La Argentina del juego de suma cero: cuando la apuesta es a perder

La Argentina del juego de suma cero: cuando la apuesta es a perder

El pensamiento de suma cero es una práctica habitual y nociva de la política argentina. Una conducta autodestructiva que va a contramano del bien común.

Julio Aguirre

Por Julio Leónidas Aguirre/ Politólogo

Hay muchas formas de tratar de dar sentido a nuestro lento pero persistente declive, quisiera sugerir una más que quizás fomente alguna reflexión interesante: la política argentina está atrapada en un juego de suma cero. Un juego de suma cero es aquel en el que la ganancia de un jugador es exacta a la pérdida de otro. En este sentido, mi victoria necesariamente surge de una pérdida equivalente de los demás. No hay posibilidad de una victoria compartida. En Teoría de Juegos, el juego de suma cero es un caso típico de juego no cooperativo.

Sugiero que en la Argentina se está instalado un modo de pensar nuestra vida común como un juego de suma cero, donde sólo a partir de vencer a “otros” lograremos generar condiciones para prevalecer; donde sólo podremos avanzar si antes hacemos retroceder a los demás.

Esta perspectiva supone una sociedad cerrada en la que disputamos pedazos de una torta que se achica cada día pues, atrapados en un juego de suma cero, nadie contempla la posibilidad de agrandarla.

La derrota del adversario como camino al éxito nos lleva a justificar acciones autodestructivas inspiradas en la idea de “cuanto peor, mejor”. En política, una de las formas más perniciosas que adopta el ‘pensamiento de suma cero’ es la consideración de que si al gobierno le va mal (sea nacional, provincial o municipal) la oposición prevalece; o sea, convencidos de que la derrota del adversario es una victoria propia, socavamos las bases de sostenibilidad de la economía y las instituciones: desde precipitar corridas cambiarias hasta organizar saqueos, todo vale.

En un contexto así, se sospecha de cualquier intento por parte de otros actores sociales de avanzar con una idea, con un proyecto. Si ellos ganan nosotros seguramente perderemos, por ello es mejor bloquearlo. Frente a una derrota ineludible, se deterioran la confianza y la convivencia, y se fortalecen el recelo y el desprecio mutuo. Así, progresivamente, se consolida el pensamiento de suma cero.

Atrapados en este ciclo de derrotas, la apuesta a futuro de no pocos argentinos suele ser resignarse a minimizar pérdidas, al punto tal de que la idea de “perder lo menos posible” parece ser la principal preocupación de ahorristas, consumidores y votantes.

El pensamiento de suma cero acarrea dos grandes riesgos: el primero, y evidente, es que no existen victorias colectivas, necesariamente nuestras victorias son individuales y emergerán de las cenizas de los sueños ajenos. Por ello estamos atrapados en un ciclo de derrotas que se compensan, por lo que en el largo plazo nadie parece haber ganado realmente nada. Segundo: el esquema mental del pensamiento de suma cero no nos permite prestar atención a una enorme agenda de políticas públicas que podrían presentar oportunidades reales de crecimiento sostenible y genuino para todos/as, cuyos objetivos y fundamentos podrían configurar consensos entrecruzados que nos permitan ir más allá de nuestra preferencia por la derrota ajena.

El origen del pensamiento-de-suma-cero

Es interesante, sin embargo, que los fundamentos políticos de nuestra sociedad se centran en la idea de que a través de la razón las sociedades diseñan instituciones orientadas hacia juegos cooperativos, de suma positiva. Todo nuestro edificio institucional es heredero de la tradición ilustrada, que consideraba que los esfuerzos colectivos podían orientarse hacia beneficios netos si los mismos se basan en un consenso fundado en la razón y orientado al bien común. El Estado social de derecho y la democracia, con todas sus limitaciones, pueden ser considerados la materialización institucional de este ideal.

De lo anterior, se sigue que nuestro pacto de convivencia política se funda en una estrecha relación entre la deliberación pública, la participación política y la posibilidad de desarrollo social, lo que significa ver a la comunidad política como un juego de suma positiva. Nuestra historia está plagada de ejemplos de cooperación entre grupos con intereses disímiles, acuerdos y consensos que permitieron la búsqueda conjunta de ganancias, alejando la voracidad y abrazando formas más sostenibles de distribución. Proyectos así, sin embargo, parecen cada vez más marginales.

Para el pensamiento de suma cero el consenso es una ilusión ingenua, la racionalidad una estafa cientificista, la cooperación sólo factible dentro de grupos de interés, la democracia un mecanismo legitimador de un poder previamente construido y la política meramente una “esencia” del conflicto agónico existencial. Este pensamiento de suma cero es fomentado por izquierda y por derecha, toda vez que desde ambos extremos del espectro ideológico es cada día más común el rechazo a la idea de que la razón y la deliberación pública pueden motorizar sociedades mejores para todas/os.

¿Cuándo comenzó a prevalecer el pensamiento de suma cero? Responder esta pregunta supera mis competencias, pero quizás la respuesta se encuentre en aquellos momentos en los que la historia nos enfrentó con el fracaso de nuestros proyectos colectivos, cuando evidenciamos que el progreso no deviene linealmente y que su conquista es ardua y a largo plazo. Nuestros fracasos parecen empujarnos hacia una concepción más individualista y cortoplacista que fortalece en todos/as nosotros/as la idea de que la suma positiva es una peligrosa ilusión.

Hay múltiples interacciones sociales en las que los juegos de suma cero son ineludibles. No es necesario negar este hecho evidente, pero tampoco debemos extrapolarlo a todos los ámbitos de la vida social. El propósito de esta reflexión no es abrazar el pensamiento mágico y sugerir que sólo debemos ser optimistas. El desafío está en enfrentar nuestros fracasos de modo más razonable, buscando entablar proyectos colectivos de suma positiva y no seguir disputando vorazmente los vestigios de nuestra miseria en un juego de suma cero.

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