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El mensaje mundialista para la política: ninguno es tan bueno…

“Ningún jugador es tan bueno como todos juntos”, la frase del ex jugador, el fallecido Alfredo Di Stéfano, resonó cada vez que pensamos en la Selección argentina que desde ayer es campeona del mundo. Para la política argentina, que apuesta a los personalismos, puede ser un buen mensaje.
La selección argentina festejando. Foto: Twitter Selección Argentina
La selección argentina festejando. Foto: Twitter Selección Argentina

Enfrente de la plaza de Godoy Cruz, en medio de los festejos ruidosos y coloridos del histórico domingo a la siesta, un cartel se veía a medias, colgado entre dos árboles frondosos: “Ningún jugador es tan bueno como todos juntos”, decía la inscripción con letras negras con la cara del Diego y un dibujo de las islas Malvinas a su lado. La frase del exjugador, el fallecido Alfredo Di Stéfano, resonó durante todo el Mundial de Qatar 2022 cuando pensábamos a nuestra selección, hoy consagrada como campeona del mundo.

Es difícil y hasta antojadizo traspolar el fútbol a la política. Aunque tienen tantos puntos en común -desde el vínculo de la dirigencia con las hinchadas; hasta el fomento a los clubes de barrios; los políticos fanáticos de clubes que dejan sus tareas para alentar al club de sus amores- el fútbol no deja de ser un deporte. Y la política, es otra cosa, quizá en gran parte la responsable de eso que el DT argentino, Lionel Scaloni, nombró hace varias conferencias de prensa: "Que el sol salga todos los días”.

La mítica frase de Di Stéfano, que para muchos describe a la selección: un Lionel Messi fascinante como nunca antes fue visto en un Mundial; Emiliano Martínez, el Dibu, atajando de forma brillante y siendo decisivo a la hora del resultado del partido; Julián Álvarez, riendo mientras corría una cancha completa para marcar el gol esperado y el resto de los jugadores titulares y suplentes llenos de virtudes hasta completar el plantel. Más podemos decir sobre el cuerpo técnico: Scaloni, sencillo, concreto, generando la unidad y la confianza en el seleccionado y sus compañeros, como el respetado Pablo Aymar, son sin duda parte de “lo bueno que son todos juntos, mucho más que cualquier individualidad”.

La política argentina en cambio, tiene desde hace muchísimos años -¿o quizá desde siempre?- la característica contraria: el personalismo. Mendoza y sus municipios no son ajenos a esa distinción: de los apellidos de muchos gobernadores surgieron “ismos” para referirse al grupo de sus alfiles. Ni hablar a nivel nacional: el kirchnerismo, el cristinismo, el macrismo. Muchos de los intendentes mendocinos, en tanto, fueron durante muchos años nombrados como “caciques”, con todo lo que eso denota.

Pero además, en la previa del año electoral, muchos de los jefes comunales que no tienen reelección en 2023, cuentan con un problema: la sucesión. Y varios casos, independientemente del color político, no encuentran a una persona para proponer como candidata para el año que viene y se ven amenazados por la posibilidad de que los opositores tengan a alguien “fuerte” que pueda ganar el año próximo. Es que no pueden trasladar sus propios votos, o su imagen positiva a otra persona de su equipo porque nadie la conoce lo suficiente, o no implica garantía de continuidad para la ciudadanía.

Tener una mirada ilusa en política no sirve para nada. Sabemos que es necesario contar con dirigentes con poder de decisión para hacer, quizá lo que la política genuinamente desea: transformar la realidad. Pero sin duda, empoderar dirigentes políticos que sean capaces de jugar de titulares o de suplentes, de acuerdo al caso, puede ser un camino diferente que nos lleve a resultados o destinos distintos. Porque en este caso, ganar un torneo esperado no implica levantar una copa y festejar, sino asegurar una mejor cotidianidad para miles de personas.

Las encuestas de imagen de políticos que se hicieron este año, arrojaron una particularidad, sin depender de quien las arme o las encargue: una apatía social generalizada con todo aquello que implique “la política”. La selección, en cambio, con quien tanto tiempo hemos sufrido la dicotomía ilusión/ desilusión encanta desde el comienzo del Mundial. “Muchachos, ahora nos volvimos a ilusionar”, gritaron las calles ayer y ese nuevo himno también se entonó en recitales, juntadas, redes sociales.  “Las finales que perdimos,cuántos años la lloré”, sostiene nuestra nueva canción futbolera y sin embargo, la fe volvió. El camino para volver a enamorar en política, quizá deberá ser más tangible,más de a muchos, menos de dioses terrenales que vienen a prometer bellos milagros, que aunque nos los merecemos- como dice el Indio Solari- nunca ocurrirán.