El palacio y la calle
Se puso al frente del anuncio del mega decreto de necesidad y urgencia (DNU), que es la apuesta más ambiciosa y arriesgada de desregular la economía de un plumazo de la que se tenga memoria. El DNU es un catafalco donde hay de todo, pero en términos generales puede resumirse como un instrumento que convalida la ley del más fuerte dinamitando la protección a los más débiles. Una cuestión que ya fue zanjada en todos esos países a los que la Argentina se quiere parecer, porque hace mucho se dieron cuenta que la mano invisible del mercado no lo puede todo. Los regímenes constitucionales están pensados para equilibrar las asimetrías y proteger a los más débiles. Ese es el sistema que pretende dinamitar Javier Milei y que implica cambiar la lógica que impera en la Argentina y en el mayoría de los países del hemisferio occidental. Por caso, en los Estados Unidos, por citar a uno de los países más admirados por este gobierno, las regulaciones anti monopolios son muy estrictas y el Estado no está ausente.
El decreto ideado por Federico Sturzenegger abarca desde la posibilidad que los clubes de fútbol se conviertan en sociedades anónimas, la derogación de la ley que limita la compra de tierras a extranjeros, el inicio del proceso de privatización de las empresas estatales hasta la reforma de varios artículos del Código Civil y Comercial; pasando por una profunda reforma de la legislación laboral. Esta última, difícil que atraviese con éxito el fuero laboral cuando implica la reducción de las indemnizaciones y la pauperización de las condiciones laborales. Pero estas líneas no están pensadas para analizar las particularidades de un instrumento reñido con la legalidad y directamente divorciado del sentido común. Esta última cuestión bastante ausente en los debates mediáticos que protagonizaron no pocos panelistas que en mucho casos tomaron prestado el ropaje de juristas con poca o ninguna profundidad.
En primer término hay que aclarar que la Argentina necesita normas que desregulen su economía y su funcionamiento; pensar lo contrario es un despropósito. A lo largo de sus veinte años en el poder, el kirchnerismo ha trabado tanto la economía que la Argentina quedó casi paralizada. Los efectos han sido devastadores: la inflación, la pérdida de reservas y el dramático aumento de la pobreza son indicadores categóricos del desastre que en el último tramo del kirchnerismo lleva la firma de Cristina Fernández de Kirchner, Alberto Fernández y Sergio Massa. Pero aun así ésta no era la manera de llevar a cabo una profunda desregulación. Nadie en su sano juicio puede creer que todos los temas que aborda el DNU son de necesidad y urgencia.
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En el mismo sentido, cabe preguntarse si darle posibilidad a los clubes de fútbol que se conviertan en sociedades anónimas
nos acerca a los países del primer mundo. Son solo dos ejemplos pero hay muchos más. Es claro que no todos los temas que incluye el decreto revisten el principal y obvio requisito de la necesidad y urgencia que es básico para ser parte de cualquier DNU. Primera cuestión que los “juristas de panel”, muchos de ellos incluso hasta son abogados, pasaron por alto. El constitucionalista Daniel Sabsay, a quien nadie podría tildar de kirchnerista o de izquierdista, es contundente cuando afirma que no hay necesidad ni urgencia cuando el presidente está convocando a sesiones extraordinarias.
A diferencia de lo que cree el gobierno y el propio presidente, una desregulación tan brutal de la economía hecha a su sola firma va a generar más inseguridad jurídica y es probable que ahuyente las inversiones de calidad. La razón es sencilla, si un presidente puede dar vuelta el país como una media solo obedeciendo a su voluntad, qué le impide a un gobierno de signo contrario volver
a lo de antes o incluso radicalizarse. Nada. ¿Alguien puede pensar que en este contexto una gran empresa vendrá a enterrar capital a la Argentina en una apuesta a largo plazo? La respuesta es obvia. Lo más probable es que lleguen inversiones especulativas que buscan ganancias rápidas con altas tasas de retorno o industrias extractivas de materias primas como sucede en África.
