ver más

Análisis del discurso: entre la eficacia y el error de cálculo

No fue un discurso, sino que fueron dos. Sabemos que han intervenido varias manos en su armado, pero a dónde apuntar y de qué modo es obra de Alberto Fernández, sin duda.

Al presidente se lo notaba satisfecho con su propio discurso. Si el discurso produce el efecto que se corresponde con la intención del enunciador es un discurso eficaz desde su punto de vista. Pero observando luego el curso de los acontecimientos, bien podría ser que no contribuyera a lograr lo que se pretendía. Eso es un error de cálculo político: equivocarse de objetivo o escoger mal los medios discursivos para alcanzar ese objetivo.

No fue un discurso, sino que fueron dos. Sabemos que han intervenido varias manos en su armado, pero a dónde apuntar y de qué modo es obra de Alberto Fernández, sin duda.

El primer discurso contextualizó la situación de la Argentina en un "momento histórico", "bisagra", en el mundo. La invasión de Rusia a Ucrania y la pandemia. De hecho, el discurso arrancó con un minuto de silencio por las víctimas de la guerra y del covid. Ese gesto inicial fue bien recibido por la asamblea, a pesar de que se acusa al gobierno de no haber condenado expresamente la invasión. De hecho, los legisladores de Juntos por el Cambio habían colocado banderas de Ucrania en sus sillas.

El repaso de lo actuado durante la crisis de la pandemia fue precedido por una negación de que "no es un decálogo de excusas" para el gobierno y por la exigencia de no politizar la mayor crisis de la historia argentina. Algunas frases sintetizaron lo que se experimenta como una respuesta adecuada a una situación que "llenó de temor a todo el planeta" y que hizo descender los indicadores de desarrollo globales.  "Nadie quedó sin atención" y "el sistema de salud no sufrió saturación" ni aún en los peores momentos, fueron esas frases. 

Afirmó que la realidad argentina tiene dos caras: la crisis por la pandemia y la crisis económica heredada, por un lado, y los logros tanto sanitarios como económicos, por otro. Sería un error quedarse con uno sólo de esos lados. El repaso de logros en covid fue persuasivo: la mayor campaña de vacunación de la historia, haber llegado a una inmunidad que permite augurar que "los momentos más duros quedaron atrás". El repaso de logros económicos, aunque inflado desde el discurso, bien mirado es mucho más modesto. El crecimiento del PBI del año más crítico de la pandemia al siguiente, o la reactivación de la obra pública y de la construcción aún muy incipientes. Por ejemplo, el crecimiento del empleo formal y la baja en la desocupación se compararon sólo en un lapso de tres años. Aunque el Presidente destacó la iniciativa del Estado, los logros más notables fueron los del sector privado: cosechas récord en el agro, ocupación plena en los lugares de vacaciones en turismo. Incluso el crecimiento en la recaudación y en las exportaciones hay que atribuírselo a las empresas, apenas mencionadas. 

Ahí empezó el segundo discurso. Claramente dirigido a persuadir al kircherismo y a polemizar frontalmente con el Pro. Lo contradictorio es que empezó con un párrafo referido a la humildad, a la necesidad de que la dirigencia se una y a criticar la polarización política. El segundo discurso, sobre el acuerdo con el FMI empezó contando cómo se llegó a la deuda por 57 mil millones de dólares, con condiciones "sin precedentes en la economía mundial". Aquél acuerdo, denunció, no pasó por el congreso y el dinero fue usado para evitar la fuga de capitales, no para fortalecer las reservas. En el país, en cambio, "no quedó nada, ni un puente".  

Sobre el actual acuerdo, pendiente aún de formalizarse, es "el mejor acuerdo que podemos conseguir". Estamos "con la soga al cuello", con "la espada de Damocles", sin acuerdo "no podemos construir certezas". Este permite, según dijo el Presidente, incremento de gasto en todos los programas. Y a continuación respondió a todos los temores del kirchnerismo por vía de negación, que siempre supone la vigencia del enunciado que afirma lo contrario: "No habrá ajuste", "no habrá reforma previsional", "no habrá reforma laboral". 

También prometió que se acabaron los tarifazos, aunque inmediatamente habló de la segmentación para aumentar las tarifas de gas y electricidad y de recuperar una ley para poner topes. Prometió seguir buscando que la Justicia investigue las responsabilidades sobre al acuerdo por parte del gobierno anterior. A esta altura los legisladores del Pro se habían retirado y no escucharon cuando dijo que se trataría del acuerdo de la Argentina toda. 

Lo que siguió a continuación fue una larga lista de objetivos y proyectos de ley, sólo enunciados de promesas por ahora, que difícilmente se puedan cumplir en el tiempo de descuento político que le queda a la gestión de Fernández. Salvo por una acusación a la Corte de complicidad judicial con el poder económico al demorarse en resolver una medida cautelar que protege a las empresas de servicios públicos y la alusión a la necesidad de discutir en el congreso la conformación y las funciones de la Corte, esa parte del discurso fue distendida e incluyó el anuncio de medidas referidas a la equidad de género en las tareas de cuidado y los derechos de las personas con discapacidad y la realización del Censo.

De modo que habrá que esperar si el discurso le ayuda a traer de nuevo a La Cámpora y otros segmentos kirchneristas a la gran avenida del proyecto político de las mayorías, de cara a 2023 para que avalen el acuerdo con el FMI o si, más previsiblemente, termine de definir el contra del acuerdo a la oposición y este no consiga el aval del Congreso. A juzgar por el discurso, lo que queda de gobierno de Fernández depende completamente de acordar con el FMI.