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Cómo ser James Bond por un día y vivir la trastienda de la política

Cubrir una campaña electoral tiene sorpresas. Desde compartir experiencias extremas, hasta descubrir la humanidad de personas que sonríen para la foto, pero sufren igual que cualquiera.

El Toyota Corolla aceleró a 200 kilómetros por hora. El tacómetro del tablero llegaba al punto rojo cuando lo vi. El motor bramaba. Se puso en la cola y a la izquierda del auto que perseguía, a contramano por la ruta. Pegado al otro vehículo, hacía maniobras peligrosas todo el tiempo. Uno de los pasajeros llamó en clave: “En 5 estamos, despeje el lugar. Puntos claros”, decía. Los hombres vestían de manera convencional. Llegaron a destino un rato antes. Pararon, abrieron el baúl y había armas para todos los gustos; indistinguibles para quien no sabe. Pistolas, algo parecido a ametralladoras. Aparatos de comunicación, cables y miradas desconfiadas. En un segundo, los tipos, ya enfundados, se camuflaron con la muchedumbre que esperaba sonriente a los candidatos, en especial a uno. No había forma de saber quién era quién. Quiénes las personas armadas y quiénes los civiles.

Un auto a toda velocidad y a contramano, con el baúl lleno de armas y llamadas sospechosas; fuera de la ley, para casi todos. Hay una sola forma de que todas esas maniobras estén permitidas: ser custodios oficiales y tener pasaporte de libre circulación sin que haya preguntas.

Cobos, con un puestero. 

En junio de 2009 hubo elecciones; en invierno y con un arrastre negativo para el Gobierno nacional de Cristina Fernández de Kirchner. Había una figura rutilante cuya aura sería también más fugaz de lo que él esperaba. Julio Cobos, el vicepresidente.

En esa campaña no era candidato pero se convirtió en el dirigente más importante por el famoso voto no positivo que anuló la resolución 125 y las retenciones móviles y paradójicamente salvó al Gobierno de un estallido. Sin renunciar, acompaño a los candidatos del radicalismo de Mendoza en lo que fue también el retorno al centenario partido. “La lista de Cobos” recorrió la provincia taladrando con un jingle pegadizo, con Cobos como estrella, Ernesto Sanz, Mariana Juri y Laura Montero como candidatos. Un recorrido de Malargüe a Lavalle, dos veces. Con las acequias congeladas por el frío y con zonda en el secano. Acompañar un proceso así también tiene enseñanzas. El improvisado “cletomovil” era conducido por Néstor Majul. Antes de llegar a San Rafael el móvil se llenó de gente y Cobos, informal, dio una orden fuera del protocolo. “Andá con ellos”, marcó. Los custodios se miraron entre y me dejaron subir al Corolla, a regañadientes. De allí la aventura de ser custodio por un día. Adrenalina y miedo al principio. Incomodidad y, luego, disfrute: difícilmente se repita la oportunidad de sentirse James Bond por un ratito.

Cobos, Cornejo y Biffi.

Julio Cobos nació para ser candidato. Hay pocas personas que hayan generado una empatía tan particular con la gente; más allá de su desempeño como gestor. También lo exponía casi sin red. Caminaba, abrazaba, besaba y era resiliente: en 2005 en Maipú recibió una silbatina que fue el puntapié gestual de su incorporación al kirchnerismo. Se desmayaba ante las tensiones y a él le iba mejor que a su gobierno. En 2003 cuando se postuló para gobernador tras la crisis sorprendió. Había sido director de vivienda en Capital y al entregar una casa apadrinó a los hijos de un adjudicatario. Le propusimos ir a visitarlo y accedió. Era en La Favorita, lugar donde aún se mantenían muchas costumbres rurales, como tener amas para la caza. Cobos fue, abrazó a su ahijado y siguió de campaña. La alegría se transformó en tristeza pocos meses después. En una salida de cacería, el hermano manipuló mal el arma y disparó sin querer hacia el ahijado de Cobos y el niño murió. En ese caso la foto no salió publicada, Cobos estaba triste y, como ocurre con los políticos, lo escondió.

Los dirigentes políticos temen quedar expuestos, de mostrar sus miserias, virtudes y vida cotidiana. Sí, su humanidad. Lo curioso es querer disimular lo que son, construir imágenes sonrientes, de carteles; fingir. Tanto, que se generó una distancia gigantesca entre un "ellos" construido y la comunidad a la que deben representar que ahora parece difícil de acortar. Pero aunque quedan sobrerrelieve los chantas, las personas que se dedican a la política conviven con las tensiones de cualquier persona. Pero tienen la dificultad para mostrarlo, como si ser humano fuera una muestra de fragilidad.

El 2023 será el año en que viviremos de campaña, pues habrá 7 elecciones en Mendoza. Siete momentos escenográficos para sonreír en carteles y esconder sentimientos genuinos.  

Rodolfo Suarez tuvo problemas personales, como cualquier humano, durante su gestión. 

Los últimos gobernadores de Mendoza sufrieron la idea ridícula del “show debe continuar” y esconder sus dolores. También deterioraron su salud. Le pasó a Paco Pérez, que debió pasar por el quirófano y hasta se volvió diabético por el estrés. Alfredo Cornejo tuvo un golpe fuertísimo cuando era gobernador. En un año fallecieron su padre y su madre; mientras él estaba en el poder y construyendo políticamente. Secar las lágrimas y seguir. Rodolfo Suarez sufrió problemas de salud y pérdidas importantes. En diciembre de 2020 en la guardia del hospital Español un saludo triste me frenó: era Ulpiano Suarez, que venía de confirmar la muerte de una familiar suya y del gobernador por covid. En 2023, al ingresar a una sala de internación del Italiano alguien me tomó del hombro para saludar: Anabel Fernández Sagasti cuidaba a su padre en la sala contigua, alternando su tarea de legisladora con la familiar.

Anabel Fernández Sagasti perdió a su padre hace poco. 

Con las mujeres la política es aún más cruel. Hay una ley tácita que indica que difícilmente una mujer embarazada pueda ser candidata o, incluso, tener un cargo de relevancia. Hay pocos casos: una intendenta interina en Guaymallén y Flor Destéfanis en Santa Rosa. Incluso en pleno 2023, la exigencia de la campaña impidió que una dirigente sea candidata porque está con un tratamiento de fertilidad; aún a pesar de que sería la mejor postulante de su sector. Mucho menos se las “deja” participar de los momentos en que se toman muchas de las decisiones: vestuarios de partidos de fútbol, sobremesa en asados “de machos” y reuniones de trasnoche. A ellas se les exige el doble porque, además, suelen ser las que abren las escuelas a la mañana temprano, las que corrigen a los hijos y, también, las que le ponen el cuerpo con mucha más valentía a las contingencias que paralizan a los hombres en las familias.

La política es una de las actividades más nobles y, aún con sus miserias, la mejor forma de cambiar las cosas, equilibrar poderes, canalizar reclamos y transformaciones. La militancia supone un servicio para transformar y, muchas veces, implica algunas concesiones. Buenos y seguros sueldos, viáticos, influencias, choferes. Otros se acercan a la política por sus buenos sueldos, influencias, para tener chofer. Y el sentido de servidor público queda de lado.