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El DNU reforma cuestiones que realmente necesitan ser reformadas. Nadie puede honestamente afirmar que los gremios docentes no hayan hecho un abuso del derecho de huelga. Los gremios de la educación abusaron de este derecho hasta distorsionarlo. Es difícil estar en contra de la regulación y limitación del derecho de los docentes a parar. Se trata de una buena iniciativa que corre el riesgo de terminar rechazada y así con muchas otras. Si la iniciativa fuera rechazada en el Congreso, cuestión bastante posible, muchas buenas reformas quedarían sepultadas porque el Congreso sólo puede rechazar o aceptar a libro cerrado. Muchos analistas se preguntan entonces por qué el presidente eligió un mega DNU para llevar a cabo las reformas. El principal enemigo de Milei es el tiempo, es él y su gobierno que tienen la necesidad y la urgencia. A pesar del 56% de los votos que obtuvo en la segunda vuelta, se trata del gobierno más débil desde la reinstauración de la democracia.
El presidente ya ha demostrado que es un político sagaz y que el poder no le pesa está dispuesto a ejercerlo como lo hicieron Carlos Menem, Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Está convencido que tiene una misión en esta vida, pero sabe que para cumplirla debe lograr densidad política y construir alianzas en el Congreso. Como explicó el analista político Carlos Fara en una reciente columna publicada: "Pide 10 para conseguir 5. Si se llega a armar mucho lío, tiene la alternativa de mandar varias leyes al Congreso, varias de las cuales tardarían, pero quizá se aprobarían. De esa manera, se muestra pro activo frente a la opinión pública –porque se trataba de cambiar- e instala la agenda al resto del espectro político. Se hablará sobre lo que el gobierno impulse y no sobre la marcha piquetera (donde el famoso protocolo no se pudo aplicar cabalmente)". El análisis de Fara es acertado. El presidente consigue ocupar el centro de la cancha convirtiendo su debilidad en fortaleza, algo que Alberto Fernández jamás pudo hacer.
Hasta aquí la necesidad
En cuanto a la urgencia, corresponde hacer un análisis eminentemente político. Para principios de marzo el peronismo y lo que quede de Juntos por el Cambio habrán transitado gran parte de sus procesos internos de depuración y catarsis con distintos grados de dramatismo. Pero seguramente ya estarán bastante articulados para presentar un férrea oposición en el Congreso y trabarle el gobierno a Javier Milei. Todo lo sabe el presidente que está en el palacio y también sabe que dada la debilidad de su gobierno y los efectos de las medidas que tomó habrá mucho malestar en la sociedad. Hay que tener en cuenta que todavía los efectos más adversos del tratamiento libertario no se han sentido. Febrero y marzo serán meses complicados en términos de inflación y pérdida de poder adquisitivo, en especial para aquellos de argentinos de clase media que estarán enfrentando el proceso de convertirse en neo pobres.
Los experimentos más radicalizados en la Argentina siempre fracasan por la clase media, que sería un error cuantificarla sólo por una variable de ingresos sino que debe ser analizada como un fenómeno cultural y de pertenencia. Por eso, países como Perú y otros de América Latina no son ejemplos comparables, porque allí la clase media es un fenómenos ínfimo o no existe. En la Argentina la clase media aun diezmada como está no se rinde y desde la misma noche del anuncio del DNU la gente salió a la calle. Podrán padecer de síndrome de Estocolmo como afirma el presidente, ser una oposición que no quiere dejar gobernar como dice con desprecio Patricia Bullrich o ser kirchneristas furiosos como sugieren muchos periodistas convertidos en voceros oficiosos del gobierno pero mal que les pese van a estar en la calle. La ministro Bullrich no tiene un protocolo contra la clase media que no se resigna a dejar de serlo. Todo esto lo sabe Javier Milei y por eso el apuro. Más tarde, va a ser tarde.
La calle de la clase media y de los sectores populares no es la "calle" de los piqueteros, a quienes es fácil amenazar con sacarles el plan social o mandarlos a marchar por la vereda. Cuando la clase media toma las calles al ritmo de las cacerolas la historia es bien distinta. Los políticos de la casta lo saben porque los unos y los otros lo sufrieron. La gente reaccionó rápido y la misma noche de la cadena nacional se escucharon las cacerolas en varios barrios de Buenos Aires y en muchas ciudades importantes del país. Los principales dirigentes de la oposición tomaron nota y por eso salieron a presionar al gobierno, saben que a la calle no se la puede ignorar. Una vez más, el destino de la Argentina se juega en el palacio y la calle, aquel libro de Miguel Bonasso sobre la crisis del 2001 que no estaría mal releer.

* Martín Pittón, periodista y conductor del podcast Micro Mundos.

