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Catarsis, desgaste y broncas: cómo golpea al Gobierno una marcha que juntó reclamos justos y delirantes

El Gobierno puede hacer cualquier cosa con la marcha, menos negar el impacto. El desgaste que sufre el Presidente Alberto Fernández mientras aún busca construir su propia agenda de Gobierno.

Bronca "militante" contra el Gobierno. Manifestantes "anticuarentena". Reclamos justos y delirios, como los comandos antivacuna. El #17A puede generar análisis y debates diversos, pero lo que seguro no puede ocurrir es negarlo. Menos para el Gobierno nacional, principal blanco de las protestas.

Las banderas parecen diversas. El propio Alberto Fernández generó el argumento perfecto para aglutinar bajo una consigna muchas broncas: la (acotada) reforma judicial fue uno de los ejes conductores. Otro daño autoinflingido por el propio Ejecutivo. Ocurrió con el caso Vicentín y el intempestivo intento de expropiación. El propio Alberto Fernández reconoció su impericia para leer los tiempos políticos y la interpretación que podía tener.

Con una visión ingenua se puede pensar que Fernández tiene un problema de praxis comunicativa básica: dice y ejecuta las cosas sin pensar que lo importante no es lo que él piensa, sino cómo se interpreta y las consecuencias que tiene cada medida. La versión más maliciosa puede ser que Alberto y su vicepresidenta Cristina Fernández avanzan hasta donde pueden y el tope los sorprende. Probablemente el nuevo Gobierno K no tenga calibrado el timing político. No son los tiempos del 54%. Son épocas donde un presidente fue electo con el prejuicio de ser "cabeza de proa" pero con poder prestado y que no ganó con menos margen y gracias a una diversa alianza. Fernández enfrentó la época de pandemia en proceso de construcción de su propia construcción política. Aún se mantiene la sensación de tener que llevar una "agenda prestada" que lo desgasta. 

Ahogo y desgaste

Claro, la reforma judicial está agitada por la interpretación que la oposición le dio al intento de ampliación de los juzgados penales, justo en una coyuntura en la que desde los tribunales de Comodoro Py debe definirse el destino de quienes hoy tienen el poder. 

Hay, además, una sensación de ahogo que la propia realidad agita. Un cansancio por lo que la estrategia para enfrentar la pandemia genera. Sea justo o no, el Gobierno nacional es la principal víctima de ese desgaste. Si en marzo y abril el presidente Alberto Fernández tenía una imagen positiva altísima por comandar la pandemia, ahora sufre la erosión obvia que podía verse hacia adelante. Le pasa a todos los Ejecutivos en momentos de crisis. 

 

Cualquier manifestación pública merece respeto en una democracia. Aún cuando cuesta corporizarla o unificar criterios. Incluso para la propia oposición es materia de análisis. Ni Patricia Bullrich, una de las convocantes a nivel nacional, ni Omar de Marchi, quien en Mendoza le puso la cara a la promoción de la marcha, pueden arrogarse la representación ni la convocatoria. 

El Presidente no bajará ninguna bandera porque sería una muestra de debilidad. No lo sería, en cambio, reconocer el impacto de algunas broncas y abrir el juego. Gobernar con su propio libreto.