La anomalía política como regla
El ministro del interior de la Nación, el brazo político por excelencia de un presidente, reconoce en público que “todos me piden que Cristina sea candidata” cuando su “Jefe” está envalentonado con una posible candidatura a la reelección, que la Vice quiere impedir. Sólo en la Argentina anómala de estos años, Wado de Pedro -el ministro que renunció tras las PASO por los medios y al que nunca el presidente pudo echar- puede tener esa libertad que incluye también la de fomentar expectativas en torno a su propia candidatura presidencial hasta con pintadas en las calles.
En ese sentido, Daniel Scioli parece ser más orgánico: “si el presidente decide ir por la reelección, yo lo apoyaré”.
En Ciudad de Buenos Aires, el Ministro de gobierno y se supone espada política del Jefe de Gobierno que aspira a ser presidente de la Nación, recibe en su nueva casa de Palermo al ex presidente Mauricio Macri. Justamente el primo que procura frenar el ascenso de Horacio Rodriguez Larreta fomentando internas en el PRO con Patricia Bullrich y la propia María Eugenia Vidal, hasta ayer una aliada incondicional del propio Jefe porteño. Sólo en la Argentina anómala de estos años. Muy raro ser ministro de Gobierno de CABA y recibir el respaldo de la contrincante más fuerte por ahora al propio Rodríguez Larreta. “Mi candidato en CABA es Jorge Macri”, dijo Bullrich hace unos días. Jorge devolvió gentileza afirmando a viva voz aquello de “no veo a Mauricio candidato”, de manera tal que los propios militen más activamente la candidatura de Bullrich o incluso Vidal.
Estas anomalías crecientes en términos políticos naturalmente traspasan a la economía. La falta de orden económico tiene un primer desorden que es político.
El engendro electoral exitoso de Cristina Fernández de Kirchner en 2019, fue altamente nocivo para la gestión. Acertó para la faz agonal, pero contribuyó decisivamente para el fracaso en la faz arquitectónica de la gestión. El loteo ministerial primero y la escisión posterior al acuerdo con el FMI tras la pandemia, puso al gobierno en un descalce entre el final legal de su mandato y el fin real de su poder que impregna a toda la larga transición hasta el 10 de diciembre donde el plan (sin capacidad para otra cosa) es “llegar del mejor modo posible”, evitando una explosión que acelere la crisis. Para eso, Presidente y Vice (de mal modo inclusive) congeniaron en medio del salto del dólar y la inflación de julio de 2022 ungir a Sergio Massa como el administrador con un sistema comunicacional que irradia poder presidencial y perspectivas de futuro. De todas formas, “el profesional” como le llaman algunos, tiene sus límites: el contexto, un equipo limitado y la dinámica anómala de la cual no puede despegarse aun queriendo.
El mundo quiere ayudar. El FMI se puso a militar el acuerdo más laxo en muchísimos años y todo el tiempo relaja metas. Los Organismos internacionales prestan fondos que otros retacean y hasta la presión a los Bancos para que no distribuyan dividendos (luego aceptada) le permitió renovar al gobierno deuda en pesos que de otro modo le hubieran generado un verano más movido. Nada de eso igualmente resuelve los problemas de fondo en los que está la economía argentina. Incluso en los últimos días tienden a agravarse fruto del salto inflacionario, la falta de dólares y la idea de un salto cambiario inexorable que mejore la competitividad del sector que los trae. O bien con desdoblamiento cambiario como propuso Domingo Cavallo o por medio de una devaluación más acelerada.
Vale la pena reconocer que el propio Massa también es arrastrado en la vorágine política pre-electoral. De hecho los suyos en Diputados tuvieron que acompañar un juicio político a los integrantes de la Corte inimaginable en su propia cabeza tiempo atrás. En este punto también Cristina pudo más.
La anomalía institucional podría sumar más capítulos próximamente. Que los integrantes de la Corte Suprema de Justicia de la Nación (enjuiciados por Diputados de manera anómala e irregular) no concurran a la apertura de sesiones ordinarias el miércoles próximo, sería uno. Igualmente no será mayor a la anomalía que propicio la propia presidente saliente (CFK) en 2015 cuando no entregó los atributos de mando al ungido presidente por entonces Mauricio Macri.
De todas formas, la principal anomalía a la que asistimos es a la falta de incentivos al diálogo y la construcción de consensos que atenta deliberadamente sobre la posibilidad de resolver problemas; aprobar leyes o establecer políticas públicas de mediano y largo plazo. Argentina se acostumbró en términos políticos a la confrontación como método y fin. Nada más nocivo para un sistema institucional Democrático, Federal y Republicano. La falta de ejemplaridad en el poder, minó la autoridad. En muchos casos la vació de contenido. Así, los emergentes de la frustración que siempre engendran violencia están a la vuelta de la esquina aquí y allá. Lo están en la dirigencia, en las organizaciones y en la propia calle que transitamos. Se consolidó un modelo de construcción en base a la oposición al otro. Por efecto espejo. Ahora el riesgo es que el internismo creciente en las coaliciones electorales vigentes torne lo complementario en opuesto. Eso derribaría con lo existente. Argentina entraría en una fase adicional del desencuentro. El futuro está ahí. Este año lo marcará.