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No le pidamos a la democracia lo que no somos capaces de darle

Se cumple 40 años desde el retorno a la democracia en Argentina, y diferentes personajes opinan en MDZ.
Hace cuarenta años Raúl Alfonsín era elegido presidente derrotando al peronismo. La esperanza inundó al país, no sólo entre sus mayoritarios votantes. Foto: Victor Bugge
Hace cuarenta años Raúl Alfonsín era elegido presidente derrotando al peronismo. La esperanza inundó al país, no sólo entre sus mayoritarios votantes. Foto: Victor Bugge

Cuarenta años, toda una vida. Suele decirse que cuatro décadas es mucho para una persona y nada para una nación. Los hechos comparativos relativizan ese aserto. Corea del Sur, Singapur, la misma China, en ese lapso transitaron desde la pobreza al poderío. Además, lo hicieron casi coetáneamente con nuestra transición inversa. Hace cuarenta años Raúl Alfonsín era elegido presidente derrotando al peronismo. La esperanza inundó al país, no sólo entre sus mayoritarios votantes. Volvíamos a la Constitución, de la que nunca debimos salir. Y con la democracia restaurada nos educaríamos, nos curaríamos, comeríamos.

En una palabra, seríamos un pueblo sano física y mentalmente, en un país próspero. Con el diario de hoy podemos decir que esas expectativas no sólo se frustraron, sino que la Argentina continuó con un proceso de decadencia que se remonta a bastante tiempo previo. Es preferible no marcar el inicio de la declinación para no etiquetar estas reflexiones. Empero, el declive viene de lejos. Quizás cuando la Corte convalidó el golpe de Estado del 6 de septiembre de 1930. Sólo para identificar un hito nefando.

Presidente Raúl Alfonsin.

En cuarenta años no hemos podido darnos una estrategia de mediano plazo. La larga mirada es definitivamente algo inasequible para nosotros. El cortoplacismo nos abruma. Los vaivenes son insoportables. No parece necesario apelar al cuaderno de bitácora de estos cuarenta años. Sería inacabable la enunciación de todos nuestros fracasos. Resaltar que padecemos una pobreza de más del 40%, una discapacidad institucional, un sistema político lábil y un Estado tan gigantesco como disfuncional y, para peor, asaltado por capas –iba a decir mafias– corruptas, da la impresión que es suficiente.

En cuarenta años no hemos podido saldar qué cantidad de Estado queremos, cuál es la medida más o menos exacta de las regulaciones, hasta dónde deben llegar los tributos, si nuestro proyecto es exportar o apostar al mercado interno, si la inflación es tonificante o letal. Precisamente, no logramos consenso sobre la causa de la recurrente inflación, con picos de desborde. Una parte del país cree que es consecuencia de la avidez de los formadores de precios, en buen romance de los empresarios. Otro sector
sostiene que es un fenómeno monetario originado por la emisión descontrolada y un Banco Central que se olvidó- seguramente por carecer de independencia - de su misión esencial, custodiar el valor de la moneda. 

Lo cierto es que en cuarenta días posteriores a las PASO del 13 de agosto pasado se duplicó, vía emisión, la base monetaria. Sin control, con asombroso desmadre. Tampoco podemos acordar si la pobreza es el resultado de la mala distribución de la riqueza o de la contracción de la inversión y de la producción que generan menos riqueza para reasignar. En rigor, rigen entre nosotros más consignas que ideas. Y respecto de éstas, las dominantes son las que murieron en el mundo entero, pero que acá tienen una sorprendente sobrevida. A las ideas perimidas se aduna algo explosivo: la escuela pública está seriamente lesionada. Por la politización, por las protestas, por el adoctrinamiento, por la vejez de sus contenidos, por la disociación – respecto del ciclo secundario – con la realidad económica y la ausencia de salida laboral. Pobreza e ignorancia son dos factores que inexorablemente
conducen al sometimiento. De ciudadanos a cuasivasallos. 

La democracia es harto compleja para funcionar en medio de la pauperización creciente. Máxime si nos empecinamos en no modernizar la modalidad de votación, persistiendo con la increíble boleta papel de cada partido. No es que existan picardías. El sistema alienta ese fraude. Por algo está arraigado eso de que más que el voto, lo que vale es cómo y quiénes lo cuentan.
En cada turno electoral nos prometen ‘reconstruir’ – en alguna ocasión, también deconstruir. Es la confesión de que no estamos construyendo nada duradero, sólido, con proyección. Vamos y venimos, ponemos un ladrillo y lo sacamos. Así nuestro país se nos escurre de las manos.

 ¿Qué decir de la corrupción?

Por una condena, 99 impunidades. Quien la hace no la paga. Así se desarticulan los valores y paradigmas. En este contexto, es notorio que la justicia independiente se torna una ensoñación. Sin tapujos, con desparpajo se habla de jueces de tal o cual partido.
En esta fecha emblemática de nuestra democracia, la luenga campaña electoral ha sobrevolado los grandes asuntos profundizando así el desencanto ciudadano. Hay crisis de liderazgo en el medio de un sistema de partidos enclenque.

Dicen – y dicen bien – que sólo los verdaderos amigos le hablan con la verdad a su compañero. En nombre de la amistad  entrañable que tenemos con la democracia le transmitimos las frustraciones que el país tiene con ella. No existe una forma de gobierno mejor, pero si existe un modo de gobernar mejor.

Quien la hace no la paga.

¡Cuarenta años, amiga democracia!

Nos estás debiendo cada día más. Aunque, quizás el adolescente civismo argentino esté reclamando una mirada introspectiva. No le pidamos a la democracia lo que no somos capaces de darle. Si damos más, recibiremos en consonancia. La esperanza de hace cuarenta años hoy es un sueño. Una manera de no bajar los brazos ¡Ojalá podamos, seamos capaces, de revertir la caída de
nuestro país! 

Alberto Asseff.

* Alberto Asseff, diputado nacional del partido UNIR