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Sergio Massa, sin proyecto 2023 y furioso con un Gobierno enmudecido y en salida

El ministro de Economía pensó que sería una inflación del 7,2 por ciento o menos. Está enojado con el presidente y con Cristina Kirchner por criticar al Fondo Monetario Internacional mientras gestiona para evitar una crisis mayor. El factor Milei para dejar tercero al kirchnerismo en agosto.
Nada para ofrecer. Massa, ministro y gestor de la inflación. Foto: Noticias Argentinas
Nada para ofrecer. Massa, ministro y gestor de la inflación. Foto: Noticias Argentinas

Sergio Massa recibió el palazo de inflación mientras se esperanzaba con un 7% que le permitiera decirle algo a Estados Unidos a la hora de agrandar la escupidera y llegar a las PASO. Para peor, Alberto Fernández decía al compás de las súplicas del tigrense que no iba a permitir la asfixia del Fondo Monetario Internacional, el garante de gobernabilidad más indiscutible que tiene hoy esta gestión. Lo hacía tomando mate con Pepe Mujica, una imagen que enfureció al ministro. 

El ministro que llegó con chapa de campeón y pateando puertas no tiene hoy más que enojos, facturas internas y desolación en el plan que empezó con mucha esperanza en el sector privado renovando el oxigeno del papelón de Silvina Batakis pero que duró un suspiro. Un dato, Martin Guzman se fue con 7.2% de inflación en su último mes de gestión. 

Ahora, el desafío es adivinar quién pone el cuerpo a una elección perdida para salir tercero, es algo que se empieza a bosquejar entre empresarios y dirigentes. Hay cierta idea consensuada de que Javier Milei se puede meter en un balotaje y dejar tercero al Frente de Todos. La ecuación de Sergio Massa es distinta a la que era: ser el candidato de la derrota y perder un balotaje por dos puntos para posicionarse con cincuenta años recién cumplidos no es lo mismo que salir tercero, detrás de Milei y a quince puntos de Juntos por el Cambio siendo la segunda vez que es derrotado como candidato presidencial. 

Sergio Massa es hoy un factor de poder nodal, es quien evita esencialmente un adelanto de elecciones. Todos saben puertas adentro que si el ministro de Economía pega el portazo y con el eco se suman Wado de Pedro y algún ministro más, Alberto Fernández se encontraría en una encerrona prácticamente imposible de superar, con Cristina Kirchner convencida de que puede terminar con un Gobierno que ella misma creó sin masticar las esquirlas propias. 

Sólo las miradas sin lucidez ni ligazón con la realidad, como la de Gabriela Cerrutti, pueden justificar el fracaso del plan económico. La portavoz volvió a chicanear la prensa, como si ella no fuera parte del Gobierno que después de Alfonsín lidera el podio de los más inflados de la historia del país. Sólo Alberto Fernández sostiene en su cargo la funcionaria menos apta y más dañina para su propia gestión. 

No queda más que soñar con que Daniel Scioli sea candidato. "La tengo más fácil que en 2015", dice el multifunción que aceptó ser ministro un mes para luego volver a Brasil. Sería el único capaz de encarar una campaña a sabiendas de antemano de un resultado difícil de superar. 

Por ahora Massa se queda, pero el silencio es total. El presidente no contesta mensajes, Massa espera su regreso sin triunfo para maldecir a quienes operan en contra de cada viaje a Estados Unidos, y Cristina Kirchner quedó relegada a su discurso contra la Corte Suprema, algo que sólo le interesa a una diminuta parte de su cada vez menor base votante. 

Si el Gobierno logra terminar su mandato, será gracias a sus peores demonios operando a su favor: una oposición desunida y vaciándose el cargador en el pie a diario, un Fondo Monetario Internacional teniendo compasión con un Gobierno que lo insulta y pide que le paguen las cuentas, un sindicalismo que se desquita con los trabajadores derrumbando salarios pero que enmudece a la hora de protestar, y un sistema de propaganda que a esta altura ni los dogmáticos les creen.

Es el momento de la negociación más importante de la vida política de Sergio Massa, quien se preparó para el salto del Tigre, y finalmente deberá especular con pasar desapercibido cuatro años para volver a intentarlo.