La ciudadanía puede sanar una crisis que la pandemia agravó
Hay mayor pesar y sufrimiento físico, espiritual, emotivo, económico, relacional, sanitario. La pandemia nos ha sumido, hace más de un año, en una vida cotidiana inesperada, restrictiva, dolorosa e incluso más confrontativa. Lo que ocurrió este mes es significativo: en la etapa que debían estar destinados a la prevención, no llegaron las vacunas y la segunda ola golpea con dureza. Mayo es el mes con mayor cantidad de contagios, muertes y personas internadas desde que se inició la pandemia en marzo del año pasado. Por eso se recurrió nuevamente a un confinamiento total que profundiza otros problemas.
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El problema no es solo sanitario. Para muchos compatriotas la situación actual significa un deterioro enorme en sus condiciones de vida. Hay millones de argentinos que perdieron el empleo, para quienes sus ingresos no alcanzan a cubrir lo básico y cayeron a niveles impensados. Más del 40% de los argentinos vive en condiciones de pobreza y esa situación afecta a más del 60 % de los niños. Se perdieron empresas, la economía cayó más del 10% y la inflación no cesa.
Tensiones
Todo ello impacta en forma concreta también en la vida política e institucional del país.
Tensión, pelea extrema, falta de comprensión y de diálogo predominan en la conducta diaria de nuestros dirigentes. Es tiempo de reflexión, templanza y prudencia inteligente.
La ciudadanía debe, aún en medio de la crisis y desventura mayúsculas, llevar adelante un sobreesfuerzo. Para sacar adelante a cada familia y también para defender los valores básicos. La situación de emergencia, el miedo y la incertidumbre atentan contra ello. Pero es imprescindible sostener, aún en la fragmentación y desencuentro, la República Democrática, sus instituciones, la justicia independiente.
Debemos bregar por una democracia que nos represente, por el imperio de la ley, por el rescate de valores y principios.
Este requerimiento, que en esta época aparece como extraordinario y sobrehumano, puede ser el despertador y movilizador que no se refleja en la clase política dirigencial.
Debemos conseguir diálogo inteligente, esfuerzo conciliador y búsqueda de consensos racionales. No hay que demorar más esta búsqueda.
La salud física y cívica de los argentinos lo demandan y la República Democrática lo necesita imperiosamente. Que la responsabilidad ciudadana se imponga sobre la pesadumbre dañina del presente pandemico, de dirigentes indiferentes y de la encrucijada dramática actual.

