El embajador argentino en Venezuela no representa a nuestro país
Hablar de política exterior es tratar a la administración de Alberto Fernández con cierta benevolencia, porque en rigor no hay ninguna, o, para ser más precisos, las hay múltiples y contradictorias. No es algo de extrañar, dado que refleja el caos que
rige todas las políticas públicas del Gobierno nacional, pero en el ámbito de las relaciones internacionales esto adquiere mayor gravedad.
Los partidos políticos de los países más avanzados suelen tener entre sí un menor margen de discrepancias en ese campo que en el de las políticas domésticas. Idealmente, si una sola debiera elegirse como política de Estado, es decir, como un conjunto de criterios que no varían sustancialmente con la alternancia de los gobiernos, esa debería ser la política exterior, que marca nuestra identidad en el mundo. De esa ubicación derivan gran cantidad de beneficios o perjuicios, muchas veces poco visibles en forma inmediata, para los países.
Un valor intangible como la reputación, que tiene consecuencias prácticas muy concretas en el terreno económico, depende en gran medida de cómo perciben las demás naciones a un determinado país. Sin embargo, los gobiernos populistas argentinos
parecen no comprender esa importancia. No privilegian los intereses permanentes de la Argentina, con una visión de largo plazo, sino que creen que la política exterior es un capítulo menor de la política interna.
Por eso, sus gobernantes, cuando hablan de temas de carácter internacional, están pensando solamente en la repercusión que sus palabras tendrán en tal o cual sector de nuestro país. A eso se suma la superposición de funcionarios con muy distintas orientaciones ideológicas y un presidente que navega entre todas ellas sin ningún rumbo claro, como un autómata que repite consignas vacías y que simula que es un actor de relieve en el plano internacional mientras hasta sus amigos admiten que ha sido desplazado en los hechos de las funciones de gobierno.
En este marco, el más reciente ejemplo de desvarío es la defensa que el embajador argentino en Venezuela ha hecho de la postura del gobierno venezolano en el tema del avión secuestrado. Poco importa si la justicia argentina obró correctamente o no, aunque todo indique que sí. Lo que importa es que el Poder Judicial una de las partes que componen las autoridades de la Nación establecidas por la Constitución Nacional y que, además, el Poder Ejecutivo, con o sin vocación de hacerlo, ha obrado en esto conforme a las decisiones judiciales.
¿Cómo puede ser, entonces, que un embajador argentino declare públicamente que lo que ha hecho su gobierno está equivocado? El embajador Oscar Laborde no debería permanecer un minuto más en sus funciones. En lugar de representar a
la Argentina ante Venezuela se ha transformado en otro de los voceros del chavismo y no ha vacilado en criticar al gobierno al que debería representar. Pero sigue en su puesto, con el firme sostén del Instituto Patria, mientras otros sectores del gobierno mendigan la ayuda económica de los Estados Unidos. Una esquizofrenia política que solo puede terminar mal.
Dr. Jorge R. Enríquez
Ex Diputado Nacional – Presidente Asociación Civil JUSTA CAUSA
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