La Corte y una lección que deberían aprender Anabel Fernández Sagasti y Alfredo Cornejo

La Corte y una lección que deberían aprender Anabel Fernández Sagasti y Alfredo Cornejo

A pesar de las diferencias ideológicas y las indisimulables simpatías partidarias, los jueces del máximo tribunal lograron sentarse en una misma mesa a buscar acuerdos para elaborar un proyecto en común con el objetivo de agilizar el funcionamiento de la Suprema Corte.

Mariano Bustos

Mariano Bustos

mbustos@mdzol.com

Contra todos los pronósticos, hubo acuerdo entre los jueces de la Suprema Corte. Lograron consensuar un proyecto de reforma con la firma de los siete magistrados. Lo consiguieron a pesar de las diferencias ideológicas y partidistas que existen entre ellos. Pudieron superar sus guerras internas y todos cedieron -cada uno a su medida- en sus pretensiones para salvar el decoro de un tribunal que se venía devaluando por sus rencillas permanentes. Sin querer queriendo brindaron un ejemplo de responsabilidad que podría servir como faro para salir de la lógica del conflicto en la que los políticos argentinos nos tienen atrapados.

¿El proyecto de ley es perfecto? Seguramente no. Pero más allá de la iniciativa para modificar el funcionamiento de la Corte, el sorteo de causas para terminar con el fórum shopping o la forma de elegir a las autoridades del máximo tribunal, lo que nació ayer fue una muestra contundente de que se puede dialogar. Se pueden lograr acuerdos.

La Corte de Mendoza está quebrada hace años. Las diferencias de Omar Palermo y Mario Adaro con el presidente Dalmiro Garay eran explícitas al punto que lo cuestionaban abiertamente en sus fallos dejando al descubierto una batalla entre radicales y peronistas que terminó degradando la propia figura de los magistrados. Jueces de la Corte peleando como adolescentes irresponsables.

Nada hacía presumir que un acuerdo era posible. Cada declaración pública era una dosis más de nafta en el incendio institucional que se estaba presenciando puertas adentro del máximo tribunal.

Sin embargo, algo cambió. El debate en la Legislatura, específicamente en la Comisión de Legislación y Asuntos Constitucionales presidida por Jorge Difonso, propició un diálogo que estaba cerrado. Hacía mucho tiempo que en Mendoza un proyecto no se debatía con tanta profundidad. Dejando de lado dogmas, fanatismos y caprichos. Se vivieron papelones -los de siempre- entre radicales y peronistas peleando a los gritos. Pero también se escuchó atentamente a especialistas del derecho. Juristas de renombre como Aída Kemelmajer y Alejandro Pérez Hualde. Hasta el exgobernador Arturo Lafalla disertó en la Casa de las Leyes. 

Y se dijeron cosas fuertes. Hubo cuestionamientos sinceros y preguntas asertivas que revelaron ciertas contradicciones. En la Comisión de LAC -más allá del bochorno inicial- primó el respeto. Algo básico pero que desde hace tiempo dejó de ser lo habitual.

Se escucharon aportes de la oposición y sugerencias de aliados de Cambia Mendoza como fue el caso del PRO. Se aceptó la propuesta de Difonso de remitir el proyecto una vez más a la Corte para que sus propios miembros tuviesen una última posibilidad de sacar una iniciativa superadora. Y lo que parecía un mero formalismo se terminó convirtiendo en realidad.

No hay dudas de que todo eso -el trajín legislativo, las palabras de los invitados, las intervenciones de los legisladores, las críticas en los medios- sirvió para que exista un cambio de actitud entre los integrantes del máximo tribunal. Así lo reconoció el propio Mario Adaro al ser entrevistado en MDZ Radio este miércoles por la mañana.

Quizás el proyecto de ley no sea el esperado. Seguramente ninguno está un 100% conforme porque todos tuvieron que ceder en lo que personalmente consideraban lo mejor. El tiempo dirá al analizar los resultados si se cumplieron los objetivos y solucionaron los problemas que había que solucionar.

Pero más allá de ello, el proyecto de reforma del funcionamiento de la Suprema Corte ya tuvo un primer impacto positivo. Cerró un capítulo infame del máximo tribunal de justicia y abrió un camino hacia la búsqueda de consensos como condición elemental. Algo que no solo le hacía falta al Poder Judicial sino que desde hace tiempo se carece en los otros dos poderes del Estado.

Quizás -¿por qué no?- se trate de un buen punto de partida poner en valor nuevamente el diálogo y los acuerdos. Dejar de lado las ambiciones sectoriales y priorizar lo que necesitan los mendocinos. Si Adaro, Palermo y Garay pudieron sentarse a conversar no sería malo que también pudiesen hacerlo los senadores Alfredo Cornejo y Anabel Fernández Sagasti. Por citar un ejemplo de dos líderes que se esfuerzan por mostrar dos mendozas diferentes, cuando al fin de cuentas la provincia es una sola.

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