La sequía de ideas y las peleas que inmovilizan a la provincia
Mientras era presidente de Estados Unidos le preguntaron a Ronald Reagan si le había servido de algo ser actor para ejercer el cargo. Su respuesta fue una de las frases más extraordinarias de la política moderna. Reagan dijo que no entendía cómo otros hombres habían logrado ser presidentes sin ser actores. Es decir, dio vuelta el argumento y puso casi como requisito ineludible para ejercer el poder el hecho de saber actuar, ese arte de construir personajes, simular y construir historias verosímiles para la audiencia. Para gobernar, hay que saber actuar.
El arte de la simulación es frecuente en la política, pero los actores que la ejercen no siempre tienen el talento para sonar verosímiles. De nuevo: verosímiles; no reales.
En Mendoza, el Gobierno busca mostrar una idea de control que, en la realidad, no es tal. No porque se escondan problemas dramáticos, pero sí se disimula el constante deterioro que, por goteo, tiene la provincia a nivel social, económico e institucional. Hay una actuación en cuanto a contar lo que pasa y también puertas adentro del manejo del poder, donde se camuflan los conflictos internos que afectan a la gestión.
Los datos ya empalagan por la redundancia; caída del empleo privado que lleva más de una década, una economía que patina y falta de caminos hacia futuro. La nueva combinación entre el desinterés de la Nación en la provincia y el abandono de cualquier reclamo o acción positiva para revertir esa situación, suma problemas. Mendoza está en la cola de reparto de recursos, mucho más en los fondos discrecionales, a contramano de lo que ocurre con Buenos Aires (provincia perjudicada como Mendoza en la coparticipación, pero compensada de manera brutal por Mauricio Macri y Alberto Fernández en los últimos años a través de fondos “a sola firma”.
El oficialismo mendocino resignó cualquier tipo de vínculo y reclamo hacia la Nación por la falta de recursos, la demora en la "atención" y el acompañamiento. Tampoco funciona para el bienestar provincial el vínculo directo que tienen otros dirigentes, principalmente Anabel Fernández Sagasti. La senadora es la dirigente más influyente y tiene línea directa con todo el Ejecutivo y el Instituto Patria. Claro, tampoco tiene hoy responsabilidad ejecutiva. “Siempre ha ayudado y la llaman hasta los intendentes oficialistas. Pero si el Gobernador no activa no puede hacer más”, argumentan en su entorno.
La provincia está en el fondo de la tabla de casi todos los indicadores. La inversión real directa cayó más del 60% en los últimos años y las actividades productivas que solían ser un motor, se desinflaron. En el sector privado la industria petrolera no repunta, en el público la inversión en infraestructura también está en una pendiente tenue y con recursos congelados.
Curiosamente también en la última década a quienes han tenido o pretendieron tener el control de la provincia no les fue tan mal; éxitos individuales, fracasos colectivos.
Sequía de ideas
El problema ambiental más grave de Mendoza es la sequía, la falta de agua que repercute a nivel humano y productivo. Pero el factor humano que más influye es la sequía de ideas y de proyectos colectivos.
Si se analiza desde el punto de vista del poder es más claro. Rodolfo Suarez llegó al gobierno con una alianza política que le generó comodidad. Alfredo Cornejo lo eligió, pactaron no romper las reformas que se habían impulsado desde 2015 y construyeron un gabinete y una estructura compartida, pero con desequilibrios. Cornejo mantiene el poder en la gestión del Ejecutivo, lo mismo ocurre en el Poder Judicial con la supervisión de lo que pasa en la Corte, el Ministerio Público y hasta los colegios profesionales. Lo mismo con los organismos de control y cada lugar donde se dirima algo relacionado con la cosa pública.
Suarez parecía cómodo con ese escenario, pero lo que era un tránsito sin problemas, se transformó en un conflicto que, en muchos casos, inmoviliza. Suarez no lo dice, pero se molesta con su mentor. Cornejo, con las energías puestas en la construcción nacional, no coincide con el modelo de gestión, no lo expresa públicamente pero sí en acciones que minan el camino (como ocurrió con la visión sobre Portezuelo del Viento).
Las peleas que se vienen también serán bajo tierra, pero intensas. Cuando firmen el certificado de defunción de "la obra del siglo" la puja por el destino de los 1.023 millones de dólares no será pacífica. El "plan hídrico" que se presentará tiene un cupo obvio en Irrigación y Aguas Mendocinas, pero otros ítems en los que cada dirigente intentará llevar recursos para su lado.
El doble comando (por un lado, la gestión y, por otro, el poder) afecta la vida cotidiana. Suarez no ha logrado aún que los intendentes, que duermen sobre un colchón de recursos, lo ayuden y pongan algo de sus ahorros en función del bienestar general y no solo de la “nómina salarial” de cada comuna. En otros tiempos la respuesta, aseguran, hubiera sido más automática. Hacia el 2023 aparecen otros puntos de tensión en el oficialismo, aunque por ahora con alguna timidez pública. Y tiene que ver con la disputa del control de las decisiones en Cambia Mendoza y el radicalismo.
Mendoza, mientras, sigue viviendo de la gran simulación.