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El miedo a un monstruo inexistente que agita la UCR y la disputa de fondo del 2023

El radicalismo gobierna desde hace 7 años, pero evita enfrentar sus propios errores. Mantiene el discurso del "temor" al kirchnerismo, aunque ese sector está de vacaciones y sin posibilidades de gobernar. Mientras, advierten sobre los riesgos de la "unanimidad" que la UCR tanto ansía.
Foto: ALF PONCE MERCADO / MDZ
Foto: ALF PONCE MERCADO / MDZ

El radicalismo de Mendoza construyó un proyecto de poder que, además de abarcar todas las instituciones, logró tener un fuerte arraigo en el discurso público. Maneja con habilidad, incluso, una de las herramientas más potentes y peligrosas en política: el miedo. Con pocos rivales políticos reales, potencian algunas construcciones que ya son demodé en la Provincia. “Si no somos nosotros, el kirchnerismo avanza”, repiten, como un mantra político que desde 2015 funcionó perfectamente.  El problema es que ahora lo hacen en nombre de un riesgo inexistente y con más aires de autodefensa que de realidad. La pereza del kirchnerismo local que, por ejemplo, decidió “tomarse vacaciones” hace ahorrar palabras en el análisis. Ni hablar si se evalúan el desempeño electoral de ese sector que detenta mucho más poder en cargos ejecutivos que aval en las urnas.

Hoy le es mucho más conveniente hablar de riesgos inexistentes que reconocer sus propios monstruos tras siete años de gobierno. A diferencia del momento fundacional de Cambia Mendoza, aquella ecléctica y exitosa alianza creada para gobernar y que hoy cruje, en el retrovisor de la gestión se reflejan puras decisiones de los gobiernos de Cornejo y Suarez. Hacia adelante el oficialismo va por el objetivo fetiche de tener tres gobernadores radicales continuados y, más aún, repetir el inquilino del sillón de San Martín por primera vez desde el retorno de la democracia con alguien que busca volver al gobierno, aunque el poder nunca lo abandonó. Paciencia y resiliencia. Paciencia para no hacer públicas las enormes diferencias que tiene con la gestión de Suarez ( de la que es parte a través de muchos funcionarios) y resiliencia para no frustrarse por no cumplir en los tiempos que esperaba su objetivo nacional.

 

Cornejo fue un buen gobernador, con el tiempo justo para no empalagar. A diferencia de lo que ocurrió en 2015, cuando el senador nacional llegó al cargo con una estrategia política y un plan para reordenar la provincia y recuperar la autoridad que ejecutó en 4 años, los ejes y el equipo están en un plan de mayor incertidumbre. Y hay una máxima que inquieta más allá del Poder Ejecutivo; esa idea de unanimidad que los radicales, engolosinados, mencionan sin pudor. Esa idea de tener dos tercios en la Legislatura y que en cada rincón de la provincia donde se dispute poder las decisiones pasen por el comité de calle Alem. O, mejor dicho, por los sitios informales donde se juntan los que tomas las decisiones, pues la UCR moderna no es justamente un foro de debate de ideas. Algo de eso ya ocurre; pues desde los consejos profesionales, hasta la Suprema Corte, el cornejismo tiene una influencia nunca vista. La legitimidad de quienes hoy gobiernan no está en discusión, pero el impacto está sobreestimado por las torpezas ajenas. Ya se ha dicho que las voces disidentes tienen una subrepresentación en la política local.

En juego

En 2023 hay en juego mucho más que la elección de un gobernador. En el ambiente político, académico e institucional hay temores. Algunos sobreactuados, otros sinceros. Creen que la falta de alternancia va a perjudicar la vida institucional de Mendoza y que se pueden vivir experiencias para las que no hay anticuerpos creados en cada sector del Estado. De nuevo: no se puede acusar al oficialismo de las carencias ajenas, de la falta de construcción de alternativas por parte de la oposición.

