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El Congreso y la fábrica de hacer chorizos

Quien quiera entender el verdadero sentido de lo que significa la democracia debería leer, antes que títulos provocadores en periódicos locales “políticamente correctos”, un poco de historia norteamericana y La Democracia en América de Alexis de Tocqueville.

El Congreso no es una fábrica de hacer chorizos, cuya eficiencia algunos definen como el cociente entre las leyes aprobadas y el gasto realizado. Decía el Diputado Nacional Gregorio de Laferrere, conocido por su sarcasmo y sentido del humor, al responder críticas de la prensa en 1902 que le reprochaba que cobrara su dieta ante los faltazos permanentes, que por el contrario “deberíamos cobrar más por no venir, así no escribimos tantas pavadas”.

Muchos de los que trabajan en el Congreso -somos bastantes más de lo que la media de la sociedad cree- se sorprenden cuando leen o escuchan este tipo de manifestaciones matemáticas y generalmente callan en público, pero otorgan por lo bajo. Por otro lado, aquellos que no trabajan -es innegable que el Congreso ha duplicado sus recursos humanos respecto de los noventa- no leen los medios y por lo tanto no se enteran de la punzante crítica, aunque el diputado Laferrere haya quedado fuera de este grupo por leer en exceso.

En consecuencia, cierta prensa deja al Congreso así, en su totalidad, institucionalmente degradado a nivel tal que muchos ciudadanos justificadamente enojados que leen esas interesantes ecuaciones aritméticas dan por sentado, como una verdad revelada, que el Congreso no sirve para nada y que sería mucho mejor librarse de tan “costosa” institución y así hacer más feliz al pueblo, aunque no tanto a los periodistas acreditados ante el Congreso, que perderían sus trabajos. Es allí donde cobra una importancia relevante lo escrito por Tocqueville y también lo manifestado por Laferrere.

Hubo épocas muy cercanas, donde la crítica recaía en lo que se denominaba la escribanía de gobierno, que consistían en que el oficialismo tenía mayorías tales que todo lo que el Gobierno ponía en la mesa de discusión salía aprobado. Otras épocas en donde el oficialismo tenía tan escasa representación que necesariamente debía “negociar” con la oposición para aprobar algo. Y por ello era severamente criticado ya que, decían, “con ellos no se negocia nada, o son parte de ellos”.  Ahora surge una nueva modalidad: la paridad de fuerzas es la “culpable” de la parálisis del Congreso, argumento que muchos encuentran apetecible para dar de baja este Poder de la Republica.

 En el Congreso se trabaja y se discute de diversas maneras, en comisión, en recinto, presentando proyectos, aprobando, desaprobando, dando y restando quórum llegado el caso, en fin, midiendo fuerzas en la definición de cada política pública. Cuando los números no dan para aprobar o rechazar un proyecto significa que el pueblo por medio de sus representantes ha decidido cual es la mejor opción. Esa es la regla democrática que tanto costó conseguir.  No es un defecto del sistema republicano que el Congreso esté paralizado por la paridad. Es la expresión de la democracia donde la misma paridad llama a la reflexión de los miembros del Congreso a esforzarse a encontrar un camino común.

No aplica en ese caso el “que se vayan todos”, sino más bien interpela al legislador para que profundice la discusión en procura de alcanzar al bien general.  Sería algo así como “sigan paralizados, no saquen leyes que ya arruinaron a la Argentina, sigan discutiendo las 24 horas del día y de la noche, durante todos los meses que sea necesario, pero hagan las cosas bien”. Eso sí sería positivo.

Lo mejor, en algunos casos, es enemigo de lo bueno. Cualquier idea, por buena que sea según la teoría, es buena en función de que pueda o no ser realizable. Mientras el Congreso esté en funciones y rija la división de poderes que exista la discusión de todo tipo es la realidad posible y lo mejor que nos pueda pasar como ciudadanos. Si hay algún camino superador, que se ponga sobre la mesa de la discusión.

Enrique Pinedo. Lic. en Economía

Asesor Parlamentario