Precuela: apuntes de una Argentina posible
¿Qué tienen en común el fútbol, un hecho artístico y la política?
Se podría caer en la tentación de decir que toda manifestación artística es política, que la política es el arte de lo posible o, cómo no, que el fútbol muchas veces está teñido de política y, vaya que si lo sabemos, muchas veces es arte.
Sin embargo, en principio, no va por ahí. Más bien se trata de sensaciones, o un conjunto de ellas, que parecían adormecidas. Tapadas, olvidadas por una realidad que no da respiro, que nos hace muchas veces, compadecernos de los cronistas que deben dar a diario las noticias.
Primer acto
Empezó con una escapada al cine, casi como una obligación, a ver “Argentina 1985”. La expectativa era inmensa y las ganas de verla no resistían esperar el tiempo del streaming. Primer gran acierto. Debo confesar cierta desilusión que, como militante radical, me producían algunas escenas. Muchas omisiones y alguna imprecisión que no parecía azarosa. Pero con detalles magistrales, llena de guiños, humor y una tensión que aunque sabíamos la historia, se mantuvo durante todo el tiempo. Cualquier error, voluntario o no, cualquier reproche que pudiera tener como espectador, se desvaneció en el momento del alegato del fiscal. No sólo por la gigante interpretación de Darín sino fundamentalmente, por la respuesta del público al terminar de pronunciar el “Nunca más”. La respuesta de todos, de pie, aplaudiendo, con lágrimas en los ojos, gritando, vivando, vibrando.
Segundo acto
Los que amamos el fútbol sabemos que, aunque disfrutamos y nos maravilla el “jogo bonito”, ganar un campeonato en la última fecha te cambia el humor. Aunque se haya jugado mal, feo y con lo justo, ver a tu equipo campeón te anima y te sirve para relajar un poco. Divertirte a expensas de tus eternos rivales y comenzar esa tradición de chicanas cruzadas, memes y cobro de apuestas simbólicas. La particularidad, en este caso, fue que se cruzaron los rivales de toda la vida y esto le agregó suspenso. No por lo deportivo, sino por la cantidad de suspicacias y especulaciones que se tejieron, no sin razón, sobre las posibilidades de perjudicar a sus eternas némesis, sólo con jugar “a reglamento” o, sin eufemismos, jugar a menos.
La sorpresa fue mayúscula e inesperada. No solo no entregaron los partidos para perjudicar a los otros equipos, sino que fue un despliegue de garra, buen fútbol y tensión hasta el final. Fútbol como nos gusta. Pero, por si faltaba algo, el técnico de River, el verdugo de Madrid, al que le poníamos motes por “arañar”, el fruto de nuestros sentimientos de envidia deportiva más ocultos, declara después del partido que era el último como DT, que estaba feliz por el resultado, que era lo que tenía que ser y fue. Que estaba orgulloso de sus dirigidos.
Tercer acto
Entre tantas discusiones que a veces se extienden más de lo necesario, de chicanas, y recriminaciones cruzadas en la gran plaza pública de Twitter, de sesiones donde la compostura a veces deja paso a las descalificaciones, el Ejecutivo presenta un proyecto para reformar el funcionamiento de la Suprema Corte de Justicia. Opinan propios y ajenos, Opinan por los medios ministros a favor y en contra. Diputados a favor y en contra. Funcionarios y dirigentes, en esa distonía. Los números dan. La aritmética de las mayorías es bastante implacable pero no siempre es la mejor consejera. En el medio, la gente, una provincia que intenta navegar el temporal de un país sin timón y problemas que no por urgentes, dejan de ser importantes. Parece que vamos rumbo a una crisis institucional. Por más que la suma de las voluntades den, los resultados no se avizoran como un haber.

En ese contexto, la política, la buena política, aparece. Quienes alzaban la voz denunciando intereses ocultos lo hacen para proponer diálogo. Aquellos que no oían razones plantean razonar en conjunto. Comienza a funcionar el mecanismo virtuoso. Cruje un poco porque hace mucho que no se usa, pero funciona. Y todos los engranajes encajan como una pieza de relojería. Las instituciones funcionan. Cada Poder hace lo que tiene que hacer y, juntos, se evita la crisis tan temida.
Volviendo a la pregunta inicial. ¿Qué tienen en común?
Mucho. La comunión entre la obra, el público y la historia, que hizo olvidar cualquier tipo de grieta aunque sea por un instante, el del aplauso. O la complicidad de los guionistas, el director y el público en no mostrar al presidente Alfonsín, no hacerlo explícito, pero si transformarlo en omnipresente. Porque no hace falta ver a alguien que lo interprete. Ya todos los conocemos, todos sabemos que está ahí, y por no estar, está siempre. En esa sala, en esas salas, todos lo sabemos y todos estamos atravesados por ese lazo, ese vínculo de ser parte de algo más grande que nuestras individualidades y broncas. Esa misma pasión, que atraviesa fronteras ficticias y no tanto, parece emerger del fútbol. Pero, esta vez, no como una parcialidad. No para celebrar el título. No para poder gastar al rival sino para aplaudir de pie. Si, de pie señores, para celebrar al fútbol y al técnico del adversario por dar un ejemplo de todo lo que alguna vez nos enseñaron en la escuela. De la decencia, del orgullo deportivo, del respeto hacia el rival y hacia el deporte.
Quizás es antojadiza y forzada la comparación, pero escribirlo y describirlo según uno lo siente, también lo es. Los consensos logrados, la aprobación de las modificaciones y cómo se encaminó algo que parecía estar destinado al conflicto, me llena de orgullo y me permite seguir apostando a la construcción. Desde el disenso, las diferencias y las críticas, pero construyendo. Me permite tener la esperanza que podemos encontrar nuevos acuerdos que esperan. Que nos esperan. En educación, producción, empleo y en todos los temas cruciales para la vida de nuestra provincia. La nuestra y de nuestros hijos. Cada vez más cerca del juntos.
¿Cómo se llama la película?
Apuntes de una Argentina posible.


