Javier Milei, catalizador del (nuevo) mesianismo argentino
Analistas políticos aseguraban hasta hace unos días -horas, tal vez- que el "fenómeno Milei" había pasado por esta vuelta, aunque podría seguir creciendo en vista a las elecciones presidenciales de 2027. El resultado de La Libertad Avanza en las provincias, con un número de votos despreciable, poco tenía que ver con el fanatismo que la figura del economista generaba en cada sitio al que iba.
Pero lo que importa son los votos, no el furor de una figura, señalaban con certeza los analistas. Y muchos asentían. Definitivamente se trataba de un fenómeno popular, aclamado tanto por los devotos de la economía liberal, como por las clases populares, que encontraron en su discurso conservador valores que ansían, valga la redundancia, conservar. También los apáticos hicieron foco en Javier Milei: “Total, nadie tiene una propuesta distinta” y “Todos los otros ya me hicieron perder”, son dos de las frases que sintetizan el sentir/pensar de quienes descreen de la política y, más aún, de los políticos a los que este nuevo líder llama “la casta”.
Mientras muchos creían que el "fenómeno Milei” comenzaba a apagarse y las apuestas se centraban, entonces, en la interna de Juntos por el Cambio y en el resultado que podría obtener el ministro de Economía, Sergio Massa, en las urnas, ganó el extremismo.
-
Te puede interesar
La economía entra en una etapa clave: señales y dudas del segundo trimestre
En la contienda opositora ganó Patricia Bullrich, con un discurso más duro que su contrincante, Horacio Rodríguez Larreta. Del otro lado de la grieta, Juan Grabois logró quedarse con algo más del 21% del voto oficialista. Por encima de esa pelea, se ubicó Javier Milei a quien votaron 3 de cada 10 personas que asistieron a las urnas (69% del padrón).
Ninguna de las explicaciones -infinitas- acerca de lo que ocurrió este domingo en las PASO y que (casi) nadie había previsto parece ser completa. El clima social está tenso. La escuela se derrumba. El sistema de salud está en estado crítico. La inseguridad es moneda corriente. Precios cuidados y góndolas vacías dan cuenta del consumo empobrecido. La economía no da tregua. La pobreza crece. Los planes sociales no alcanzan. Los problemas se multiplican hasta el infinito. Y “la gente” -ese conglomerado de individualidades que de pronto coincide en una acción- dijo “¡Basta!”.
Y al final de una campaña en la que las peleas tuvieron (mucho) más espacio que las propuestas, la sociedad argentina hizo lo que el ser humano hace cuando no encuentra salida: depositó su confianza en un mesías. Javier Milei irrumpió en la política sin ser parte de la casta. Lo suyo era la economía y no la militancia. Se convirtió en el rockstar de la política. Hizo de sus actos recitales. Fue rebelde en algún sentido de la palabra… el que admite este adjetivo para quien se atreve a ir “contra el poder o la autoridad”.
Con declaraciones polémicas y un estilo agresivo -los gritos son una huella de identidad en cada uno de sus discursos- construyó un liderazgo extraño, poco convencional para Argentina. En un país extenso en el que el dominio territorial siempre fue clave -al menos hasta ahora lo creían así los partidos tradicionales- no consiguió votos en las elecciones provinciales. Tampoco tuvo, el domingo de las primarias, suficientes fiscales para cuidar sus votos en todas las escuelas.
Y aun así, se alzó con una victoria que pocos esperaban. Había hablado en campaña de temas polémicos que algunos ni siquiera se atreven a nombrar: libre portación de armas, vouchers para la educación y hasta venta de órganos. Economista, usó la dolarización como caballo de batalla y aprovechó no formar parte de “la casta”, para disparar contra la política tradicional.
Ese cóctel lo convirtió en el elegido del 30% de los electores argentinos. Por convicción o por necesidad, 3 de cada 10 argentinos depositaron su fé en él. El argentino -el ser humano, en realidad- necesita ídolos en los cuáles depositar su pensamiento mágico. La argentina es una sociedad “mesiánica”: Diego Maradona, René Favaloro, “Santa” Evita, Lionel Messi. El álbum de ídolos nacionales parece no tener fin. Alguien a quién decirle: “Hoy te convertís en héroe”, aunque después la figura se desvanezca o la historia se ocupe de bajarla del pedestal.
La crisis -la suma de las crisis que atraviesa la sociedad argentina- parece haber hecho espacio para que surja un nuevo “profeta” -o Mesías- en el cuál depositar la fe. Esta no sería la primera vez que la sociedad argentina entra en un “proceso mesiánico” que implica depositar toda la esperanza en alguien -un otro- que llegue a “salvar a la Argentina”.
Javier Milei encarna -para muchos- una ruptura con el statu quo y por eso se convirtió -para el 30%- en alguien en quien creer. Carismático y “outsider de la política”, parece tener todas las fichas para cumplir con el rol de “mesías” en una sociedad que tiene como algo muy propio la cualidad de idolatrar a sus líderes. La historia será -en caso de que sea electo presidente- la responsable de juzgar si cumplió o no con la misión de acabar con la crisis, la inseguridad, la escuela que no enseña, los hospitales que no sanan, la casta.
Esa faceta mesiánica tiene un contrapunto en el cuál urge hacer foco. Si hay otro que salva, entonces la responsabilidad sobre la realidad ya no es de uno. El pensamiento mágico de delegar en “el Mesías” el deber de resolver los problemas, está en la vereda opuesta de la responsabilidad personal, del esfuerzo, de la superación.

