Inflación

Inflación: el caso de un país que la controló y que puede ayudar a la Argentina

Israel venció una situación similar en el 2011, pero sólo con un acuerdo político, antes de medidas puntuales. El rol de su clase política y las enseñanzas para el país

Carlos Burgueño
Carlos Burgueño viernes, 15 de abril de 2022 · 14:07 hs
Inflación: el caso de un país que la controló y que puede ayudar a la Argentina
Foto: Maximiliano Ríos/MDZ

Los datos del marzo fueron demoledores y la proyección inflacionaria para el 2022 asusta. Los privados hablan de un piso de 60% y algunos ya se aventuran a adelantar un 70%, o más. El Ejecutivo aún defiende la meta del 50%, argumentando que el segundo semestre del año la presión sobre los precios descenderá. Ante el panorama el Gobierno apunta a una ampliación de los operativos de controles sobre las empresas privadas, especialmente las dedicadas a la producción de alimentos, bebidas y bienes de consumo masivo. Desde el kirchnerismo se reclaman aún más medidas, y presionar sobre retenciones a las exportaciones de productos primarios y aplicación de leyes temerarias como las de abastecimiento y góndolas. Incluso gobernadores como el bonaerense Axel Kicillof saben que es la de tomar cartas en el asunto, y avanzar en controles extremos propios.

 Las empresas, o al menos parte, creen que hay una persecución y búsqueda de culpabilidades para no asumir las verdaderas responsabilidades del estado nacional. Evidentemente hay un problema y una grieta. Otra más. Surge entonces la pregunta. Ante el panorama, y dado que evidentemente ha pasado la suficiente cantidad de tiempo como para reconocer que los expertos locales no son capaces de solucionar un problema que acumula décadas de daño a la economía, ¿no sería el tiempo de analizar otros ejemplos históricos de otros países y pueblos que lo lograron?. Por ejemplo el israelí.

La Revolución del Cottage de 2011. Así se llamó en Israel a la revuelta popular de agosto de ese año, que cambió radicalmente, y para mejor, la economía del país. Luego de la primavera árabe y de la crisis de 2008, y cuando se pensaba en Israel que el malestar general estaba controlado, el 5% de la población salió a la calle (unas 500.000 personas) -y no por el eterno conflicto en los más de 70 años de historia del Estado  con los vecinos árabes-, sino por un disparador inusitado. 

Los israelíes salieron masivamente de sus hogares a protestar por una serie de notas periodísticas donde se mostraba que el queso cottage (el preferido de las mesas familiares locales), costaba en el país 35% más que en Europa. Y que la explicación era que el proveedor israelí era una empresa láctea monopólica llamada Duva, propiedad de una de las familias empresarias fundadoras y que tenía al mercado interno cooptado (dominaba el 90%), con la prohibición explícita de importar, subsidios del Estado y créditos blandos. Y además, se descubrió, evadía impuestos.

La indignación se generalizó y provocó que comenzaran a discutirse todos los precios de la economía local, incluyendo los servicios públicos, los celulares, los alimentos y bebidas, los combustibles y el transporte. Si bien el IPC israelí no se disparó a los niveles hiperinflacionarios de comienzos de los 80; la sociedad estaba convencida que no quería volver a experimentar aquella zozobra y le exigió a la clase dirigente de su país medidas urgentes.

El Gobierno advirtió que en todos los casos fue que el costo local de proteger a unas 20 familias que dominaban todos los sectores era de pagar sobreprecios de entre 20% y 35% promedio a los mercados europeos. Y, lo peor, la respuesta de las autoridades nacionales (el jefe de Estado era Benjamín Netanyahu), era de justificar los precios y pedirle a la población que colabore y no proteste.

La respuesta fue que la elegantísima avenida boulevard Rothschild se copó de gente y que la clase media hizo su primera protesta masiva en la historia del país. A partir de allí el clima cambió y la situación derivó en lo que la economía israelí muestra en la actualidad. De una inflación del 350% en los '80, bajó a menos del 2%, o como los últimos años, llegó a la deflación. En 2020, año de pandemia, los precios cayeron 0,7%; fenómeno explicado por la caída del consumo por la cuarentena obligatoria.

