Messi, tan nuestro como la celeste y blanca y las arepas
Particularmente, desde hace más o menos un par de años vivo como si estuviera en Caracas. Al departamento del primero, encolumnado con el mío pero un par de pisos debajo, se mudó una familia venezolana. Desde entonces, todas las charlas familiares, la cotidianidad del hogar, las llamadas telefónicas, las reuniones festivas y las melodías populares que llegan hasta el tercero tienen otros colores. Lo mismo pasa con el aroma de sus comidas.
Siempre, o casi, me resulta divertido, enriquecedor. Si lo más interesante de los viajes es la interacción con la gente y la multiexperiencia cultural, yo estoy viviendo una a pleno sin moverme de Parque Chacabuco. Digo casi, y no siempre, porque a veces percibo que podría haber sido raro en los zooms pandémicos en los que no usé auriculares y micrófonos para filtrar el sonido. Algún potencial cliente pudo haber salido confundido con el son de mi espacio laboral y sospechar que también atiendo un call center.
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Aprendo muchas cosa de ese fragmento de Venezuela extrapolado a Buenos Aires. La música, por ejemplo, se disfruta mucho más. No es algo que se pone para escuchar sino para cantar y gozar, sobre todo en los aniversarios. Nada de empujar con fatiga las estrofas de un feliz cumpleaños desacompasado; mucho menos de mover la boca sin emitir sonido o susurrar bajito. En las celebraciones todos cantan con un fervor gozoso que también sube por las paredes despintadas. Se puede adivinar que, en esos días especiales, entre comidas típicas, visitas y canciones, la patria se acerca un poco más al lugar de exilio de ese grupo compuesto por un matrimonio, un chico de unos cinco años y una abuela muy joven.
Además, y aunque no pueda demostrarlo con rigor, apostaría que ese nene, educado con muchas pautas y límites, es uno de los que más veces escucha en el mundo la frase que resuelve todo: “Te amo”. La “venezolanía” de ese hogar era absoluta, monolítica. El sábado percibí una fisura. Me di cuenta de algo: el chico cantaba las canciones de nuestra hinchada en el Mundial y se alborota con las apariciones de Leo Messi en la pantalla. No voy a poder ser original al recorrer los puentes architransitados que unen las orillas del fútbol y la identidad. Todos los colegas vinculados a la comunicación y la publicidad lo descubrieron hace mucho, mucho tiempo. Poco antes, también en el marco de Qatar 2022, tuve por esto mismo una discusión con mis amigos de la secundaria aunque en sentido contrario. Algunos la percibían mancillada después de la impensable caída frente a Arabia Saudita.
¿Por qué no nos duelen o sublevan del mismo modo derrotas colectivas que, sin dudas, tienen más impactos en la vida cotidiana como la inseguridad, la inflación, la corrupción, los problemas educativos, la burocracia que solo traba, la falta de atención en salud, entre tantas otras frustraciones? Los caminos para encontrar esa respuesta son sinuosos, resbaladizos. Todo indica que vale la pena encararlos para que esa sensación de íntima satisfacción, de comunidad, de lazo que vence a la soledad y nos hace pertenecer a una corriente común no aparezca solo cada cuatro años.
Mientras tanto, sigo forzando mi memoria para que recupere, una y otra vez, esa caribeña voz infantil que adivino saltando frente a un televisor: ¡Esta es la banda loca de la Argentiiiinaaaaa!!!
* Alejandro Perandones, periodista y analista de comunicación. Ig: @aleperandones