Una provincia con la autoestima baja y sin que se construya un camino

Una provincia con la autoestima baja y sin que se construya un camino

Desde lo discursivo y lo pragmático, Mendoza no logra hallar un camino que lo saque de la decadencia.

Pablo Icardi

Pablo Icardi

El año 2015 fue muy especial para Mendoza. La crisis política que vivía el Gobierno de Francisco Pérez hizo que tomara una decisión extraña: adelantó las elecciones y generó una transición extensa que también se transformó en tortura. No fue lo único. En esas elecciones resultó electo Alfredo Cornejo, un dirigente que sembró poder desde mucho antes con una estrategia brillante. Primero había ganado el espacio propio en el radicalismo dejándole el camino hacia la derrota a Roberto Iglesias en 2011 y quedándose con el control legislativo y partidario. Luego, con el control de la Legislatura, encorsetó al propio Pérez y en el año de las elecciones logró sumar a toda la oposición en una alianza ecléctica, pero efectiva.

Pero ni siquiera esa estrategia fue lo más trascedente de ese proceso político. Cornejo fue, además, el dirigente político que llegó al poder sin promesas, que usó el diagnóstico dramático de la provincia como plataforma. El hiperrealismo decadente que usó como base discursiva fue funcional para poner de relieve “lo mal” que gestionaba el PJ, karma que a ese partido le dura aún hoy. Incluso la transición de seis meses entre la elección y el 9 de diciembre en que asumió fue para potenciar esa impronta: se bajó la vara de exigencia. De soñar con una provincia mejor, se pasó a intentar apagar los fuegos. En los primeros días de gestión Cornejo lo asumía: sería un gobernado con una agenda “poco sexi”. Era real, pero probablemente el golpe fue mayor.

Es que también, claro, tuvo un efecto general sobre Mendoza. La provincia tenía y tiene la autoestima herida. Motivos no faltan, pues la realidad habla. Hoy, con la pandemia golpeando en el plano económico, social y hasta psicológico, el ánimo no es el mejor. Mendoza camina con la cabeza gacha. Esa idea se trasluce, como comentó MDZ, en el discurso que el gobernador Rodolfo Suarez brindó ayer, con una exageración de coyuntura en la mirada. Mendoza necesita que alguien prenda una luz al final y al menos muestre que hay un camino. No se trata, como dijimos, de generar un discurso fantasioso, volver a la mentira y al realismo mágico. Sí, de una vez, construir un camino.  Las bases no parecen estar sentadas para lograrlo. Incluso en los proyectos de poder que se gestan alrededor de las elecciones de medio término y hacia el 2023.

Más diagnósticos

Suarez no prendió la luz que hace falta, pero hubo, sí, dos improntas relevantes. Por un lado el reconocimiento de la situación social dramática que vive Mendoza, plasmado en los índices de pobreza, y la defensa de la educación como herramienta para contrarrestarlo. Todo en el marco del diagnóstico, claro.

Justamente en ese plano es donde siguen apareciendo alertas. “Al analizar la desigualdad abriendo los principales indicadores según nivel socio-económico, se destaca el progresivo incremento en los hogares de clase media-baja que han pasado a tener al menos 1 carencia. Asimismo, se evidencia un fuerte incremento de la pobreza multidimensional y estructural en los sectores de muy bajos recursos”. Esa es una de las conclusiones del informe sobre Mendoza del Observatorio de la Deuda Social realizado por la UCA. La desigualdad que se profundiza es una de las marcas de Mendoza.  En ese estudio se descubrió que más de un 30 por ciento de la población tiene inseguridad alimentaria o carencias en atención básica de la salud. Y que el hacinamiento es el problema que más rápido crece.

Mendoza tiene, como el resto del país, una evolución regresiva a nivel social, pero con algunas señales menos negativas.

Medido por ingreso, el 44% de la población está bajo la línea de pobreza. Pero además “la pobreza multidimensional alcanzó al 36,7% de la población en el 2020” y la pobreza estructural afectó al 12,4% a nivel de población.

Eso son algunos de los datos emergentes del problema de base: Mendoza no genera riqueza, trabajo, ni nuevas oportunidades. Si la economía cayó casi 10 puntos, si la inversión privada y el empleo no crecen desde hace una década, no se puede esperar otro resultado.

El desánimo, entonces, tiene razones concretas. La salida, debería tenerlas también: construir un camino.

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