El crecimiento se mantiene en el promedio del 3% anual y hay déficit fiscal y comercial que deriva en la "enfermedad holandesa". Esto es, un ingreso de divisas que termina siendo perjudicial para la economía. El nivel de ingresos llega ya al de un país europeo y el nivel de vida se lo compara con Bélgica y Holanda. Por caso, ya superó a España. El Estado israelí toma deuda al 2% anual, y cualquier empresa con los papeles en orden puede conseguir crédito a 10 años a menos del 3%. Un crédito hipotecario para una familia tipo con niveles de ingresos medios cuesta 5% total, incluyendo comisiones y los intereses pueden descargarse de ganancias.

Luego de la crisis de 2011 los precios generales en la economía bajaron un 5%, con casos testigo como los taxis (20%), celulares (80% en cuatro años), transporte en general (10%) y esparcimiento (20%). Esto sin bajar la presión impositiva que, los israelíes, consideran muy alta. Esta se basa en el tributo a las ganancias y llega al 35% promedio con un tope de 45% para los salarios altos. El IVA se ubica por ley en 12% y no existen tributos criollos como el impuesto al cheque, ganancia mínima presunta o ingresos brutos o a los activos. De hecho, cuesta explicarlos a tributaristas locales sin que pongan cara de horror.

Al analizar la distribución del presupuesto local, curiosamente, el principal ítem no es defensa (que ocupa el segundo lugar y es clave en la seguridad del país), sino educación. Ese es el sector donde el Estado destina más recursos. Y, a diferencia de la Argentina, el principal capítulo de educación explicado en el presupuesto es "inversión en infraestructura". La explicación es simple: modernización permanente de los colegios e inversión en tecnología de última generación. Luego, en segundo lugar según el dinero del presupuesto, aparecen los sueldos de los docentes y no docentes.

Israel tiene crónico superávit comercial. Dato curioso en un Estado que debe importar casi la totalidad de sus alimentos y la energía ya que, como ellos mismos lo definen, es el único desierto en Medio Oriente sin petróleo. Con euforia se anunció el año pasado que Israel encontró gas y que demandará unos tres años poder extraerlo. Hasta tanto, también habrá que importarlo.
Muchos de los empresarios plantean como otro activo la velocidad de acción del sistema judicial. Se habla de un promedio de seis meses para resolver cualquier discrepancia entre privados o privados y el Estado que deba resolverse en la Justicia. Esto incluye casos de evasión impositiva y corrupción, hasta disputas por "dumping" o cualquier discusión por desinteligencias entre privados.

Las reservas del Banco Central de Israel, donde Mario Blejer fue alguna vez director, superan los u$s150.000 millones, lo que derivó en un problema de nuevo encarecimiento de la moneda local y de sobreapreciamiento de la economía. De hecho, Tel Aviv es hoy la séptima ciudad más cara del mundo. Es además una de las sedes mundiales de las monedas virtuales, con el lanzamiento exitoso por ahora de una bitcoin con reservas en diamantes, para evitar la especulación financiera. Además, aseguran, cada inversor es controlado para evitar que el dinero que llega a la criptomoneda provenga del lavado de dinero u otros delitos comerciales.

Tel Aviv y su "city", son una de las pocas plazas financieras donde las casas de cambio tradicionales permiten las operaciones con este tipo de monedas virtuales. Israel está calificada como una economía 100% en blanco. Pero no siempre fue así. Se estimaba a mediados de la década del 80, que la evasión superaba el 40%, un nivel aún mayor al que detentaba Argentina en esos años. Hoy, se menciona, está realmente mal visto el empresario de cualquier tamaño que maneja parte de su economía en negro y el usuario, consumidor o incluso empleado que lo permite. Al que es acusado por estos delitos, es señalado por la sociedad, directamente, como un antipatriota que priva a la nación de recursos para la defensa y la educación. La sociedad es la propia policía de los precios, sin necesidad de intervenciones directas de los gobiernos.

 

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