Parte de la victoria discursiva del oficialismo es haber logrado esquivar las carencias propias de la gestión y trasladar cualquier culpa a la Nación (motivos para ello sobran). Rodolfo Suarez capitalizó positivamente hasta la actitud adolescente de no recibir al Presidente, obviando la obligación que tiene de exigir “cara a cara” que se cumplan los derechos de la provincia a un presidente con el que comparte visiones, como la polémica gestión compartida de IMPSA, que hasta ahora no logró ningún resultado positivo. La obscena diferenciación en el reparto de recursos, la respuesta incompleta por los fondos de Portezuelo, la crisis institucional por el avance sobre la Corte nacional y varios etcéteras más podrían haber sido parte de un discurso político más potente que el plantón institucional en un acto público. Es real que a Suarez le tocó gobernar siendo oposición real a la Nación (la mayoría de los gobernadores anteriores fueron obsecuentes con los presidentes) y, para colmo, con un mandatario con impericia para gestionar.

Por delante queda un camino de ripio duro y espinas. La inquietud del Gobierno por tener herramientas para “renegociar” deuda sin autorización es una siembra a futuro por el peso que puede tener el pasivo en dólares de Mendoza en medio de la incertidumbre. Pero el problema más grave de la provincia es el letargo en la cadena productiva: el impacto de la falta de trabajo de calidad en las familias, en las empresas y el propio Estado. En el propio Ejecutivo cuentan los ejemplos negativos de inversiones potenciales que se fueron de Mendoza porque no hay recursos disponibles. No se aprovecha bien el agua, no hay tendidos eléctricos y de gas suficientes y hasta menos opciones de financiamiento para actividades productivas.

El último año de Suarez será el de las decisiones trascendentes. El destino del último ahorro que le queda a Mendoza es uno de ellos, aunque hay una fuerte presión para que sea el sucesor quien lo haga. En el conflicto con las empresas eléctricas, como adelantó MDZ, el Gobernador eligió el camino del acuerdo con el grupo empresario liderado por José Luis Manzano para evitar un mal mayor y se cumplirá la impronta que hay sectores del poder que exceden largamente a los gobiernos de Mendoza. En 2006 ese grupo que no tenía ninguna experiencia en el sector eléctrico y ni una pala para explorar áreas petroleras, construyó un imperio gracias a las gestiones con el Estado, tomando a Mendoza como punta de lanza. Ahora tendrán la principal concesión eléctrica hasta 2048.

Riesgos en el horizonte

De Marchi quiere competir por fuera, pero no se arriesgará sin algunas seguridades. 

El máximo “riesgo” que tiene la UCR está dentro de Cambia Mendoza. Omar De Marchi incomoda como siempre, pero ahora hay un quiebre que parece irremontable. El diputado nacional es de los que considera que hay algún riesgo estructural en la provincia. Desde la periferia presionan para que rompa y él busca aval nacional. El tiempo corre contra esa idea, porque no es lo mismo “armar” un proyecto político en pocos meses que construir una estrategia de poder en varios años. Para avanzar en ese camino, los politólogos dicen que hay que estar dispuesto a perder, porque “no siempre significa retroceder”. El problema de De Marchi es que no tiene claro si está dispuesto a perder yendo por afuera, aún cuando podría representar para él liderar con menos dependencia desde el oficialismo o la oposición. La mejor respuesta la da un radical cornejista consultado por MDZ: “Cornejo es muy bueno, pero si lo controlan es mejor y si no lo controlan no tiene límites”, explica el funcionario.

Hay en la disputa CornejoDe Marchi hay también una impronta generacional. Ambos nacidos en la década de los ’60, ambos vivieron la transición de la partidocracia que renació con el retorno de la democracia, a los erráticos gobiernos de coalición electoral. También les toca rellenar un hueco que la generación que los siguió no quiere ocupar, la de los dirigentes “que amen la vida que enfrenten la muerte”, como diría la utópica canción de León Gieco. Hombres y nacidos en la década donde se construyó el muro de Berlín; ese es el patrón de los liderazgos mendocinos. La fecha de nacimiento no es un dato que necesariamente mejore o empeore a un dirigente. Pero en Mendoza sigue y seguirá gobernando la misma promoción. Los dirigentes criados en Democracia eligen la comodidad de la obediencia a los riesgos de la rebeldía.