La Rebelión de los Dignos

La Rebelión de los Dignos

"Más allá del logro simbólico de lo ocurrido en Provincia (que, en términos reales, implicó pérdida de votos), el oficialismo se las verá con un Congreso complicado para los próximos dos años", analiza el autor.

Ignacio Gallelli

Ya con los números en la mano, podemos confirmar que estamos ante uno de esos casos (no nuevos para nuestro país) en los que un resultado cantado es también un salto colectivo al vacío.

El oficialismo, la oposición y la gran mayoría de los argentinos sospechábamos que los resultados de las PASO no iban a darse vuelta de forma absoluta.

Si bien el resultado en Buenos Aires sigue abierto, la oposición está revalidando su dominio en el Centro del país, y sumando victorias en territorios tradicionalmente esquivos, con Santa Cruz y algunos partidos del Conurbano como el mejor ejemplo. Donde ganó el oficialismo (sobre todo, el NOA), sus victorias fueron con menor caudal y diferencia del que históricamente ostentaba.

Más allá del logro simbólico de lo ocurrido en Provincia (que, en términos reales, implicó pérdida de votos), el oficialismo se las verá con un Congreso complicado para los próximos dos años, tanto por el volumen que Juntos por el Cambio adquirirá en Diputados como y, sobre todo, por la pérdida del quórum propio que Cristina ostentó hasta ahora.

Ahora que ya sabemos lo que pasó, llega el momento de intentar entender por qué fue que ocurrió y qué consecuencias traerá.

Nos guste o no, todas las elecciones son, en alguna medida, un plebiscito. El Frente de Todos incluso lo hizo explícito, al centrar su campaña en el concepto del “Sí”. Visto desde ese ángulo en este plebiscito, ganó el “No”. La cuestión es a qué se negó la ciudadanía al votar.

El oficialismo (en especial, el kirchnerismo) es un claro adalid de la conocida frase “Es la economía, estúpido” y creyó que cualquier problema puede solucionarse simplemente emitiendo y repartiendo plata. Pero, aún teniendo en cuenta la pírrica “remontada” bonaerense, la realidad está mostrando una tendencia diferente.

Hemos vivido en Pandemia prácticamente la totalidad de los dos años que nos separan de las elecciones en las que el Frente de Todos llegó al poder por lo que, necesariamente, parte o toda la pérdida del caudal de votos del Frente de Todos tiene que estar referido a lo que se hizo y cómo se hizo para enfrentar al COVID-19.

Al analizar eso, lo primero que nos viene a la mente es la “cuarentena eterna”, meses y meses en los cuales la inmensa mayoría de los argentinos tuvo prohibida la posibilidad de trabajar y moverse libremente. Y no se trata de una posición sobre si el Aislamiento era una herramienta válida o correcta de política sanitaria, sino de que tenerlo como única herramienta posible implicaba, por lo menos en parte, “desconfiar” de los ciudadanos, considerar que no éramos lo suficientemente responsables para cuidarnos a nosotros mismos y nuestros seres queridos. Como el propio Alberto Fernández dijo, los argentinos éramos “nenes que sacan la cabeza por la ventana” y, por eso, debe recibir el “reto” de su “papá”.

Como contraparte del Aislamiento, el Gobierno solo se focalizó en lo que se llamó gasto social pandémico, creyendo que con “platita” se arreglaba cualquier mal. Así, falló en darse cuenta que, en la posibilidad de estudiar y trabajar, hay algo más que tener los bolsillos llenos: hay dignidad. Y la dignidad no es algo que pueda comprarse con “platita”. Muy por el contrario, intentar comprarla es contraproducente. Es lo que se vio en marzo de este año en Formosa, una de las provincias más feudales y con mayor dependencia del Estado en la que, por primera vez, el pueblo protestó contra Insfrán por la vuelta a la Fase 1.

Pero la dignidad va muchísimo más allá de la posibilidad de trabajar y desarrollarse. Muchísimos argentinos han visto atacada su dignidad al ver cómo, por ejemplo, se liberaban presos sin miramientos, mientras a ellos, que se partían el alma trabajando, podían ser reprimidos por pedir seguridad. También lastima la dignidad que se prohíba visitar o, incluso, despedir a los seres queridos mientras se ve que la Primera Dama puede celebrar su cumpleaños y el Ministro de Transporte tiene un velorio popular. Y eso sin siquiera tener en cuenta el “Vacunatorio VIP”.

Todas estas son razones que muestran que, a los ojos de la ciudadanía, hay algo más allá de la “platita”, y eso es lo que se expresa en la derrota nacional y en la general caída en el apoyo al Frente de Todos.

