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A un mes de las PASO, todo está jugado y después Dios dirá

El acuerdo con el FMI, aunque llegue, ya perdió efectividad electoral. Unión por la Patria y Juntos por el Cambio no "enamoran" electores nuevos. Se inició el momento del descarte. En el medio, los bolsillos de los argentinos estallan.
Foto: Ministerio de Economía
Foto: Ministerio de Economía

Pasó otra semana y aún no hay novedades del nuevo acuerdo entre Argentina y el FMI. Todo indica que el Gobierno hará un pago antes del 31 de julio para cumplir con el vencimiento pactado para esa fecha después de haber acumulado a fin de mes, como también lo hizo en junio, todas las obligaciones del momento con el Fondo. El resto será todo campaña, tanto para el oficialismo como para Juntos por el Cambio, que tampoco está haciendo nada para calmar la incertidumbre del argentino medio.

Ambas coaliciones entraron en terreno de descuento y difícilmente enamoren a quien hasta ahora no se convenció. Las decisiones del electorado de ahora en más vendrán por descarte. Para comprobarlo basta mirar el termómetro más perfecto que tiene este país desde hace décadas para medir sus crisis: el dólar. La suba del dólar blue de los últimos días para llegar a $522 no se debe solo a grandes operadores del mercado, sino mas bien al "chiquitaje" que sabe que gane quien gane Argentina deberá devaluar en algún momento para terminar con la nefasta brecha entre el oficial y el real que ahoga la economía. Empezó esa época preelectoral (conocida de sobra en este país) donde hasta los empleados cobran el sueldo y se dolarizan por las dudas, aunque luego deban vender los billetes para vivir durante el mes: nadie quiere dormir destapado en estos tiempos. 

En Unión por la Patria algunos se ilusionan aún con la posibilidad de lograr lo que Sergio Massa prometió al inicio del lanzamiento electoral: un nuevo acuerdo blando con el FMI que alcanzará para la doble función de calmar las aguas con el mercado y al mismo tiempo mantener al tope el relato del cristinismo más duro que mira las relaciones financieras internacionales de la Argentina como una batalla ideológica que le permita mantener el núcleo duro de votantes que aún creen que son progresistas.

El FMI mira de reojo a Massa candidato

Salvo un milagro, no parece que ello vaya a suceder. Desde esta semana a Massa le quedan 10 días para definir como cierra este capítulo con el FMI y 28 para las PASO. Todo indica que la pelea con Kristalina Georgieva por un acuerdo que contemple un déficit de 1,5% del producto o 1,9%, como quiere Argentina, y por el nivel del dólar oficial, no será fácil de cerrar en lo inmediato. Repasando la historia de las negociaciones del país con el Fondo, la verdad de los problemas parece estar mucho mas allá de esta discusión por números, que igualmente son centrales, sino que habría que buscarla en el terreno de la política.

Massa ministro de Economía no es lo mismo que Massa candidato a Presidente. El FMI con todo su brillo u opacidad internacional, según se lo mire, no es más que un directorio de burócratas bien formados que depende directamente de la decisión política del gobierno que los sienta en cada uno de esos sillones. Su rol primario es obedecer esas órdenes y el secundario es sobrevivir en su cargo, disfrutando de una calidad de vida que cualquier humano envidiaría. Mas allá de eso, solo el kirchnerismo puede endilgarle al Fondo algún rol de perversidad ideológica conspirativa.

Hoy es más difícil que nunca para el directorio del FMI acelerar un acuerdo con Argentina, básicamente porque a esta altura ya implica involucrarse en el proceso electoral y más cuando negocian con un candidato. El 2001, en ese sentido, siempre está a mano para recordar el peligro. A esta altura ya todo ha cambiado y deberíamos pensar que Massa utilizará esa negociación para mostrar dureza en la campaña y el vencimiento se pagará con algún revoleo contable de yuanes y reservas. Después de las PASO Dios dirá.

Sergio Massa negocia con el FMI mientras intenta seducir al núcleo duro kirchnerista

Hay tiempos que marcan la efectividad electoral de las decisiones que tome un candidato. Para un contendiente el problema a esta altura ya no es el impacto de una buena noticia que puede perderse en un mar de incertidumbres, sino el agotamiento del elector frente a la propuesta. Ese dilema hoy corre tanto para Unión por la Patria como para Juntos por el Cambio: quien no enamoró hasta ahora difícilmente lo haga. La cosecha electoral que hay por delante, entonces, dependerá cada día más de la opción “por el menos malo”.

Hoy se termina la ronda grande de elecciones locales con la definición de Santa Fe y también el tiempo para Massa para mostrar avances en la economía. Insistimos: el acuerdo con el FMI aunque llegue ya parece agónico y sin virtud alguna.  El 6 % de inflación de junio, aunque más bajo que los meses anteriores, sigue siendo incendiario en materia de impacto al bolsillo.

Argentina está enloquecida y pocos se dan cuenta. En las mesas del fin de semana amigos y familia debaten entre la opción de uno u otro candidato con desesperación más que convencimiento. Es difícil pensar que después de un gobierno desastroso en todos los sentidos como el de Alberto Fernández, los candidatos de Juntos por el Cambio aún generen tantas dudas, incluso en tramos del electorado que tienen identificación ideológica con sus propuestas. Javier Milei se mantiene en números entre los consultores, pero claramente entró también en el terreno de las dudas de muchos de sus potenciales votantes.

El libertario aún sostiene en sus discursos la necesidad de ir directo a un fuerte ajuste de la economía. Todos sabemos que eso será inevitable si el que gane en octubre quiere poner el país en orden, pero nadie se anima a decirlo. Horacio Rodríguez Larreta y Patricia Bullrich tampoco lo hacen claramente. El elector que le va a dar el triunfo a cualquiera de los cuatro hoy en juego está esperando que le digan alguna verdad que no aparece en medio de tanta locura.