadas, en las que todo fue para peor. Y la de Morena no solo fue otra muerte más innecesaria, cruel, insana y que despierta los peores deseos de venganza. También muestran el deterioro social del Gran Buenos Aires, con familias desintegradas, absolutamente rotas por la pobreza, la falta de cultura, compromiso y responsabilidad.

Morena era una niña de once años criada por su abuela. Su padre, con problemas con el alcohol, casi no se podía ni hacer cargo de sí mismo y la madre la había abandonado hace ya un tiempo. Villa Diamante es uno de los típicos lugares donde la gente sufre todo. Inseguridad, ausencia de servicios básicos, escuelas que abren y cierran según sea del deseo de los dirigentes gremiales, problemas intra familiares, vecinales, narcotráfico, y conexiones entre algunos estamentos policiales con la propia delincuencia.

Marcelo A, el infanto juvenil que con catorce años entró drogado a la Comisaría 5ta. amenazando con matar a todos los policías, también deja en claro que, si alguien habla, muere. Como sucedió en González Catán, en noviembre del año pasado, cuando una banda narco asesinó a René Mendoza Parra por denunciarlos ante las autoridades policiales y judiciales.

Aunque Marcelo A. ingresó a la comisaría incriminándose como autor de la muerte de Morena, a media mañana, súbitamente, cambió de opinión. Los hermanos Madariaga, autores intelectuales del asesinato, producto de la caída de la niña contra el asfalto durante el robo, le habían pagado para que se auto inculpara y, al ser menor, pronto recuperaría la libertad.

Pobreza, marginalidad, figura de imagen paterna y materna, típico cuadro de más del 50% por ciento de la población argentina, situada en un evento trágico. Dios es argentino. Solo sucedió hoy, pero puede pasar todos los días.