Uno de los principales puntos que se destacaron en el análisis de las PASO y que, en parte, se extienden a los resultados de hoy, por primera vez desde 1987, el Peronismo unido fue derrotado en las urnas a nivel nacional y perdió el control del Senado. Sin dudas que son datos a destacar, y es importante entender qué es lo que pasó para que ese resultado se diera.

Creo que la clave para entender el proceso de caída en el caudal de votos del peronismo es que, en parte, se vació de significado.

De Perón y el PJ pueden decirse miles de cosas, pero algo que se destaca es que nació como un movimiento que buscaba el pleno empleo. Con el Menemismo se reconvirtió hacia la búsqueda del “pleno consumo” que resultó insostenible. El kirchnerismo, por más antineoliberal que pueda ser, no cambió ese objetivo, pero sí modificó el método de conseguirlo. A fuerza de gasto público, el “peronismo del siglo XXI” disoció la posibilidad consumo de la necesidad de trabajo y producción. Sería algo así como el, si se me permite el neologismo, “pleno planereo” (una utopía que, con el IFE y el ATP estuvo muy cerca de ser real). El problema no es solo que esto es tan económicamente insostenible como la convertibilidad, pero también es humillante hacia los destinatarios de la ayuda, quienes son considerados eternamente como necesitados de asistencia.

Quizás el oficialismo haya tomado nota de esto (de algún lugar viene el repentino interés en la reconversión de planes en empleo) pero, vistos los resultados, lo hizo mal y tarde.

Ahora bien, es importante que tanto los perdedores como los ganadores de la elección entiendan que la dignidad no tiene banderías, ni es de derecha o izquierda. Por mucho o por poco, en gran parte de la Argentina destacaron los candidatos que no trataban a los votantes de forma paternalista, sino que les decían que tienen derecho y pueden valerse por sí mismos, defendiendo su derecho a trabajar, moverse o estudiar confiando en su responsabilidad individual.

No creo que los resultados impliquen un “giro liberal” (recordemos que la izquierda se reafirma como “tercera fuerza”) son, más bien, un grito de bronca que le dice a la política en conjunto que la “platita” no es suficiente. No nos olvidemos que la participación, si bien mayor que en las PASO, estuvo en valores históricamente bajos. Es decir, que gran parte del electorado sigue sin sentirse representado por ninguna de las fuerzas que los convocan a las urnas y hay muchos otros que eligen fuerzas “marginales”.

Más allá de esto, la gran pregunta aún se mantiene: ¿Qué pasará a partir del lunes?

Los ojos, claro está, se posan sobre la ausente con aviso del búnker oficialista. La épica de la remontada en Provincia seguramente acallará los rumores de ruptura por parte de Cristina y el kirchnerismo duro.

Pero, por el contrario, no reduce los temores de ciertos sectores económicos y sociales sobre lo que ocurrirá a partir de mañana. Al contrario, conociendo su tendencia al “vamos por todo” aún en la derrota, CFK podrá esgrimir que la “platita” funciona, con lo cual se sentirá justificada para hacer valer su “mayoría de acciones” y forzar cierta “radicalización” del Frente. La pregunta es si esta vez, a diferencia de lo ocurrido tras las PASO, desde los otros sectores de la alianza se animarán a plantarle cara (los resultados generales, y los suyos propios en el Senado los avalarían a ellos).

Desde el lado de la oposición, las cosas tampoco están muy claras. Son un ejército que acaba de conquistar una ciudad a la que estuvo sitiando por meses. Y, si bien la victoria es más amarga de lo esperado, el “botín” es igualmente grande, pero las ideas sobre cómo repartirlo, muy variadas. Los “halcones” se sentirán refrendados, y buscarán imponerse de cara al ’23, lo que podría acarrear la búsqueda de un acuerdo con los sectores “libertarios”, algo resistido por las “palomas”. Y eso sin dudas generará cruces. Pero, al mantenerse unido el oficialismo, la oposición también está obligada a reforzar su unidad.

El mantenimiento de las dos grandes coaliciones por segunda elección consecutiva a pesar de las extremas diferencias internas que ambas tienen ha sido uno de los principales avances que nuestra democracia ha tenido desde la crisis del 2001. Que esa unidad supere esta nueva prueba significará un punto más hacia la estabilidad política.

La mayoría de la sociedad hoy expresó cabalmente que necesita que sus dirigentes se enfoquen no en sus luchas de poder ni en tener una visión paternalista de los ciudadanos, sino en brindarles a todos la oportunidad de ser dignos, crecer y prosperar. Esperemos que, realmente, escuchen ese mensaje.

*Por Ignacio Gallelli, Ejecutivo Sr. Responsable de la Unidad de Asuntos Públicos de OPEN GROUP – Consultores en Comunicación

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